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¿Por qué existe el arte? (II)

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Actualmente se conoce con bastante precisión cómo funciona el proceso de la digestión, e incluso por qué preferimos asimilar grasas antes que otras sustancias, pero ello no ha hecho desaparecer nuestra afición por la gastronomía, por elaborar recetas o por acudir a restaurantes.

Nos deleitamos con un plato bien cocinado sin cuestionarnos si nuestras papilas gustativas sólo encuentran sabroso lo que es rentable a nivel metabólico. Incluso los conocimientos obtenidos sobre el tema han permitido elaborar dietas hipocalóricas en un contexto donde los alimentos muy calóricos ya no escasean como antaño; es decir, han hecho que la gente sea más responsable para con su alimentación y que no se deje llevar por el simple capricho, como por ejemplo postulaba De la Mettrie, médico y autor del ensayo El hombre máquina (1748):

El ser humano debe gozar de los placeres carnales y disfrutar de la repostería trufada hasta la saciedad. De la Mettrie llevó a la práctica su teoría y no tardó en fallecer por el empacho.

Todo ello debería despejar cualquier recelo a la hora de escudriñar científicamente las razones adaptativas que llevaron a Picasso a pintar como pintaba (aunque él nunca lo sospechase). Un conocimiento científico del arte no sólo no devaluará el arte sino que contribuirá a su desarrollo, como ha sucedido con la gastronomía. La ciencia no arranca la magia de las cosas, sino que las dota de una magia más interesante, compleja y enriquecedora. Y el hecho de que un pájaro se sienta invadido por una pulsión artística como la de cualquier creador humano refuerza la idea de que el arte no es una manifestación ajena al escrutinio científico.

Con todo, el estudio del arte desde un punto de vista científico resulta bastante más esquivo que el estudio de la digestión. Porque el arte es sin duda un rasgo marcado por la selección natural, pero a la vez es un invento de profundas raíces biológicas como lo son la religión, la lengua o las estructuras sociales, sin duda rasgos humanos mucho más complejos que la digestión.

De momento sólo se dispone de un puñado de teorías biológicas acerca del florecimiento del arte en la cultura humana. La más aceptada es la que postula que el arte sería un subproducto de otras tres adaptaciones biológicas: el ansia de estatus, el placer estético de experimentar con objetos y entornos adaptativos y la capacidad de diseñar artefactos para obtener los fines deseados.

El ansia de estatus ya se ha mencionado: a raíz de la reproducción sexuada, tuvo que nacer aparejada una manera de calibrar cuán óptimo es genéticamente una pareja sexual potencial. Además de las evidentes muestras de salud, fuerza o fertilidad, nació algo así como el marketing biológico: la promoción e incluso la exageración de los rasgos deseables por el otro sexo a fin de persuadirle de que se es la pareja más apropiada. Así nacieron los pintalabios o los comportamientos imprudentes, que no son más que publirreportajes de luz, sonido y aroma para atraer y seducir a la posible pareja.

La cola de un pavo real, por ejemplo, es un anuncio que expresa tácitamente: soy capaz de generar este espectáculo visual, arrastrarlo a todas partes a pesar de que lastra mis movimientos y, además, sigo vivo y sano, y he conseguido escamotear a los depredadores, lo cual debe demostrar que dispongo de una cantidad de recursos tan enorme que puedo despilfarrarlos de este modo tan esencialmente inútil e imprudente.

Bajo es misma premisa, por ejemplo, se podría explicar la razón de que una fresa sea tan roja, como unos labios femeninos pintados, tal y como señala Ulrich Renz:

La fresa también ejerce en cierto modo de objeto sexual y se presenta al transeúnte con su color rojo, provocativo y apetitoso, con el objeto de poner en circulación sus semillas.

Seguiremos en la siguiente entrega de esta serie de artículos sobre los fundamentos científicos del arte.

Vía | La ciencia de la Belleza de Ulrich Renz / Cómo funciona la mente de Steven Pinker / Consilience de Edward O. Wilson

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