Todos nos hemos visto obligados a hincar los codos alguna vez para estudiar para un examen. Y luego para otro más. Y ¿todo para qué? Para obtener una eventual titulación que nos proporcione un presunto puesto laboral bien remunerado o, en el caso de los más utópicos, una mente bien amueblada.
Pero ¿de dónde sacamos fuerzas de flaqueza para continuar adelante cuando la recompensa es tan lejana? Nuestros circuitos de recompensa han de tener un determinado nivel de dopamina para ir liberándola en pequeñas dosis cada cierto tiempo: así mantenemos la motivación a largo plazo.
No obstante, los niños con trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) tienen esta función alterada, de modo que no hay motivación a largo plazo. Ésa es la razón por la cual esta clase de niños son incapaces de atender a clase o estudiar una lección y, sin embargo, se pasan horas delante de la consola: el videojuego proporciona estímulos de recompensa inmediatos, puntos, bonificaciones, vidas extra, subidas de nivel, etc.
