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Carl Sagan

¿Cuándo descubrí que la ciencia era tan importante?

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20080625193218-el-pensador-auguste-rodin.jpgNo recuerdo la fecha concreta de mi descubrimiento sobre la importancia de la ciencia. Supongo que fue un descubrimiento gradual, sobre todo a raíz de aquellos debates que veía de pequeño en la televisión: cuando hablaba el científico invitado (generalmente en un debate de pseudociencias, y generalmente Manuel Toharia o Gonzalo Puente Ojea), sentía que sus argumentos parecían más razonables y sólidos, a pesar de que siempre se presentaban con la indicación de que no podíamos afirmar nada sin pruebas.

También imagino que influyó la serie de divulgación para televisión Cosmos, de Carl Sagan. Y, sin duda, su libro El mundo y sus demonios.

Mi trayectoria académica, hasta los 17 años, era esencialmente “de letras”, como suele decirse. Y, aunque en casa siempre había leído revistas como Muy Interesante, consideraba la ciencia más bien como algo anecdótico. Pero, a partir de entonces, mi cerebro hizo clic: ya no se trataba de acumular conocimientos sino de empezar a contemplar lo que me rodeaba desde otra perspectiva. Como si llevara gafas de sol. Mejor dicho: como si me las hubiera quitado para ver más claro.

Los restos de magia, misticismo y sofistería que aún pudieran sobrevivir en mí cabeza fueron sustituidos entonces por una subrayada objetivación, una desmitificación encomillada y una desvaloralización marcada con fluorescente amarillo. Y todo ello sazonado por la duda y la incertidumbre, el convencimiento de que en realidad era un ignorante, que sólo disponía de diferentes grados de certeza sobre las cosas pero nunca la verdad o la falsedad sobre algo... aunque, irónicamente, podía aproximarme más a la verdad, si me lo proponía, que cualquier otro pensador que hubiera nacido antes que yo, creando mi propio undécimo Mandamiento.

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La experiencia de mirar las estrellas

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Yo también fui uno de esos niños que se compró un telescopio para mirar los planetas y las estrellas. Que soñaba con el espacio exterior y con los ovnis. Que incluso fantaseaba con la idea de que algún día vendrían de un lejano mundo para proponerme alistarme en un flota espacial, tal y como ocurría en la película El último Stafighter.

Con el transcurrir de los años, no obstante, acepté que eso nunca iba a pasar, que no existían flotas estelares extraterrestres. Y que acaso era más probable ir al espacio si yo era una mosca o cualquier otro animal y no un niño, pues luego descubrí que los primeros animales en viajar fuera de la Tierra (el espacio exterior comienza a una altitud de 100 kilómetros) fueron las moscas. Concretamente una mosca de la fruta, que fue introducida en un cohete americano V2 y convertida en diminuto astronauta en julio de 1946.

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Symphony of Science: Carl Sagan cantando, Richard Feynman tocando los timbales y la ciencia hecha música

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John D. Boswell ha llevado a cabo un heterodoxo proyecto musical que mezcla ciencia y música electrónica. Para ello ha sintetizado las voces de importantes científicos y pensadores y las ha mezclado con música, creando así auténticos himnos de la ciencia. Al menos con mucho más sentido que los himnos de Daddy Yankee y su Gasolina (por escoger un ejemplo al perfecto azar).

Por el momento, Symphony of Science consta ya de 11 temas muy disfrutables con sus correspondientes videoclips. Uno de mis favoritos es We Are All Connected (subtítulos incluidos), donde podréis ver a Carl Sagan entonando desde Cosmos y a Richard Feynman tocando los timbales. También The Poetry of Reality, donde canta Richard Dawkins.

Gracias a H3NO, uno de nuestros lectores más activos, por pasarnos esta pista.

Sitio Oficial | Symphony of Science

Una visión científica sobre el aborto (y IV)

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Según la biología moderna, lo que llamamos “persona” emerge poco a poco de un cerebro que se desarrolla gradualmente. El cerebro empieza a funcionar en el feto, pero sigue conectándose hasta bien entrada la infancia e incluso la adolescencia. Las fronteras, pues, cada vez son más difusas. Y este problema también se produce en los instantes finales de la vida de una persona, pues la muerte no es otra cosa que un fallo gradual e irregular de diversas partes del cerebro y el cuerpo.

Entre la vida y la muerte hay muchos grados y tipos de existencia, algo que se agudizará a medida que avance la tecnología médica.

De nuevo Steven Pinker:

Esto no significa que no existe ninguna política defendible y que haya que dejarlo todo en manos del gusto personal, el poder político o el dogma religioso. Como señala el bioético Ronald Green, significa sencillamente que tenemos que reconceptualizar el problema: de encontrar una línea divisoria en la naturaleza a decidir una línea divisoria que mejor equilibre lo bueno y lo malo de cada dilema político. En cada caso debemos tomar decisiones que se puedan llevar a la práctica, que consigan el máximo grado posible de felicidad y que reduzcan al mínimo el sufrimiento actual y futuro. Muchas de nuestras políticas actuales ya son compromisos de este tipo: se permite la investigación con animales, aunque se regula; a un feto muy desarrollado no se le reconoce un estatus legal completo como persona, pero no se puede abortar a menos que sea necesario para proteger la vida o la salud de la madre. Green observa que el cambio de buscar a decidir esas líneas divisorias constituye una revolución conceptual de dimensiones copernicanas.

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Una visión científica sobre el aborto (II)

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La ciencia trasciende nuestra mirada bizca y nos muestra un poco mejor qué se esconde detrás de los espejismos de la realidad. Como un telescopio. Como un microscopio. Como unas lentes bien graduadas. Como unos rayos X que no se quedan en la superficie de las cosas.

Por esa razón es inconcebible que una persona sostenga una opinión cualquiera sobre el aborto sin previamente haberse armado esta opinión bajo un riguroso prisma científico. Dejando atrás lo que creía saber.

Y entonces, una vez tengamos a mano todo lo que sabemos científicamente sobre el aborto, deberíamos abordar realmente el asunto de las fronteras. ¿16 semanas? ¿El instante de la concepción? ¿Una vez nacido? ¿Después de unos meses de haber nacido pero antes de que el sistema nervioso se haya acabado de formar?

La frontera, desde un punto de vista científico, es imposible de establecer. Pero sí se pueden descartar algunas ideas preconcebidas, o al menos se pueden discutir más fluidamente.

Lo expresa así Daniel Dennett en su libro La peligrosa idea de Darwin:

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El undécimo Mandamiento (y II)

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Hasta que llegue ese momento, siguirán existiendo religiones que continúen afirmando cosas sin ninguna prueba de ello, de una forma tan terca que produce miedo más que asombro. Dentro de las religiones recientes con más de un millón de adeptos, hay una que dijo que el mundo terminaría en 1914. Cuando el mundo no terminó ese año, no asumieron que se habían equivocado. Podrían haber dicho que Dios tuvo misericordia y pospuso la fecha, pero dijeron algo incluso más ridículo: que en realidad el mundo terminó en 1914 pero que no nos hemos dado cuenta.

Hay otra religión que dice que todas las enfermedades son psicogénicas y que no existen microorganismos patógenos.

Otra religión que cree que, en el siglo XX, un ángel preparó una serie de tablas de oro y un ser humano divinamente inspirado las enterró. Las tablas estaban escritas en jeroglíficos egipcios antiguos y contenían una serie de libros hasta entonces desconocidos, parecidos a los del Antiguo Testamento.

Otra religión que cree que, con la suficiente fe, uno puede levitar, rompiendo las leyes de la gravedad.

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El undécimo Mandamiento (I)

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En una de las conferencias pronunciadas por Carl Sagan en 1985 en las prestigiosas Conferencias Gifford, que se celebran en Escocia anualmente desde el siglo XIX, y de las que aquel año se celebraba el centenario de su inauguración, explicó que en occidente tenemos Diez Mandamientos, pero que ninguno de ellos nos exhorta a entender el mundo, a comprender las cosas, a combatir la ignorancia y el inmovilismo en las ideas.

Lo cierto es que muy pocas religiones nos empujan a potenciar nuestra comprensión del mundo.

Cuando se critica que las prescripciones morales e ideológicas de la religión han quedado en gran parte anticuadas o no se han sabido adaptar a los nuevos descubrimientos sobre la realidad, enseguida los creyentes demandan respeto a su fe, por muy irracional o impulsiva que sea ésta. Y, por supuesto, uno puede creer lo que quiera. Lo que es difícil de respetar es el dogma. Porque el dogma es sinónimo de fanatismo.

Los creyentes suelen aducir que quienes creen en la ciencia también tienen otro modo de fe: fe en que, por ejemplo, determinados postulados científicos son verdaderos. Eso es cierto. La diferencia estriba en que las verdades de la religión son incuestionables, eternas, proceden de una sola fuente o de muy pocas fuentes, no se cuestionan a menudo, no se someten a duros análisis so pena de considerarse una falta de respeto, no se conducen, en definitiva, con humildad.

La ciencia es también fe. Fe en hipótesis y teorías. Pero una fe humilde, deseosa de evolucionar, pues considera que no posee la verdad, sino que se aproxima a la verdad en sucesivos adelantos y regresiones.

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La inmoralidad de profesar una fe (y II)

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Otro aspecto que habría que añadir a esta clase de fe basada en intuiciones o sensaciones, mitos y leyendas, es que no precisa de sentido crítico alguno, es impermeable al cuestionamiento sistemático. Es decir, muchos de nosotros podemos creer que la teoría del Big Bang puede ser provisionalmente cierta. Pero estamos dispuestos a admitir que es errónea en cuanto nos presenten una teoría alternativa más sólida o alguna prueba de que el Big Bang no pudo producirse sin violar todas y cada una de las leyes de la naturaleza que ya hemos ido acabalando mediante pruebas y errores.

Es relativamente fácil que un científico o un escéptico recule sobre sus ideas, no así un religioso. El científico asume que sus ideas son provisionales y anhela encontrar otras ideas provisionales mejores. El religioso considera que sus ideas son únicas, intocables y dignas de respeto incluso por quienes no profesan su credo.

Por último están los intelectuales de las ciencias sociales, que consideran que todo es relativo, porque nada puede saberse con seguridad. Lo cual es una falacia epistemológica, como bien demuestran textos imprescindibles como Imposturas intelectuales, de Sokal y Bricmont. Es evidente que nadie puede saber con el 100 % de seguridad si una cosa es cierta o no, pero en ciencia sí que pueden establecerse grados de veracidad a ciertos fenómenos. El grado suficiente como para poder gestionarlos y relacionarlos con la realidad que nos rodea.

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Ciencia VS Fe: algunas citas célebres

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Thomas Henry Huxley (1825-1895):

Confíe en un testigo en todo aquello en lo que no esté fuertemente involucrado ni su propio interés, ni sus pasiones, ni sus prejuicios, ni su amor por lo maravilloso. Si lo están, exija una prueba que lo corrobore en proporción exacta a la contravención de la probabilidad por la cosa atestiguada.

Samuel Butler (1667-1669):

Una mente crédula encuentra el mayor deleite en creer cosas extrañas y, cuanto más extrañas son, más fácil le resulta creerlas; pero nunca toma en consideración las que son sencillas y posibles, porque todo el mundo puede creerlas.

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