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Ser anormal no siempre es bueno... ser Tyler Durden, tampoco

Ser anormal no siempre es bueno... ser Tyler Durden, tampoco
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Supongo que la mayoría de vosotros conoce la película El club de la lucha (Fight Club). En una de las escenas más memorables (qué difícil es escoger solo una), Tyler Durden ordena a los nuevos reclutas que salgan a la calle y busquen pelea con cualquiera. La idea es provocar a alguien hasta el punto de que esa persona decida darles candela. A pesar de que los reclutas hacen todo lo posible para provocar la pelea (mojar a un señor con traje con una manguera, saltarse la cola, imitar los gestos de un viandante, etc.), nadie reacciona peleando, tal y como sucede en las películas o en las discotecas (cuyos monos danzantes van hasta arriba de alcohol y drogas).

Lo que hace la gente ante un provocación tan flagrante, ante un comportamiento tan anormal, es sentir estupor, confusión, desconcierto. Tal vez, a continuación haya, eso sí, un pequeño arrebato de furia. En El club de la lucha, pues, reírse de la gente y quedar impune es muy cool. Y por esa clase de motivos la película gusta tanto a encefalogramas planos.

Quienes me leéis con regularidad ya conocéis mi aversión por las personas normales. Lo normal es atonal, monótono y neutro. La ortodoxia es aburrida. En el mundo hay mucha gente pero pocas personas, que diría Mafalda. Los locos abren los caminos que más tarde seguirán los sabios, que diría Carlo Dossi. Y hasta he escrito sobre cómo nos volvemos idiotas en cuanto pensamos en grupo, como en Si mucha gente cree una cosa no significa que ésta sea verdad: la disonancia cognitiva de los grupos o La mayoría se equivoca: matemáticamente comprobado.

Pero ser anormal, dar la nota, aprovecharse de los demás, colarse en el cine y comportamientos afines no son tan estupendos como parecen.

En la década de 1960, el sociólogo Harold Garfinkel pidió a una serie de sujetos que se comportaran de forma anómala en determinadas situaciones convencionales, trastocando todo lo que se esperaba de ellos. Por ejemplo, durante un cuarto de hora debían fingir distanciamiento formal y hablar sólo para responder preguntas concretas, como robots. Lo que ocurría es que un porcentaje pequeño de los familiares del sujeto reaccionaban como si estuvieran gastándoles una broma. Pero la mayoría reaccionaban así:

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Los familiares hacían un esfuerzo desmedido para racionalizar la extraña conducta y regresar a una situación normal. Los informes mencionaban reacciones iniciales de asombro, desconcierto, susto, ansiedad, vergüenza y furia. A continuación, al estudiante se le tachaba de antipático, desconsiderado, egoísta, malintencionado y grosero. Los familiares exigían una explicación: ¿Qué te pasa? ¿A qué cuento viene esto? ¿Te han echado del trabajo? ¿Estás enfermo? ¿Por qué te haces el interesante? ¿Por qué te has enfadado? ¿Te has vuelto loco o es que eres tonto? (...) Una de las madres, indignada al comprobar que su hija sólo hablaba si era para responder a alguna pregunta, empezó a gritar histéricamente, llamándola maleducada y desobediente, sin atender a las palabras tranquilizadoras de la hermana de la protagonista. Un padre acusó a su hija de no tener en cuenta a los demás y de ponerse como una niñata consentida.

Ser normal, pues, es sobre todo una forma de convivir con los demás. Ser normal no significa solamente seguir la norma como un esclavo sin cerebro sino que significa adquirir un estatus frente a los demás y crear un sistema de confianza generalizada. Ser normal no es de tontos, es ser comprensivo, empático y buena persona. Ser anormal no siempre significa ser un espíritu libre, también puede significar ser egoísta y desconsiderado.

Lo más importante de “ser normal” es que reduce considerablemente la presión cognitiva que ejercemos sobre los demás. (...) Por eso el desfase cultural que muchas personas experimentan en entornos sociales nuevos o desconocidos es un fenómeno tan constante y bien documentado. En esencia, se trata de una acumulación de ansiedad y frustración causada por la pérdida de pautas sociales habituales. Una gran parte de esta tensión se debe a no saber distinguir lo “normal” de lo “anormal”.

Saludar, ceder el paso, respetar las normas, usar los cubiertos para comer… todo ello, para ciertas personas como Tyler Durden, son solo corsés sociales, ataduras psicológicas, lavados de cerebro para que todos seamos iguales y esencialmente no conflictivos con el poder. Y todo eso, finalmente, se traducirá también en un pensamiento rectilíneo y servil. Pero no es exactamente así, aunque haya parte de ello.

Todos esos gestos son actos simbólicos que cumplen una función social importante: es la forma de ganarse la confianza de los demás. De hecho, son actos simbólicos tan eficaces que los psicópatas no dudan en usarlos para engatusar a la víctima y llevarla a su terreno. Y los psicópatas no son precisamente espíritus castrados y sin libertad: al contrario, hacen lo que quieren.

Tal como señala Joseph Heath en su libro Rebelarse vende:

En conclusión, ¿qué podemos decir de la imposición de una serie de normas sociales? ¿Es una tiranía de la mayoría? ¿Es una masificación o un intento de subyugar al individuo y eliminar su personalidad o creatividad? En absoluto. La contracultura decidió que las normas sociales son una imposición y concluyó que la cultura entera es un sistema autoritario. Se quiso trazar un paralelismo entre Adolf Hitler y Emily Post, considerandos ambos unos fascistas que pretendían imponer sus normas para eliminar el placer individual. Por lo tanto, rebelarse contra todas y cada una de las normas sociales era lo que había que hacer.

Pues eso, que ser Tyler Durden mola, sí, pero solo si lo eres tú y no el vecino.

Vía | Rebelarse vende de Joseph Heath

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