En el anterior capítulo habíamos empezado a describir el proceso por el que el aire se convierte en conductor poco antes de que se produzca un rayo. Consiste, básicamente, en una avalancha de electrones muy energéticos; ya que los electrones lentos no viajan lo suficientemente lejos en el aire como para ser acelerados por el campo eléctrico que se crea naturalmente durante una tormenta.
Analicemos con más detalle cómo se produce esta avalancha. Cuando un electrón de muy alta energía colisiona contra un átomo de la atmósfera, el principal efecto será arrancar muchos de sus electrones. La mayoría de estos electrones arrancados serán lentos, no se alejarán demasiado del lugar. Además, también quedará el átomo que, desprovisto de alguno de sus electrones, se ha convertido en un ion positivo.
Pero en cada choque se producirán uno o dos electrones que concentrarán la mayor parte de la energía del electrón incidente. Por lo tanto, se moverán a una velocidad cercana a la de la luz, y podrán avanzar lo suficiente en el si del campo eléctrico como para recuperar la suficiente energía y producir una nueva colisión entre 50 y 100m más allá. Estos electrones forman lo que se conoce como el líder, son los que van abriendo el camino por el que poco después pasarán las potentes descargas que llamamos rayo.




Sin ella, el bronceado se convertiría en una quemadura de tercer grado. Mirad al cielo, es invisible, pero nos protege de los rayos del sol. Es nuestro escudo. La capa de ozono. Pero un pequeño agujero en ella nos ha puesto a todos alerta: por primera vez en la historia sabemos que podríamos desaparecer como especie si no ponemos remedio, como en una película de catástrofes de Hollywood. El descubridor de este agujero, sin embargo, no es un personaje de película: es mexicano y se llama Mario Molina.
Por primera vez en Europa, gracias al video de alta velocidad, un grupo de investigadores españoles ha podido detectar duendes y elfos. Pero no os alarméis. Se trata de duendes y elfos atmosféricos.
Sobre nuestras cabezas existen multitud de ojos electrónicos, omnipresentes ojos orwellianos que vigilan, detectan y miden toda clase de fenómenos a fin de esclarecer las consecuencias del cambio climático. 
Realmente los nombres de las particularidades orográficas de este reino volátil tienen connotaciones mágicas, y yo al menos no puedo dejar de imaginarme aquí el vuelo entre las nubes de Bastian a lomos del dragón blanco Fuyur en La historia interminable.