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Cómo influye lo que otros piden en la mesa en lo que tú finalmente pides: sobre todo si es cerveza

Cómo influye lo que otros piden en la mesa en lo que tú finalmente pides: sobre todo si es cerveza
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Johnathan Levav, profesor de Columbia, y Dan Ariely, del MIT, quisieron demostrar hasta qué punto el proceso secuencial de pedir al camarero lo que a uno le apetece influye en las decisiones que toman en última instancia las personas sentadas en la misma mesa? Algo así como el efecto borrego o gregario en los gustos a la hora de comer.

Si alguien de tu misma mesa pide una marca de cerveza, por ejemplo, ¿ello influirá en que lo imites? ¿O, por el contrario, eso influirá en que pidas justo otra marca de cerveza para distinguirte? ¿Hasta qué punto la preferencia personal intercederá en una u otra tendencia?

En el experimento, producido en un bar del MIT, se ofrecía una muestra gratuita de cuatro tipos de cerveza diferentes:

1) Coppeline Amber Ale: una ale roja de cuerpo medio con lúpulo bien equilibrado y carácter malteado, y el tradicional sabor afrutado de las ale.

2) Franklin Street Lager: una cerveza dorada bohemia estilo Pilsen, elaborada con un malteado suave y un fresco regusto a lúpulo.

3) India Pale Ale: una ale robusta y bien lupulizada, originariamente elaborada para resistir el largo viaje por el mar desde Inglaterra hasta la India rodeando el cabo de Buena Esperanza. Su lupulizado en seco con abundante lúpulo le da un aromático regusto floral.

4) Summer Wheat Ale: una ale de estilo bávaro, elaborada con un cincuenta por ciento de trigo como bebida de verano ligera, espumosa y refrescante. Con un contenido de lúpulo moderado, tiene el aroma único con reminiscencias de banana y clavo de la auténtica levadura alemana.

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Tras permitir que cada mesa escogiera su cerveza, se pasaba un cuestionario donde se preguntaba cuánto le gustaba su elección y si se arrepentían de haber escogido esa en concreto. Tras recogerse los cuestionarios, se observaba a las mesas para ver si alguno de ellos tomaba un sorbo de las de los demás. Pero nadie compartió su muestra.

En la segunda parte del experimento, nadie tenía que pedir su cerveza en voz alta, sino mediante un cuestionario, así no se podía saber qué pedía el otro. El resultado lo explica el mismo Ariely en su libro Las trampas del deseo:

Pues descubrimos que, cuando la gente pide secuencialmente en voz alta, elige de manera distinta de cuando lo hace en privado. Cuando pide secuencialmente, elige más tipos distintos por mesa; en esencia, opta por la variedad. (...) escogían otra cerveza, una que puede que inicialmente no quisieran, pero que servía para poner de manifiesto su individualidad. En general, quienes pidieron sus cervezas en voz alta, de la manera habitual en que la gente pide la comida en los restaurantes, no se sintieron luego tan satisfechos como los que habían podido hacer su elección en privado, sin tener en cuenta las opiniones de los demás. Había, no obstante, una excepción: la primera persona que pedía la cerveza en el grupo que tomaba sus decisiones en voz alta se encontraba de hecho en la misma situación que quienes expresaban su opinión en privado, dado que podía elegir sin verse condicionado por lo que habían escogido los demás.
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