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Comiendo lo que nadie se atrevía a comer

Comiendo lo que nadie se atrevía a comer
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¿Conocéis un programa de televisión llamado Bizarre Foods? Es un programa de gastronomía que te presenta las comidas más raras, repugnantes o estomagantes que se cuecen por todo el mundo. Su presentador, un tipo calvo muy simpático llamado Andrew Zimmern, un chef y escritor gastronómico de renombre internacional, se atreve con todo, y si tiene que admitir que ha comido algo insoportable para el paladar, lo hace. Lo cual no me extraña, porque en sus programas llega a probar cosas como los ojos de cordero, testículos de toro, rana rellena, gusanos gigantes, queso con lagarto o la gelatina de nariz de alce.

Zimmern siempre me suscita entre admiración y ganas de vomitar, porque lo máximo que yo he alcanzado a comer (y que él también lo hace en sus programas) es el haggis (un plato típicamente escocés que, por cierto, me pareció delicioso: podéis leer mi experiencia al respecto en Comiendo deshechos cárnicos con especias envueltos en estómago de oveja).

Hoy en día, sin embargo, viviendo en un mundo global interconectado, comer cosas raras ya no tiene tanto mérito. Al menos tiene mucho menos mérito que en 1880, cuando la mayoría de la gente apenas había viajado más allá de su ciudad de nacimiento. En ese sentido, el naturista Frank Buckland fue mucho más valiente y atrevido que Andrew Zimmern. Pero ¿quién es este naturista adelantado a su tiempo?

Probando nuevos platos para Inglaterra

Buckland
Hijo del distinguido geólogo y canónico William Buckland, desde pequeño, Frank ya se había acostumbrado a probar platos raros que su padre comía, como avestruz, lengua de caballo, pastel de ardilla y ratones en batido.

Lo explica así Ian Crofton en Historia de la ciencia sin los trozos aburridos:

Mientras era estudiante en Christ Church en la década de 1840, tuvo varios animales de compañía exóticos, entre ellos un águila, una marmota, un mono y un oso, que en una ocasión le enseñó al geólogo Charles Lyell. Mientras estaba en Oxford, Buckland empezó su propia carrera como zoófago experimental. Habiéndose enterado de la muerte y enterramiento de la pantera del jardín zoológico de Surrey, obtuvo el cadáver, lo cocinó y se lo comió. Más tarde recordaba que, al haber estado enterrado durante dos días, "no estaba muy bueno".

Buckland también fue el fundador de la llamada Sociedad de Aclimitación, cuyo objetivo era, nada menos, que investigar qué animales de todo el mundo podrían criarse en Inglaterra para formar parte de la gastronomía inglesa.

En estas cenas para investigar cómo sabían los nuevos animales, se probaron platos de canguro, babosas de mar, rinoceronte ("como buey muy duro"), trompa de elefante hervida ("como el caucho"), cabeza de marsopa ("mecha de lámpara asada"), jirafa ("como ternera") o topo estofado ("absolutamente horrible").

Darwin también se lo comía todo

Darwin
Por otros motivos, Charles Darwin también era aficionado a comer los animales que descubría en sus viajes científicos. Por ejemplo, en la isla James, Darwin y su tripulación subieron a bordo del ‘Beagle’ 48 ejemplares de tortugas gigantes, que se zamparon en forma de sopas, filetes y otras delicias para la tripulación.

También, mientras estudiaba en Cambridge, Darwin formó parte de la sociedad gastronómica Gourmet Club (más conocida como “The Glutton Club”, el “club de glotones”) que hacía gala de un “omnivorismo sin fronteras”: su objetivo era probar “todos y cada uno de los pájaros y bestias que han sido conocidos por el paladar humano”. Definitivamente, un sitio al que no podría aspirar a entrar, a pesar de que me hubiera atrevido a comer lo que comí en Edimburgo.

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