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Convénceme, no me obligues: ¿qué asiento eliges en el Metro?

Convénceme, no me obligues: ¿qué asiento eliges en el Metro?
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A menudo usamos la coerción para obligar que la gente haga lo correcto o lo que se considera correcto. Sin embargo, el castigo, así como el palo con una zanahoria, son estrategias poco eficientes porque continuamente tienen que estar en vigor para evitar que la gente deje de hacer lo que tiene que hacer. Aunque resulte más difícil, es eficaz convencer a la gente de la conveniencia de hacerlo bien.

Un buen ejemplo de eso lo encontramos en el hecho de buscar un sitio para sentarnos en el Metro o en cualquier otro sitio público.

Generalmente, la norma tácita es que la gente tome asiento a medida que llega, pero esta estrategia no tiene en cuenta a la gente que tiene más o menos necesidad de sentarse, con independencia de cuando llega. A veces se tienen en cuenta factores evidentes como la ancianidad, un embarazo, una pierna escayolada… pero no en todos los contextos: por ejemplo, en el Metro es más probable que ocurra, pero no así desocupando una butaca favorable en el cine, o un lugar agradable en la playa.

¿Qué política podríamos llevar adelante para favorecer esta cesión de asientos más allá del orden de llegada? Todas ellas requerirán pensar a menudo estratégicamente, nada más entrar en el Metro, o a lo largo del viaje, por ejemplo. Ello es dificultoso y hay pocos incentivos para que la gente lo lleve a cabo.

Otra opción es que la gente que necesite el asiento, directamente lo pida. Puede sonar utópico, pero lo cierto es que la gente cede hasta niveles aceptables, como bien sugieren los experimentos de la década de 1989 del psicosociólogo Stanley Milgran, que solicitó a una serie de voluntarias que pidieran sitio en el Metro de forma firme. El resultado fue que una de cada dos veces, bastaba con pedirlo para que la gente aceptara ceder el asiento. El problema de esta estrategia es que hace falta valor para pedir un asiento, como bien describían los voluntarios, que se sentían azorados o nerviosos cuando lo hacían.

Lo que demostró en cierto sentido el experimento de Milgran lo interpreta así James Surowiecki en Cien mejor que uno:

las normas de mayor éxito no se establecen y mantienen sólo externamente, sino que han de llegar a “interiorizarse”. La persona que ocupa un asiento en el Metro no necesita defender o justificar su derecho, porque para los pasajeros sería más incómodo tratar en tela de juicio ese derecho que viajar de pie. Ahora bien, y aunque la interiorización sea crucial para la fluidez de funcionamiento de los usos y costumbres, muchas veces también se necesitan sanciones externas. A veces, como en el caso del reglamento de la circulación viaria, dichas sanciones son legales. Pero es más corriente que sean de tipo informal, como descubrió Milgran cuando se puso a estudiar lo que ocurre cuando alguien trata de infiltrarse en una cola de espera muy larga.

Lo que pasó en el experimento de Milgran sobre las colas es que los voluntarios que pedían colarse, no lo conseguían. Las personas que hacían cola no estaba dispuestas a perder un turno, como los del Metro estaba dispuestos a ceder un asiento. Ello, además, era fiscalizado negativamente por la otras personas que hacían cola, mediante miradas hostiles o comentarios. Pero las mayores críticas siempre venían por parte del que estaba inmediatamente después del que se intentaba colar, no de los puestos más alejados, acaso porque una revuelta demasiado tumultuosa podría haber desorganizado toda la cola.

Al igual que la regla “el primero que llega es el primero que se sienta”, la cola es un mecanismo sencillo pero eficaz de coordinar a las personas. Pero su éxito depende de la disposición de todos a respetar el orden de la cola. Paradójicamente, esto implica que, a veces, la gente prefiere tolerar a los atrevidos que se cuelan antes de arriesgarse a desorganizar toda la espera. Por eso Milgran considera que dicha tolerancia es un signo de fuerza de la cola, que no de debilidad. (…) En las sociedades liberales, la autoridad tiene un alcance limitado en cuanto a la manera en que unos ciudadanos tratan con otros. En vez de la autoridad, ciertos códigos no escritos (impuestos voluntariamente por la gente normal, como ha demostrado Milgram) bastan esencialmente para que los grupos numerosos de personas coordinen su comportamiento sin ninguna necesidad de coerción, y sin necesidad de pensarlo ni de trabajárselo demasiado.
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