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Cómete una galleta para ver la vida de color de rosa

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Imaginad una tarde fría de invierno. Estáis en casa. Afuera cae una fina lluvia que está a punto de convertirse en cellisca. El ambiente es grisáceo y os sentís un poco desanimados. Y entonces sentís un irremediable deseo de ir a la cocina para devorar un par o tres de galletas.

Este deseo es completamente normal. Las galletas elevan el ánimo porque elevan los niveles de serotonina en nuestro cerebro. En otras palabras, podéis estás más o menos a gusto una tarde de invierno según lo que comáis. Una col hervida, por ejemplo, no os haría sentir mejor. Una dieta diseñada para rebajar el colesterol en sangre incluso es posible que influya de tal modo en vuestros niveles de serotonina que acabéis realmente enfadados con el mundo y con vosotros mismos.

Y es que la serotonina es muy importante para nuestro estado de ánimo. Prozac, por ejemplo, actúa influyendo sobre el sistema de la serotonina, aunque aún existen una polémica sobre cómo lo hace exactamente. La teoría más aceptada es que Prozac inhibe la reabsorción de la serotonina dentro de las neuronas, y así aumenta su cantidad en el cerebro.

Una galleta, por ejemplo, sería una especie de Prozac alimenticio.

En invierno, muchas personas tienden a necesitar ingerir hidratos de carbono a última hora de la tarde. Son personas que también necesitan dormir más a menudo en invierno, como si hibernaran, aunque su sueño es de menor calidad. La explicación está, al parecer, en que el cerebro empieza a producir melatonina, la hormona que induce el sueño en respuesta a la oscuridad de las primeras horas de la noche en los días de invierno.

La melatonina se elabora a partir de la serotonina, de modo que los niveles de serotonina caen a medida que se consumen para la elaboración de la melatonina. La forma más rápida de elevar de nuevo los niveles de serotonina es enviar más triptófano al cerebro, ya que la serotonina se elabora a partir del triptófano. Para ello, hay que conseguir que el páncreas segregue insulina, porque la insulina provoca que el cuerpo absorba otras sustancias químicas similares al triptófano eliminando de esta forma a las que compiten por los canales que llevan el triptófano al cerebro. Y para segregar insulina, nada mejor que tomar hidratos de carbono.

El dato macabro viene de la mayoría de estudios que se hace sobre medicamentos y dietas que rebajan el colesterol de las personas corrientes, que originan un aumento de muertes violentas en comparación con muestras de control que normalmente corresponden con un descenso de muertes por enfermedad cardiaca.

Es decir, en general todos los estudios de tratamiento de colesterol reflejaban que se reducían en un 14 % los ataques del corazón pero aumentaba las muertes violentas en un 78 %. Puesto que las muertes violentas son más raras que los ataques cardíacos, el efecto numérico se anula más o menos, pero las muertes violentas a puedes involucrar a veces a espectadores inocentes.

Los deprimidos, los impulsivos y los antisociales, incluidos los suicidas frustrados, tienen unos niveles de colesterol por lo común más bajos que la población general.

El 25 % de las personas con niveles de colesterol bajo tienen cuatro veces más posibilidades de suicidarse que el 25 % de las personas con niveles más altos.

Todo esto no significa que todos debáis comer sin control. Tener el colesterol alto también tiene riesgos, de modo que hay que conseguir mantenerlo a niveles medios. Y aunque tener el colesterol alto o bajo (sobre todo si lo reduces drásticamente) tiene sus riesgos, estos riesgos sólo afectan a una minoría. El consejo de hacer una dieta baja en colesterol debería estar limitado sólo a las personas que están provistas genéticamente de demasiado colesterol.

Casi con toda seguridad, la serotonina interviene en la relación entre el colesterol bajo y la violencia. En el laboratorio de Jay Kaplan de la Browman Gray Medical School, en California, los monos que se alimentan con una dieta pobre el colesterol se vuelven más agresivos y malhumorados (aunque no adelgacen), y parece que la causa es la disminución de los niveles de serotonina.

Si todos dispusiéramos de un medidor de serotonina cerebral, que nos avisara mediante un SMS en nuestro móvil cuando los niveles están demasiado bajos, quizá nos lo pensaríamos mejor antes de emprender determinadas acciones. Y, en todo caso, acudiríamos raudos a la cocina en busca de una buena ración de galletas... para ver las cosas desde otra perspectiva.

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