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Pagar a alguien para que lleve a cabo un trabajo es más peligroso de lo que parece (I)

Pagar a alguien para que lleve a cabo un trabajo es más peligroso de lo que parece (I)
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Como escritor, a menudo me rodeo de otros escritores. Y ni os imagináis las ideas agoreras que escucho por ahí al respecto del oficio de escritor: que la piratería y la crisis han reducido los ingresos económicos de tal modo que los autores ya no encontrarán alicientes para escribir o profesionalizarse, que el arte se acabará algún día, que la calidad media de los textos ha descendido estrepitosamente... y cosas peores.

Estas ideas las tildo de agoreras porque me parecen excesivas. Primero porque el arte siempre ha existido, y la retribución por el mismo no. Podéis leer más sobre ello en Nos sobra más tiempo que nunca o por qué el arte no se acaba aunque el autor no cobre ni un céntimo por él.

Segundo porque, antes del advenimiento de la piratería o la crisis, la mayor parte de los autores no ganaban ni para pipas (la diferencia es que ahora los que ganaban mucho, también ganan menos). Y tercero: yo veo que la gente sigue escribiendo, componiendo, pintando y demás actividades relacionadas mucho más que antes por dos motivos: mostrar la obra es más barato que nunca, incluso resulta prácticamente gratis (y encima se pueden localizar nichos de público fiel al que le interese realmente lo que haces) y ahora, más que nunca, el tiempo libre de la mayoría de las personas no se invierte en actividades pasivas como el consumo de televisión (la actividad que más tiempo libre consumió en el siglo XX), sino en producir contenidos para los demás (desde un blog o un libro electrónico hasta un comentario en un blog, un vídeo de gatitos en Youtube… o la misma Wikipedia).

Dicho lo cual, cabe añadir algo más a toda la ecuación: la rentabilidad económica es empleada a menudo por los autores como el motivo poderoso que hará que decidan escribir e inviertan muchas horas en ello. El problema es que vivir de lo que uno escribe nunca ha sido posible, salvo por un pequeñísimo porcentaje de privilegiados (que generalmente escribían textos anodinos para masas homogéneas). Pero el quid de la cuestión que nunca se advierte es que el dinero, ganar dinero con tus obras, trabajar por dinero, no necesariamente provoca que uno produzca mejores resultados.

De hecho, no nos suelen pagar para que hagamos mejor nuestro trabajo, sino para que hagamos cosas que no nos apetecen hacer. El dinero no es una recompensa, es un incentivo.

dinero
Para llegar a esta idea un tanto contraintuitiva (todos pensamos que si nos entregan dinero por algo, nos esforzaremos más y no menos), en 1970, el psicólogo de la Universidad de Rochester Edward Deci llevó a cabo un experimento que hoy ya es clásico. Solicitó a diferentes voluntarios que resolvieran un rompecabezas que requería de tiempo y esfuerzo.

A los voluntarios se les dejaba a solas en una sala durante unos minutos para que resolvieran el rompecabezas. A continuación, entraba el investigador y les comunicaba que ahora se tomarían un pequeño descanso, y que luego podrían volver a intentarlo. El investigador, entonces, abandonaba la sala. Y como podéis imaginar, la mayor parte de los voluntarios usaban su tiempo libre para avanzar un poco más en el rompecabezas.

Lo interesante del experimento es que a un grupo de voluntarios se le había prometido una recompensa económica si resolvían correctamente el rompecabezas, y al otro, no.

Durante esos ocho minutos de descanso, algunos voluntarios podían dedicarse a hojear las revistas y otras distracciones que se habían dispuesto en la sala. Pero muchos de los voluntarios decidieron darle vueltas al rompecabezas. La lógica popular diría: dedicaron más de ese tiempo libre al rompecabezas los voluntarios que tuvieran algo que ganar, es decir, los que podían recibir una recompensa económica a cambio de la resolución del rompecabezas.

Y fue así: quienes cobraban, quienes abordaban el rompecabezas como una posible fuente de ingresos, experimentaron, de media, durante un minuto más del tiempo de descanso que quienes no recibían recompensa.

Sin embargo, Deci llevó a cabo otra sesión más adelante, donde se les proporcionó a los voluntarios unas instrucciones idénticas. Y aquí llegó la sorpresa, tal y como explica Clay Shirky en su libro Excedente cognitivo:

quienes habían cobrado en la sesión previa mostraron claramente menos interés en las formas durante la pausa que en la sesión en la que se les pagó; su tiempo medio descendió en dos minutos (que es lo mismo que decir que se redujo el doble), cuando se eliminó el pago, respecto a lo que había aumentado cuando se añadió dicha retribución por primera vez. Aunque en la primera sesión jugaron con el rompecabezas voluntariamente, el recuerdo de haber sido pagado antes era suficiente para que disminuyeran su interés cuando se les volvía a dar la oportunidad de experimentar con el rompecabezas por su cuenta.

Bien, pensaréis, esto es sólo un simple experimento, y el mundo real es mucho más complejo. Y tenéis toda la razón. Pero en la segunda entrega de este artículo abordaremos los experimentos que se llevaron a cabo a raíz de estos extraños resultados, y quizá cambiaréis de parecer.

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