Yo también fui uno de esos niños que se compró un telescopio para mirar los planetas y las estrellas. Que soñaba con el espacio exterior y con los ovnis. Que incluso fantaseaba con la idea de que algún día vendrían de un lejano mundo para proponerme alistarme en un flota espacial, tal y como ocurría en la película El último Stafighter.
Con el transcurrir de los años, no obstante, acepté que eso nunca iba a pasar, que no existían flotas estelares extraterrestres. Y que acaso era más probable ir al espacio si yo era una mosca o cualquier otro animal y no un niño, pues luego descubrí que los primeros animales en viajar fuera de la Tierra (el espacio exterior comienza a una altitud de 100 kilómetros) fueron las moscas. Concretamente una mosca de la fruta, que fue introducida en un cohete americano V2 y convertida en diminuto astronauta en julio de 1946.




A lo largo de esta semana, Xataka Ciencia ha viajado a una isla muy pequeña. Una isla en la que, hasta hace un par de años, se vivía en un régimen feudal (el último que quedaba en Europa). También es una isla donde está prohibido circular en coche: sólo bicicleta o caballo (o tractor, si eres agricultor). Más que una isla parece un parque temático, un camping gigante o algo así como una comunidad un poco outsider. Pero lo más importante de esta isla, de la isla de Sark, es que posee uno de los cielos más propicios para contemplar las estrellas.
La historia de la astronomía está llena de descubrimientos trepidantes. Como el que llevó a cabo Karl Jansky en 1931, permitiéndonos contemplar el universo de una forma nunca antes vista.
En la misma línea que 
Ha sido captada con un telescopio de Chile por parte de un grupo de investigadores europeos.