Pudiera parecer que Eurekas y Euforias, de Walter Gratzer, quÃmico por la Universidad de Oxford, es un volumen liviano de anécdotas más o menos inspiradas. Un libro para sacar historias que pueden contarse en un bar de copas (si tu interlocutor está mÃnimamente interesado en la ciencia, claro).
Y en parte lo es, pero hay que matizar una cosa. Las anécdotas aquà desarrolladas trasponen el umbral de lo puramente anecdótico, valga la redundancia. No se queda en la superficie de la historia risible o curiosa, sino que profundiza un poco más. Lo suficiente como para catalogar las anécdotas aquà expuestas como pequeños ladrillos que, por separado, pudieran parecer inconsistentes, pero que todos unidos, elevan una torre altÃsima de comprensión.
Las anécdotas de Gratzer, pues, son un estupendo complemento al conocimiento cientÃfico: lo refuerza, lo jalona de conexiones y relaciones interesantes y, finalmente, convierte a sus protagonistas, los cientÃficos, en seres humanos, cercanos y falibles. Algo que de vez en cuando vale la pena recordar.
SerÃa absurdo pretender que estos retazos del pasado vayan a abrir senda fácil hacia el conocimiento cientÃfico, pero sin duda arrojan una luz sobre la sociologÃa y la historia de la ciencia.

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Los cientÃficos no son orates de bata blanca con los cabellos disparados hacia todos los puntos cardinales del mundo. Aunque, a juzgar por la siguiente lista de experimentos crueles y sórdidos, tal vez haya unos cuántos que sà se ajusten al arquetipo. 
Tenemos la idea de que el genio, consagrado a su trabajo y a sus objetivos profesionales, siempre en una nube, apenas tiene tiempo para los placeres mundanos, incluyendo los carnales. 
