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¿Por qué existe el arte? (II)

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Actualmente se conoce con bastante precisión cómo funciona el proceso de la digestión, e incluso por qué preferimos asimilar grasas antes que otras sustancias, pero ello no ha hecho desaparecer nuestra afición por la gastronomía, por elaborar recetas o por acudir a restaurantes.

Nos deleitamos con un plato bien cocinado sin cuestionarnos si nuestras papilas gustativas sólo encuentran sabroso lo que es rentable a nivel metabólico. Incluso los conocimientos obtenidos sobre el tema han permitido elaborar dietas hipocalóricas en un contexto donde los alimentos muy calóricos ya no escasean como antaño; es decir, han hecho que la gente sea más responsable para con su alimentación y que no se deje llevar por el simple capricho, como por ejemplo postulaba De la Mettrie, médico y autor del ensayo El hombre máquina (1748):

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¿Por qué existe el arte? (I)

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Existe un pájaro de Australia y Nueva Guinea al que podríamos llamar pájaro Número 9, aunque su verdadero nombre sea tilonorrinco. Lo podríamos llamar Número 9 porque hace unos años, un inversor mexicano batió el récord mundial de una subasta de pintura al pagar más de 109 millones de euros por Número 9, de Jackson Pollock.

Así pues, podemos considerar Número 9 como el epítome del arte y de todos sus efectos y consecuencias en el ser humano. El tilonorrinco representa lo mismo en el mundo de la ornitología, pues los machos de esta ave construyen complicados nidos que decoran exagerada y fútilmente con diversos objetos, como orquídeas, conchas de caracoles, bayas y cortezas de árbol. Algunos de ellos incluso pintan literalmente esas enramadas con residuos de frutas que regurgitan, empleando hojas o cortezas a modo de pincel.

Hasta aquí, los paralelismos entre el arte humano y el arte ornitológico son sorprendentes, pero también lo son en sus implicaciones psicológicas y sociales: las hembras de tilonorrinco valoran los nidos y se emparejan con los autores de las creaciones más simétricas y más profusamente ornamentadas. De igual modo, los pintores, escritores o músicos humanos, por el hecho de serlo, tienen más éxito social y sexual.

Tanto el acto creativo, como las derivaciones de éste (éxito social o sexual, placer estético, competencia artística, etc.), parecen regirse entonces por los parámetros de la selección natural. El arte, básicamente, funcionaría de la misma manera que lo hace la cola de un pavo real: como reclamo que demuestra que existe una buena dotación de genes.

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¿Los científicos son fríos, calculadores y carecen de sensibilidad artística? (y III)

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LA PINTURA.

Muchos científicos también han tenido gran sensibilidad pictórica. Por ejemplo, el físico Richard Feynman (que también obtuvo el Premio Nobel), fue un consumado artista que vendió y expuso sus pinturas en California en los años 1960.

El biólogo Jonathan Kingdon se ganó la vida vendiendo sus pinturas y bocetos de animales, incluida una enorme monografía en cinco volúmenes de la anatomía y la biología de los mamíferos africanos.

E. B. (“Henry”) Ford, que fue catedrático de Genética en Oxford en los años sesenta (y que sin ayuda de nadie estableció la subdisciplina de la ecología genética), fue también un entusiasta aficionado a la arqueología en la que alcanzó cierta notoriedad. Excavó el fogous (casas de tierra prehistóricas) de Cornualles y publicó una erudita monografía sobre también Noam Chomsky, el padre fundador de la lingüística moderna y una de las mayores fuerzas intelectuales en las ciencias cognitivas en general; puede exhibir sus credenciales como historiador, dado que escribió lo que se suele considerar uno de los análisis más eruditos de la Guerra Civil española.

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¿Los científicos son fríos, calculadores y carecen de sensibilidad artística? (II)

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LA MÚSICA.

Hay muchos más ejemplos de científicos literatos. Y también ocurre en lo mismo en el campo de la música: el compositor más innovador desde un punto de vista técnico de la segunda mitad del siglo XIX, Alexander Borodin, era también el director del Departamento de Química de la Academia de Medicina de San Petersburgo; además fue el primero en introducir los cursos de medicina para mujeres, en el año 1872.

También realizó contribuciones a la ciencia, como el descubrimiento de la reacción de condensación del aldol (los aldoles son polímeros derivados del alcohol), e ideó una prueba analítica para la urea, que fue usada hasta bien entrado el siglo XX.

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¿Los científicos son fríos, calculadores y carecen de sensibilidad artística? (I)

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Cuando uno se pone la bata de científico, además de arrostrar la imagen popular de Mad Doctor, también debe lidiar con un buen puñado de prejuicios: que eres frío y calculador, que no eres sensible, que eres un ignorante cultural y cosas de similar ralea.

¿Se ajusta a la realidad el arquetipo popular?

En primer lugar, cabe puntualizar que la gente suele confundir sensibilidad artística o sentimientos en general con ramplonería sensiblera de la más ínfima estofa: cantar como David Bisbal, leer novelas romántica de ésas que tienen portadas con hombres de músculos aceitosos y recitar poesías con la misma rima que la canción del verano.

Empecemos por LA LITERATURA.

Prueba de que los científicos también tienen su corazoncito, que contribuyen humanística y culturalmente, que rozan el síndrome de Asperger, es, por ejemplo, Isaac Asimov, Fred Hoyle y Arthur C. Clarke, científicos profesionales que también son escritores profesionales de ciencia ficción. Asimov es químico y Hoyle es físico, mientras que Clarke fue en gran medida responsable del concepto original de los satélites de comunicación.

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¿El canto de un ruiseñor es una droga?

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¿El canto de un ruiseñor es una droga? No, no me refiero a El Pequeño Ruiseñor (eso, sin duda, es una droga dura). Sino a los efectos neurológicos que puede producir el sonido que emite un ruiseñor. La idea de que funciona como una droga, entonces, no es tan descabellada como parece.

Eso explicaría sin duda la razón de que el poeta John Keats (un gran icono en la impresionante saga de ciencia ficción Hyperion) se sintiera inspirado para escribir Oda a un ruiseñor.

Analicemos para qué fin la selección natural modeló el canto de un ruiseñor. Los machos de ruiseñor deben influir en el comportamiento de las hembras y de los otros machos. Algunos ornitólogos sugieren que el canto transmite información sobre la especie a la que pertenece el ruiseñor en cuestión, así como otra información importante para la hembra, como su condición reproductora y demás.

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¿Por qué nos gustan las Superbellezas? (y II)

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En la entrega anterior de este artículo os ofrecía las proporciones ideales que debe tener un rostro femenino para que resulte indiscutiblemente atractivo. Pero lo cierto es que hay muy pocas mujeres jóvenes que tengan esos rasgos o incluso que estén cerca de ellos. La tómbola genética es así: fundamentalmente azarosa.

Así pues, lo más llamativo de esto es que la belleza óptima diverja de la media. Casi ninguna mujer se acerca a la belleza óptima. Si resulta que la belleza facial es tan importante a la hora de determinar la supervivencia y un mayor éxito reproductor, ¿no debería haber muchas más mujeres en o cerca del promedio de la población? Es lo lógico en cualquier selección natural estabilizadora: las desviaciones en cualquier dirección son censuradas.

O dicho de otro modo: ¿por qué no está el mundo lleno de bellezas ideales?

Dando por sentado que poseer una belleza simétrica es realmente complejo, pues depende de muchos factores sobre los cuales no hay ningún control, una de las hipótesis que se plantean es el fenómeno conocido como estímulo supernormal.

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Si quieres quieres tener éxito sexual, aprende a imitar

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Según la sociobiología, nuestra forma de elegir pareja y nuestras preferencias relativas al aspecto físico son en el fondo producto de una ventaja genética. En principio, tendemos a desear emparejarnos o mantener relaciones sexuales con aquellos que en el contexto de nuestro pasado evolutivo incrementaban nuestro legado genético.

Pero hoy voy a hablaros de nuevo de memética, aplicada a la búsqueda de pareja sexual. Y es que los memes, al igual que los genes, podrían ser muy importantes para una potencial pareja sexual.

Por ejemplo: cuando alguien quiere aprender a montar en bicicleta necesitará recibir una serie de enseñanzas pero, sobre todo, imitará a otros que saben montar en bicicleta basándose en la simple observación. Al contemplar cómo alguien monta en bicicleta es fundamental saber captar lo primordial y descartar lo accesorio. Por ejemplo, es primordial mantener el equilibrio pero es accesorio vestir de la misma forma que el ciclista o montar el mismo modelo específico de bicicleta.

Estas distinciones resultan realmente dificultosas para un animal de mente simple o para una inteligencia artificial, que acostumbra a asignar el mismo valor a todos los detalles. Pero miles de años de selección natural han facilitado que los seres humanos desarrollemos una fabulosa habilidad para imitar sólo lo esencial de una acción, incluso siendo capaces de aplicar pequeñas variaciones para alcanzar el mismo fin, de tal modo que nuestra imitación parezca de creación propia. Como si pudiéramos resumir cualquier acción en una receta de cocina: es orientativa y flexible pero el resultado es fundamentalmente el mismo.

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