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Cuando la autoridad científica no permite que la ciencia progrese

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A menudo, cuando se enfrentan ciencia y religión, indudablemente apostamos por la ciencia porque, esencialmente, se basa en la premisa de que el conocimiento es falible y acumulativo y se enriquece con evidencias diversas, no con autoridades o libros únicos. Sin embargo, si bien la disciplina científica es epistemológicamente más sólida a cualquier otra clase de conocimiento, los científicos no siempre se comportan con arreglo a sus normas.

Y entonces la ciencia puede llegar a ser casi como una secta.

Un desafortunado ejemplo de ello ocurrió cuando el astrofísico S. Chandrasekar, siendo un adolescente, desarrolló una sorprendente teoría de la degeneración estelar. Mientras que las estrellas cuya masa crítica era inferior a una cantidad dada podían convertirse en enanas blancas, las de mayor masa mostraban, por el contrario, una degeneración relativista y pasaban, tras “implotar”, a un estado absolutamente distinto.

El astrónomo teórico A. S. Eddington, maestro y protector de Chandrasekar, atacó a éste y a su teoría con bastante mala leche, prohibiéndole desarrollarla y publicarla.

Pero este ataque no era intelectualmente honrado: lo que ocurría es que, si Chandrasekar tenía razón, entonces la teoría cosmológica de Eddington se volvía errónea. Como resultado de ello, la astronomía teórica vivió un estancamiento de 30 años, y la teoría de los agujeros negros (implícita en los planteamientos de Chandrasekar) no se desarrolló en plenitud hasta finales de 1960.

Kameshwar Wali, en su biografía de Chandrasekar, escribe que “fueron necesarias casi tres décadas para que el descubrimiento [de Chandrasekar] se reconociese en toda su importancia, y el límite de Chandrasekar se incorporase al lenguaje estándar de la física y de la astrofísica. Hubieron de pasar cinco décadas hasta que recibió el Premio Nobel”. (…) El propio Chandrasekar manifestó más tarde: “Es un hecho asombroso que en como Eddington pueda gozar de tan increíble autoridad [...] y es increíble [...] que nadie tuviese la valentía y el conocimiento necesario para decir que Eddington estaba equivocado [...] Personalmente, creo que el desarrollo de la astronomía en su conjunto, y el desarrollo de la astronomía teórica (sobre todo en lo que respecta a la evolución de las estrellas y la comprensión de las observaciones relacionadas con las enanas blancas), se demoró por espacio de casi dos generaciones como consecuencia de la autoridad de Eddington.

Estamos, pues, frente a una falacia de autoridad como un piano, y cómo los científicos, tan egoístas y mezquinos como cualquier ser humano, consiguen impedir el progreso del pensamiento en aras de que sus ideas no sean pisoteadas, al más puro estilo fundamentalista islámico.

En un primer momento se resistió al ataque de Eddington y, más tarde, cuando comprendió que su resistencia sería inútil, centró su atención en otros asuntos y realizó sus principales trabajos en otros campos. Para Georg Cantor, el gran matemático que desarrolló las ideas de los cardinales transfinitos y los conjuntos infinitos, las cosas no fueron tan fáciles: perseguido por el famoso Félix Klein, a quien Cantor llamaba “el gran mariscal de campo de las matemáticas alemanas”, se convirtió en una personalidad psicótica, si bien continuó desarrollando su teoría durante sus períodos de lucidez. Ludwig Boltzmann, el mayor físico teórico de las últimas décadas del siglo XIX, fue conducido hasta el suicidio por la incomprensión y por los ataques lanzados contra su persona. Si hubiese vivido sólo un poco más habría visto que sus métodos e ideas sobre la mecánica estadística eran reconocidos a escala mundial.

EDITO: ripavife nos señala en los comentarios que, a pesar de lo referido por Oliver Sacks en su libro, el archienemigo de Cantor no era Klein sino Kronecker.

Vía | Historias de la ciencia y del olvido de Oliver Sacks

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