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La postergación del deseo… para conseguir una galleta más grande

La postergación del deseo… para conseguir una galleta más grande
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Una de las cosas que más recuerdo de mis clases de Ética en el instituto son las clases dedicadas a los placeres en movimiento y los placeres estáticos.

Los placeres en movimiento son aquellos que resultan fáciles de obtener, pero pasan rápido, desaparecen, se esfuman como el mordisco a un bollo de crema. Los placeres estáticos son aquellos que cuestan más de obtener pero, por el contrario, perduran mucho tiempo o toda la vida: una buena amistad, determinados conocimientos, una buena forma física, etc.

El psicólogo Walter Mischel realizó una serie de experimentos en los que sometía a niños de 4 años a estos dilemas.

El experimento consistía en poner dos galletas delante del niño, una pequeña y una grande. Coger la galleta pequeña es tan fácil como alargar la mano y tomarla. Pero si quiere la galleta grande, entonces el niño debe esperar a que el experimentador regrese a la sala, algo que puede demorarse hasta veinte minutos.

Los resultados evidencian que hasta los niños más pequeños poseen rasgos de disciplina y autocontrol, de búsqueda de placeres mayores sobre los menores aunque ello suponga un esfuerzo y una postergación del deseo inmediato. Aquellos niños que no consiguen mostrar estos signos naturales probablemente lo pasarán peor de mayores: son los que tendrán más propensión volverse adictos a las drogas, por ejemplo, o los que vivirán a salto de mata.

Malcolm Gladwell narra así lo que muestran los videos de los experimentos de Mischel:

Mischel tiene las cintas de vídeo de personas de seis años sentadas solas en el cuarto, mirando las galletas fijamente, intentando convencerse de que lo mejor es esperar. Una niña comienza a canturrear una cancioncilla que parece improvisada para recordar las instrucciones: que para conseguir la galleta grande no hay más que esperar. Cierra los ojos. Les da la espalda a las galletas. Otro pequeño balancea sus piernas violentamente hacia delante y hacia atrás; luego coge la campana y la examina, intentando hacer cualquier cosa menos pensar en la galleta que podría agenciarse tocándola.

Cualquiera de nosotros puede reconocerse en estos vídeos, por ejemplo una noche de hambre infinita, en la que estamos sometidos a una dieta hipocalórica, y acechamos la nevera como un felino famélico.

En el siguiente vídeo podéis ver un experimento parecido. Pero esta vez con marshmallows en vez de galletas:

Vía | Lo que vio el perro de Malcolm Gladwell

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