La península ibérica gira en el sentido de las agujas del reloj. Es un movimiento tan lento que nadie lo percibe, entre 0,1 y 0,2 grados por cada millón de años, pero sostenido como para que un equipo de la Universidad del País Vasco, con financiación vasca y colaboradores de Palermo y Granada, lo haya confirmado combinando terremotos y datos por satélite. Asier Madarieta-Txurruka publica los resultados en la revista "Gondwana Research". Su mapa de esfuerzo y deformación reparte la tensión entre el sur de Iberia y el norte de África.
El empuje de África. La causa está en la convergencia entre las placas euroasiática y africana, que avanzan una contra otra a entre cuatro y seis milímetros al año. "La frontera entre ambas es muy nítida tanto en el océano Atlántico como en la zona de Argelia, mientras que al sur de la península ibérica resulta mucho más difusa y compleja", explica Madarieta. Es la misma frontera que sostiene la actividad sísmica de la península, tema que Xataka Ciencia ya trató en 2011 al repasar el control de sismos en España; al sur de Iberia se vuelve una banda ancha de cientos de kilómetros con múltiples estructuras activas.
El arco de Gibraltar. El actor clave es el dominio de Alborán, un fragmento de corteza bajo el Mediterráneo occidental que se desplaza hacia el oeste y ha formado el arco activo de Gibraltar, que conecta la cordillera Bética con el Rif norteafricano. Al este del estrecho, la corteza del arco, más delgada y deformable, absorbe la colisión y blinda a la península; al oeste, el choque entre Iberia y África es más directo y transmite los esfuerzos hacia el suroeste. "Esto empujaría la península por dicha zona y provocaría su giro en sentido horario", detalla el investigador en la nota de la UPV/EHU.
Cómo lo saben. El equipo ha cruzado dos tipos de datos que rara vez se combinan. Por un lado, los mecanismos focales de los terremotos de las últimas décadas, que revelan la dirección del esfuerzo profundo. Por otro, las velocidades de las estaciones GNSS, la red de navegación por satélite que mide fracciones de milímetro al año; aquí han entrado la red europea EUREF y la española ERGNSS, con estaciones de Portugal y Marruecos. El cruce permite ver dónde la corteza se comprime, dónde se desliza y dónde acumula tensión sin liberarla. En el margen sur, las estaciones captan un desplazamiento de unos tres milímetros al año hacia el oeste-suroeste.
Fallas que faltan. El mapa señala dónde podrían esconderse fallas activas capaces de generar terremotos, incluso en zonas sin rastro superficial. La base de datos QAFI del IGME, que cataloga fallas con actividad en los últimos 2,6 millones de años, aún tiene huecos en los Pirineos occidentales y en el sector occidental del arco de Gibraltar. "En Iberia hay áreas donde se observa una deformación significativa o donde ocurren terremotos, pero desconocemos qué estructuras tectónicas están activas en dichos emplazamientos", reconoce Madarieta. Los nuevos campos de esfuerzo indican hacia dónde dirigir la búsqueda geológica.
El giro en sí no cambia la vida de nadie: a ese ritmo, harían falta millones de años para notarlo. Lo que cambia es la diana sísmica. El suroeste de Iberia, el margen que el terremoto de Lisboa de 1755 puso en el mapa de los riesgos geológicos, es donde el choque directo con África transmite más tensión. El estudio no anuncia un seísmo inminente, pero avisa de que la calma geodésica no equivale a quietud. Los autores defienden que su mapa afine la peligrosidad sísmica de España, Portugal y Marruecos; Madarieta admite que es una instantánea de un proceso que se mide en millones de años.
Foto | NASA vía Wikimedia Commons
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