Tenía un profesor que solía repetirnos que Coca Cola nos pudría los dientes, Disney nos pudría el cerebro y McDonald´s nos pudría el estómago. Quizá llevara algo de razón. Pero se estaba olvidando de muchas otras marcas colonizadoras, tanto de nuestros deseos como de las geografías que nos rodean.
Marcas cada vez más omnipresentes, que llenan el mobiliario urbano de anuncios y logotipos, que pliegan el paisaje a sus intereses, en ocasiones hasta límites demenciales. Si no os lo creéis, visitad un día Ash Street, en el área de Langworthy de Salford, en Inglaterra, que la empresa juguetera Mattel pintó de color rosa chicle para promocionar sus productos y celebrar el Mes de Barbie en 1998.
Una calle patrocinada en la que todas las casas, los árboles, las aceras, los coches son accesorios de la muñeca Barbie. Ni los Munchkins se hubieran atrevido a tanto. Dejando a un lado el carácter marcadamente hortera de la iniciativa, resulta irónico que Mattel invada cultural y económicamente el espacio público a la vez que abandera cruzadas legales contra quienes se atreven a usar su marca para criticar, ensalzar o recrear el mundo que nos rodea o a la propia marca.

Los psicólogos llaman “encuadre” a la forma en la que se expresa una pregunta, condicionando finalmente nuestra respuesta. Nuestro cerebro es muy vulnerable al encuadre, y de ello se aprovechan no sólo los políticos sino también los publicistas.
Según la comunicación publicada por un grupo de investigadores del University College London en el último número de Current Biology, contamos con la primera evidencia fisiológica de que las imágenes invisibles conscientemente, atraen la atención del cerebro subconscientemente.