¡Admiradme! ¡Queredme! ¡Dadme palmaditas en la espalda! La economía de la reputación y la atención

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Algunas personas me preguntan de dónde saco el tiempo para escribir de forma tan prolífica. Supongo que la respuesta más acertada es que he conseguido mezclar ocio y trabajo hasta el punto de que me cuesta distinguir lo uno y de lo otro. A continuación, entonces, me preguntan si sale a cuenta. Y enseguida matizan: que si gano mucho dinero con esto.

Airear por aquí mis ingresos sería un tanto improcedente (los que teman que pueda estar pasando hambre, perded el cuidado: no la paso). Lo que sí puedo hacer es airear otra clase de beneficios que me reporta escribir en lugares como éste, que no cobra ninguna tarifa directamente a sus lectores. Pasaremos de largo las obviedades (que si disfruto mucho, que si aprendo, que si conozco gente interesante, etc.) y hablaremos de pura economía. Aunque no economía basada en el dinero.

Hablaremos de la economía basada en la atención y la reputación, que también puede ser cuantificable, finita y convertible a otras monedas (pecuniarias o no).

Escribir en lugares con Xataka Ciencia, donde el flujo de visitantes es enorme (la media actual para los días laborables es de 25.000 / 30.000 visitas y 40.000 / 50.000 páginas vistas, con algunos picos que casi doblan estas cifras) me permite disponer de una alta cuota de atención. Y también se incrementa mi reputación (o la disminuye, dependiendo de lo hábil que haya estado determinado día). La reputación en Internet es algo tan parecido al dinero que incluso puede transferirse, o pueden realizarse inversiones a largo plazo. Por ejemplo, cuando linkeo otro blog, un libro o un vídeo, estoy otorgándole parte de mi reputación al mismo. Pero ello también sirve como inversión a largo plazo: si mi recomendación te ha gustado, pensarás que soy digno de fiar, lo que te llevará a regresar más a menudo para leer mis recomendaciones.

Para el editor de Wired Chris Anderson, la reputación incluso tiene una moneda real, tal y como explica en su libro Gratis:

Actualmente disponemos de un mercado real de reputación, y es Google. ¿Qué otra moneda de reputación online hay que no sea el algoritmo de Google PageRank, que mide los enlaces entrantes que definen esa red de opinión que es Internet? ¿Y qué mejor medida de atención que el tráfico en Internet? PageRank es una idea decepcionantemente sencilla con un gran poder. En lo fundamental, deja constancia de que los enlaces entrantes son como votos, y que los enlaces entrantes procedentes de páginas Web que a su vez poseen montones de enlaces entrantes, son más valiosos que aquellos que no los tienen.

En cierto modo, el PageRank no es más que una sofisticación de un índice que ya se empleaba y se emplea en las publicaciones científicas: la reputación de un investigador se calcula partiendo del número de veces que se cita en las notas a pie de página en otros trabajos, en un proceso llamado análisis de citas.

No hay economía de reputación más explícita que la académica, que lo regula todo, desde los puestos de profesor hasta las becas.)

Transformar la economía de la reputación y la atención en economía real, en dinero contante y sonante, ya depende del modelo de negocio que se adopte, o incluso de las habilidades del autor para aprovecharse de esa atención y reputación a fin de obtener otros trabajos, colaboraciones, asesorías, etc. El modelo de negocio más elemental que existe hoy en día para convertir en dinero la atención y la reputación de un blogger es el de los anuncios Adsense, compartiendo sus ingresos con Google.

Pero un blogger también tiene otras vías para optimizar su reputación y su atención. Los seguidores de Twitter, por ejemplo. Los amigos de Facebook. Los índices de compradores y vendedores de eBay. El karma de Slashot. Menéame. En cada caso, el autor puede acumular capital de reputación para dirigirlo hacia la atención y, según el modelo de negocio adoptado, transformarlo en dinero.

La reputación, que antaño era intangible, ahora es cada vez más concreta.

Por eso, aunque trabajo mucho, no es necesario que me pagues con dinero. Me puedes seguir en Twitter. Puedes linkear este post. Puedes subirlo a Menéame. Puedes volver otro día. Puedes pinchar en la publicidad que decorado el blog. Puedes comprar mis libros. Puedes entrar en mi perfil e interesarte por mi currículo, quizá para contar con mis servicios o proponerme una colaboración.

O sencillamente no hace falta que hagas nada: por el simple hecho de que ahora mismo me estás leyendo, me siento más agradecido de lo que cualquier autor en el pasado podía sentirse agradecido hacia su lector anónimo.

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