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Visitando el despacho del humilde padre del electromagnetismo (y II)

Visitando el despacho del humilde padre del electromagnetismo (y II)
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En la anterior entrega de este artículo os hablaba de algunos lugares de Londres que pude visitar que están fuertemente relacionados con la vida de Michael Faraday, un humilde chico que se creía la Biblia literalmente (de hecho pertenecía a la secta de los sandemanianos) y que, sin embargo, no sólo revolución la física, sino que se convirtió en el icono de la persona normal capaz de acceder a la investigación científica (espacio reservado para la aristocracia) y también se erigió como uno de los mejores divulgadores populares de ciencia de la historia.

Así que ya os podéis imaginar mi excitación cuando llegué al regio edificio de la Royal Institution of Great Britain, en el 21 de Abermarle Street.

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En el interior del edificio se aloja el Faraday Museum, de acceso libre y gratuito (cuando yo fui no había absolutamente nadie), donde se exponen muchos de los aparatos originales que empleó Faraday en sus experimentos, así como su laboratorio restaurado.

La Royal Institution of Great Britain fue una elitista institución de carácter privado, un Olimpo científico que aún no se había modernizado y solo daba cabida a los científicos que procedía de un estrato social elevado. El objetivo principal de la Royal Institution, no obstante, era difundir el conocimiento científico y enseñar, mediante conferencias y experimentos, la aplicación de la ciencia en la vida cotidiana.

Su fundador fue Benjamin Thompson, más conocido como el conde de Rumford, nacido en Massachussetts, Estados Unidos, en 1753. Sus hazañas científicas le permitieron ingresar en la Royal Society londinense en 1799. Ese mismo año, Thompson y el botánico Sir Joseph Banks propusieron a Jorge III la creación de la Royal Institution, cuyo primer presidente fue Humphry Davy, maestro y protector de Faraday.

Caminar por los pasillos de esta institución, pues, es como andar por la historia de la ciencia. Sin embargo, la mayoría de los expositores se reservan para los inventos de Faraday, campo en el que fue muy prolijo. Como el primer transformador de electricidad, como podéis ver abajo en una fotografía tomada por mí mismo.

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Michael Faraday enrolló dos bobinas de alambre en un anillo de hierro. Cuando conectaba una bobina a una pila, pasaba una corriente por la otra (no conectada). Al desconectarla, se generaba otro impulso en la segunda bobina.

Para verificar los fenómenos que investigaba, Faraday, en la trastienda del establecimiento de Riebau, se construyó un pequeño generador eléctrico empleando como material unas botellas usadas y madera. Esta máquina eléctrica de fricción también se conserva en la Royal Institution de Londres, como un ejemplo paradigmático del que acabaría siendo el más grande experimentador de la época.

Venir a la Royal Institution en Navidad es todo un evento. Es cuando se celebran uno de los mayores acontecimientos de la divulgación científica de Gran Bretaña, las Christmas Lectures. En 1825, Faraday empezó a impartir estas conferencias de Navidad para la gente joven. En ellas han llegado a participar científicos y divulgadores de la talla de Carl Sagan y David Attenborough.

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Así que lo ya lo sabéis: si tenéis la oportunidad de viajar a Londres, no os perdáis una pequeña visita a la Royal Institution. Es gratis. No está repleto de gente como el British Museum. Y os garantizo que es igualmente excitante. Y por si aún no tenéis suficiente interés en la figura del científico victoriano Michael Faraday, a continuación os transcribo parte del prólogo de la biografía Ciencia de alta tensión:

Los metales escaparon de las antiguas estrellas hasta precipitarse sobre planetas como la Tierra, ocultándose en las profundidades del planeta. Alrededor de ellos había campos invisibles e indetectables que, con la rotación de la Tierra, dieron lugar a un campo de fuerza magnético que lo rodeó todo, extendiéndose desde el suelo hasta la atmósfera. Algunos seres humanos, como los chinos de la época clásica, lograron detectar este campo, empleando parte de sus propiedades para orientar sus brújulas durante la navegación. Pero en el siglo XIX, todo lo relativo a ese campo invisible e indetectable cambió radicalmente gracias a la humildad, la heterodoxia y la profunda fe en Dios de un hombre de cabello rizado nacido en 1791, solo unos cien años después de que se insinuara la existencia del electrón: el genio inglés de la física experimental Michael Faraday.
De igual modo, a pesar de que la fuerza eléctrica llevaba funcionando ininterrumpidamente desde hacía más de 13 mil millones de años, también permanecía indetectable para la humanidad, inserta en el seno de los átomos que todo lo constituían: aunque los efectos eléctricos se manifestaban por doquier, su esencia permanecía oculta porque las cargas eléctricas positivas y negativas permanecen prácticamente estables en casi todo lo que nos rodea.
Faraday también puso en evidencia los fenómenos eléctricos, uniéndonos inextricablemente a los magnéticos. A Faraday, pues, le debemos el descubrimiento de la ley de la inducción (que lleva su nombre), según la cual un campo magnético crea un campo eléctrico; fue el primero que demostró que podía generarse una corriente eléctrica a partir de un campo magnético; fue el inventor del motor eléctrico y la dinamo, que cambiarían la forma en que viviría la gente para siempre; demostró que hay una relación entre electricidad y el enlace químico; y empezó a dilucidar el efecto del magnetismo en la luz. Y todas estas hazañas las logró Faraday sin estudios superiores y sin tener demasiados conocimientos en matemáticas; no en vano, escribió todos sus descubrimientos en un lenguaje descriptivo acompañado de dibujos y esquemas, sin emplear ni una sola ecuación.
Porque Faraday, además de un gran experimentador, también se definía como un excelente divulgador de su propia obra, hasta el punto de que solía impartir conferencias navideñas a los niños a fin de que la ciencia no se quedara dentro de los confines de las elitistas instituciones de la época (actualmente, las Christmas Lectures siguen celebrándose, y en ellas han participado científicos y divulgadores como Carl Sagan o David Attenborough). En la primera de ellas, en 1826, explicó la que posiblemente sea una de sus afirmaciones más populares: que una vela ilustraba todos los procesos físicos conocidos. Sin embargo, Faraday no fue solo una vela para Inglaterra, sino también una cegadora chispa que iluminó el mundo para siempre.

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El término electricidad proviene del griego elektron, que significa ámbar, cuyas propiedades eléctricas fueron descubiertas en la antigua Grecia. Desde entonces hasta el siglo XVIII, se avanzó muy poco en la comprensión de los fenómenos eléctricos. La razón principal de este largo lapso de tiempo es que hace relativamente poco que la ciencia pasó de ser meramente especulativa a estar respaldada por la realización sistemática de experimentos. Con todo, a pesar de lo mucho que aún se ignoraba acerca del funcionamiento íntimo de la electricidad, se lograron construir teléfonos, telégrafos y bombillas, así como motores eléctricos y una especie de fax eléctrico que funcionaba en Francia en 1859. Sin embargo, hasta la llegada del gran experimentador, Faraday, la electricidad se limitaba, sobre todo, a ser un asunto pintoresco. Científicos del siglo XVIII desarrollaron máquinas para obtener pequeñas cantidades de carga eléctrica y dispositivos donde acumular la carga generada, pero lo más llamativo que proyectaba la electricidad sobre la sociedad eran los experimentos recreativos de electroestática en los salones de clases altas, generando chispas, dando calambrazos o incluso electrocutando pavos. Algunas mujeres de alcurnia se llegaron a pasear por París con un sombrero puntiagudo del que colgaba un cable a modo de pararrayos.
Igual suerte corría el desarrollo de los fenómenos magnéticos, cuyos primeros estudios se atribuyen a Tales de Mileto en el siglo VI a.C. Por ello, también la palabra "magnetismo" procede del nombre de la ciudad griega de Magnesia, donde abundaba la magnetita, un imán natural. Otra teoría etimológica atribuía da Plinio el Viejo, sabio romano del siglo I, atribuye el origen del término a la leyenda del descubridor del magnetismo, un pastor llamado Magnus, al que su bastón acabado en una punta metálica se le quedó pegado a una roca mientras andaba con su ganado por el monte. Hasta el siglo XVI, gracias a un inglés llamado William Gilbert, el conocimiento sobre el magnetismo tampoco había avanzado demasiado. Gilbert sentó las bases del estudio moderno del magnetismo, descubriendo, por ejemplo, que la Tierra se comporta como un imán gigantesco.
Faraday, sin embargo, tuvo la capacidad de contemplar estos fenómenos como algo diferente, como un conjunto de propiedades en las que, con la agudeza visual adecuada, uno podía descubrir las huellas de Dios. Esta particular agudeza visual, espoleada por su fe, y escasamente obstaculizada por la formación académica imperante, permitió a Faraday desafiar las concepciones intocables de Newton, lo cual era doblemente ignominioso si procedía de alguien que ni siquiera tenía destrezas matemáticas. A la postre, tal audacia intelectual procedente del que probablemente era el más humilde y sencillo científico de su época, acarreó unas consecuencias colaterales impredecibles: transformó la Revolución Industrial, de la que él consiguió escapar laboralmente por muy poco debido a su baja condición social, convirtiéndola en la Era de la electricidad. Una nueva era en la que la gente ya no debía trabajar esclavizada para obtener un salario. A la vez que permitía que las clases más modestas gozaran por fin de la posibilidad de acceder a los templos del saber por su condición intelectual y no por el color de su sangre o el apellido de la familia.
Pero no todo en Faraday fue coincidencia, arquitectura mental moldeada por la religión o incluso curiosidad insaciable y heterodoxa. En Faraday, ante todo, encontramos sacrificio y tesón. Por ello, no contento con sintetizar la electricidad y el magnetismo, Faraday también hizo grandes avances en otros campos de la ciencia, como la química (licuando gases) o la óptica (estableciendo las interacciones entre luz y magnetismo), descubriendo los diamagnéticos o inventando la jaula que lleva su nombre, que actualmente vemos reflejada en ascensores, microondas o aviones. Y ya con muchos años en la espalda, su mente continuó funcionando hasta el final, estableciendo comunicación epistolar con decenas de científicos e investigadores, colaborando en proyectos de colegas (como el establecimiento de un cable de comunicaciones que conectaba el continente Europeo como América), inspirando con sus conferencias y artículos a innumerables jóvenes que más tarde desarrollarían sus propias carreras brillantes. De todos ellos, quizá el caso más destacado fue el de James Clerk Maxwell, quien codificó al lenguaje matemático todas las ideas de Faraday a propósito del electromagnetismo; y, más tarde, también Albert Einstein debería admitir su deuda con Maxwell y el propio Faraday.
Y todas estas hazañas intelectuales, además, las llevaría a cabo Faraday de forma metódica y ordenada, solo permitiéndose un pequeño descanso con cuarenta y nueve años, cuando su mente y su cuerpo fueron víctimas de una grave crisis por agotamiento (idéntica edad, por cierto, en la Newton había padecido una crisis análoga). Tan espartana fue siempre la disposición de Faraday –y por tanto, merecido fue su éxito- que incluso su Diario, el bloc de notas donde todo lo apuntaba y dibujaba, muestra numerada correlativamente la principal secuencia de párrafos desde el 1 hasta el 16.041, a lo largo de un periodo de treinta años. Como si la energía inagotable de Faraday fuese generada por una de las dinamos que él mismo diseñó. Faraday incluso sacrificaría su luna de miel al contraer matrimonio con una sandemaniana, como él, por el simple hecho de no perder horas de laboratorio. Para Faraday, pues, no había otra cosa que la ciencia, tanto en el ámbito de la investigación como de la divulgación.
Porque Michael Faraday constituyó una de las primeras chispas eléctricas de la historia. Porque, a pesar de su devoción religiosa (o precisamente por ella), Faraday, al igual que Prometeo, escaló el Olimpo, le robó el fuego a los dioses, el fuego divino, la chispa tecnológica que prendió bombillas y lámparas, e iluminó definitivamente un mundo sumido en la oscuridad.
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