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El undécimo Mandamiento (I)

El undécimo Mandamiento (I)
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En una de las conferencias pronunciadas por Carl Sagan en 1985 en las prestigiosas Conferencias Gifford, que se celebran en Escocia anualmente desde el siglo XIX, y de las que aquel año se celebraba el centenario de su inauguración, explicó que en occidente tenemos Diez Mandamientos, pero que ninguno de ellos nos exhorta a entender el mundo, a comprender las cosas, a combatir la ignorancia y el inmovilismo en las ideas.

Lo cierto es que muy pocas religiones nos empujan a potenciar nuestra comprensión del mundo.

Cuando se critica que las prescripciones morales e ideológicas de la religión han quedado en gran parte anticuadas o no se han sabido adaptar a los nuevos descubrimientos sobre la realidad, enseguida los creyentes demandan respeto a su fe, por muy irracional o impulsiva que sea ésta. Y, por supuesto, uno puede creer lo que quiera. Lo que es difícil de respetar es el dogma. Porque el dogma es sinónimo de fanatismo.

Los creyentes suelen aducir que quienes creen en la ciencia también tienen otro modo de fe: fe en que, por ejemplo, determinados postulados científicos son verdaderos. Eso es cierto. La diferencia estriba en que las verdades de la religión son incuestionables, eternas, proceden de una sola fuente o de muy pocas fuentes, no se cuestionan a menudo, no se someten a duros análisis so pena de considerarse una falta de respeto, no se conducen, en definitiva, con humildad.

La ciencia es también fe. Fe en hipótesis y teorías. Pero una fe humilde, deseosa de evolucionar, pues considera que no posee la verdad, sino que se aproxima a la verdad en sucesivos adelantos y regresiones.

Estamos viviendo en una época en la que se producen cambios asombrosos a todos los niveles y a unas velocidades que exceden nuestra asimilación. Muchas cosas que se consideraban ciertas hace apenas 25 años ya no lo son. Si no estamos dispuestos a considerar alternativas, nuevas ideas, nuevos enfoques, y evitar en lo posible que nuestras doctrinas lastren nuestro juicio, entonces corremos el riesgo de quedarnos atrás, agarrados a nuestras convicciones de forma desesperada, aterrorizada.

La religión (piensan algunos) ofrece consuelo (algo muy discutible, porque también es fuente de miedos y enfrentamientos) porque ofrece un sentido a lo que de momento no lo tiene. La ciencia te libera de ataduras, ¿y no es ese un mayor consuelo, un consuelo que no depende de que alguien tire de la manta y te descubra que estás equivocado sino que se alimenta precisamente de eliminar equivocaciones?

Como dice Carl Sagan en su conferencia a propósito de estas tensiones ideológicas entre las distintas religiones:

Creo que nos matamos unos a otros, o amenazamos con matarnos unos a otros, en parte porque tenemos miedo de no llegar a saber la verdad, de que alguien diferente pueda aproximarse más a ella. Nuestra historia es en parte una batalla a muerte entre mitos enfrentados. Si no puedo convencerte, te mato. Esto te hará cambiar de idea. Eres una amenaza para mi versión de la verdad, especialmente sobre quién soy yo y cuál es mi naturaleza. La idea de que pueda haber dedicado mi vida a una mentira, de que pueda haber aceptado una idea convencional que ya no se corresponde, si es que alguna vez lo hizo, a la realidad externa, es una constatación muy dolorosa. Mi tendencia será resistirme a ella hasta el final. Estoy dispuesto a hacer lo que sea para no llegar a descubrir que la visión del mundo a la que he dedicado mi vida no es la correcta.

Estas dinámicas psicológicas se producen en todas las personas que tienen ideas, tanto si son religiosas como si no. Por eso la ciencia es tan importante. Los científicos pueden tener las mismas debilidades psicológicas que los religiosos a la hora de afrontar que pueden estar equivocados. Pero la ciencia es el sistema externo que hemos creado entre todos para evitar que esto pase: todos nos vigilamos unos a otros, exigimos pruebas, verificación, referencias, humildad. La ciencia sería una especie de democracia del pensamiento.

La religión, por el contrario, fomenta la dictadura del pensamiento. Las dudas de fe son peligrosas, ofensivas, dañinas. Se tiene que creer y no cuestionar. El que tiene fe enseguida se ofende, ataca, amenaza. La fe irracional alimenta la parte más visceral del ser humano. Por esa razón no existe un undécimo Mandamiento: aprenderás, dudarás de todo, sobre todo de quienes dicen saber la verdad, y también dudarás de ti mismo y del resto de los 10 Mandamientos. Y si alguien dice que lo que crees es falso o es peligroso, desearás con toda tu alma que te expliquen la razón, para no desperdiciar ni un minuto más en ello.

El undécimo Mandamiento, sencillamente, convertiría todas las religiones en ciencia.

Aquí podéis leer la segunda parte de este artículo.

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