Una de las cosas que más recuerdo de mis clases de Ética en el instituto son las clases dedicadas a los placeres en movimiento y los placeres estáticos.
Los placeres en movimiento son aquellos que resultan fáciles de obtener, pero pasan rápido, desaparecen, se esfuman como el mordisco a un bollo de crema. Los placeres estáticos son aquellos que cuestan más de obtener pero, por el contrario, perduran mucho tiempo o toda la vida: una buena amistad, determinados conocimientos, una buena forma física, etc.
El psicólogo Walter Mischel realizó una serie de experimentos en los que sometía a niños de 4 años a estos dilemas.

Una serie de experimentos han demostrado que nuestra percepción del riesgo financiero no es del todo equilibrada: tendemos a confiar en ganar una cantidad pequeña de dinero en una apuesta aunque existe un riesgo remoto, aunque real, de que tengamos fuertes pérdidas.
No hace falta ver Sexo en Nueva York para constatar que a las mujeres les atraen las carteras abultadas (de dinero, malpensados). Sobre todo porque las protagonistas de semejante atentado cinematográfico al buen gusto no representan a las mujeres comunes. Pero basta echar un vistazo a la realidad para descubrir que, en efecto, en mayor o menor medida, las mujeres están programadas para sentirse atraídas por el dinero y los recursos de los hombres.