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Me río porque te ríes, bostezo porque bostezas y otros fenómenos de las neuronas espejo

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Me río porque te ríes, bostezo porque bostezas y otros fenómenos de las neuronas espejo

Me declaro enemigo público número uno de las risas enlatadas de las comedias de televisión. Para que comprobéis mi grado de manía, reconozco que nunca disfruté como es debido de El príncipe de Bel-Air (Fresh Prince) porque en una secuencia de risas enlatadas que se repetía sin cesar, una de las personas que se reía hacía un ruido final insoportable (una especie de quejido ocluido).

Cada vez que llegaba esa secuencia de risas, me fijaba en el sonido insoportable, mi mandíbula se tensaba, mis nudillos se ponían blancos… y mi atención sobre Will Smith o Caracartón se desvanecía. Sí, soy lo peor, lo sé.

La cuestión es que las risas enlatadas funcionan, y por eso se han usado durante tanto tiempo (aunque van de capa caída, afortunadamente: ahí tenemos un éxito como Modern Family).

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El poder de los símbolos: la manzana de Apple provoca que seamos más creativos

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El poder de los símbolos: la manzana de Apple provoca que seamos más creativos

Acostumbro a desdeñar con facilidad los símbolos y las tradiciones. Ni siquiera soy capaz de empatizar con las sentimientos que suscitan determinados cantos patrióticos, banderas de colores, cruces gamadas, cruces cristianas, colores de un equipo y demás. No empatizo ni con los sentimientos positivos ni con los negativos (cuando veo que una persona es capaz de matar a otra porque ha dibujado a su dios o cuando la justicia impone una pena a un ciudadano que ha quemado una bandera, sencillamente siento de una forma profunda e inequívoca que soy marciano).

Podéis leer más acerca de los símbolos y de lo que opino sobre ellos en el artículo Pitando, quemando, quejándose y pisando callos.

Pero bien, yo soy marciano, mi opinión no cuenta demasiado, lo que cuenta es lo que siente la mayor parte de la gente. Y la mayor parte de la gente sí que otorga una gran importancia a los símbolos. Hasta el punto de que influyen en el modo en que piensa y actúa.

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Permite que tu cerebro se intoxique de cerebros extranjeros

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Permite que tu cerebro se intoxique de cerebros extranjeros

No parezco yo precisamente el típico que se siente a gusto en mitad de un crisol de culturas, el que disfruta sobremanera en los baños de masas, el que se abre sin remilgos ante cualquier fulano con un chirlo en la cara, el Corán entre las manos o una costumbre ancestral, antediluviana y carpetovetónica. Y, además, solo me acerco a la gran ciudad de vez en cuando, en plan Paco Martínez Soria en La ciudad no es para mí.

Con todo, a pesar de mi ostracismo autoimpuesto, me sulibeya asimilar neuronas de cerebros geniales o extraños. Ojalá fuera tan fácil como en La mujer explosiva, que para proporcionar mayores conocimientos a una computadora, los protagonistas se limitan a escanear una fotografía de Albert Einstein, y la computadora informa con tono de impresora matricial: “escaneando el cerebro”. Esa tecnología surrealista la suplo leyendo libros, surfeando por Internet o yendo a la ciudad a charlar con gente de verdad (Paco Martínez Soria coming to town).

Es decir, que mi tesis es que las ideas no se producen exactamente en nuestros cráneos individuales, sino en diversos hábitats que apoyan o fomentan las grandes ideas, sobre todo si estamos conectados con otras mentes.

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[Libros que nos inspiran] ‘Las buenas ideas’ de Steven Johnson

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[Libros que nos inspiran] ‘Las buenas ideas’ de Steven Johnson

Steven Johnson es un divulgador de ciencia fascinante. No solo escribe muy bien sino que es capaz de mezclar conocimientos de diferentes disciplinas de un modo admirable. Pero lo mejor de todo en Johnson es que algunos de sus libros cuestionan hechos comúnmente creídos que la investigación científica está echando por tierra.

Por ejemplo, en Cultura basura, cerebros privilegiados recurre a la neurociencia para sugerir que los medios de masas (los videojuegos, la telebasura, las series, etc.) nos están haciendo más inteligentes, porque la cultura de masas está incrementando su complejidad progresivamente a causa de tres factores interrelacionados: los apetitos naturales del cerebro, el sistema económico de la industria cultural y las plataformas tecnológicas en evolución.

Obviamente, ello no significa que basta con usar Internet y ver la televisión para ser inteligente (la lectura de libros desarrolla otra clase de inteligencia, por ejemplo; porque leer nos cambia el cerebro más de lo que creemos). Si queréis profundizar en este tema, os recomiendo el artículo que escribí recientemente comparando las tesis de Johnson con las aparentemente contrarias de Nicholas Carr en su libro Superficiales, una advertencia de cómo Internet no está volviendo más tontos: Divulgación 2.0. Ventajas y desventajas de la ciencia en Internet

Ahora Steven Johnson vuelve a deslumbrarme con su reciente libro Las buenas ideas, donde trata en profundidad uno de los temas que más me seducen a nivel personal: de dónde surgen las ideas, qué es la creatividad y la razón del absurdo que supone creernos que hay dueños de ideas (de libros, de patentes, etc.) y cómo el copyright y los derechos de autor, con el tiempo, deberán reemplazarse por otros modelos más laxos o incluso ser suprimidos por completo.

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Si quieres ser más inteligente, piensa en gente inteligente (o que parezca inteligente)

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Si quieres ser más inteligente, piensa en gente inteligente (o que parezca inteligente)

El contexto memesférico es tan determinante para nuestra inteligencia que incluso las chicas rubias consiguen volver tontos a los hombres. Esta idea puede parecer estereotipada (y lo es, por esa razón tiene tanto poder memesférico), pero fue constatada por un experimento de la Universidad París X-Nanterre.

En él, los sujetos debían resolver una serie de tests de conocimiento general tras ser expuestos a fotografías de mujeres. La puntuación más baja la obtuvieron aquellos hombres que habían sido expuestos a fotografías de chicas rubias. El catedrático Thierry Meyer, coautor del estudio, que fue publicado en Journal of Experimental Psychology, sostiene que esto prueba que la gente que se enfrenta a estereotipos generalmente se comporta igual que ellos.

Por esa razón, también, llevar el pelo teñido de rubio puede provocar, en una chica, que obtenga notas más bajas en un test de inteligencia. Llevar el pelo rubio dispara inconscientemente una serie de creencias muy arraigadas en la cultura (aunque sean falsas).

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El Proyecto Venus (IV): el fin de V

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El Proyecto Venus (IV): el fin de V

Pues sí, la fundación Start anunció a finales de 2006 que daba por finalizado el proyecto Venus. Después de estar durante 6 años en boca de muchos, la fundación admite que los contenidos, valores y responsabilidades vigentes no se corresponden ya con los propósitos para los que fue creado el proyecto, de modo que no tiene sentido seguir luchando por él. Un lugar de dinero (sin) que pudo haber sido y que finalmente no será. Lamentablemente (o no, quién sabe) seguiremos usando el vil metal para obtener cosas y las transacciones económicas estarán a la orden del día, dejando para un futuro mejor lo del intercambio simbiótico entre humanos y naturaleza.

Las monedas y los lingotes de oro seguirán brillando y atrayendo a las urracas con corbata.

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El Proyecto Venus (II): de utopía a realidad

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El Proyecto Venus (II): de utopía a realidad

Jacque Fresco, un vejete con cara de simpático, es el fundador de El Proyecto Venus o Proyecto V, una ciudad ideal donde el único dinero que puede circular es el del Monopoly y cuyos avances técnicos optimizan al máximo el estilo de vida de sus ciudadanos, siempre respetando y protegiendo el medio ambiente. Un lugar que suena demasiado bien, como una película bienintencionada de Disney, y que por tanto no puede más que levantar mis suspicacias: en todo lo que parece demasiado bueno sólo puede subyacer un lavado de cerebro sectario o, peor aún, un fanatismo ideológico que termina siendo, por sus formas, aún más perjudicial que el caos que pretende ordenar.

Sólo hace falta echar un vistazo a la descripción que podéis leer en la página web oficial del Proyecto Venus:

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El Proyecto Venus (I): un lugar donde el dinero no vale nada

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El Proyecto Venus (I): un lugar donde el dinero no vale nada

Un meme es una unidad de información que se transmite fácilmente de cerebro a cerebro, como la sintonía de un anuncio de televisión, replicándose del mismo modo que lo hacen los genes de nuestro cuerpo. Los memes son genes culturales que utilizan los cerebros para reproducirse y expandirse. El tipo de información o nube de memes a la que estamos expuestos, pues, resulta fundamental en la construcción de nuestras ideas, nuestros prejuicios, nuestras aspiraciones y nuestra cultura en general.

Por ello, un régimen totalitario que, ante todo, prohíba el libre movimiento del pensamiento, la libre circulación de esos agentes evanescentes llamados memes que son capaces de adoptar formas tan distintas entre sí como un sonido, un texto impreso o una imagen icónica, acabará también dominando la forma de comportarse de sus súbditos. Porque el que controla los memes, controla los genes de nuestras ideas.

Así pues, al igual que ocurre con las comunidades Amish o la secta religiosa fundamentalista de los hutteritas, que viven a expensas de la realidad cultural del mundo, alguien que pretenda, por ejemplo, organizar una sociedad que viva desprendida del dinero y de sus abyectos intereses, en primer lugar deberá aislarla del resto del mundo. Creando una suerte de vecindario viral o guetto sociocultural, vigorosamente cegado a la realidad multicultural. Una microsociedad purificada e inmune al entorno excluido artificialmente.

Esta idea tal vez parezca demasiado exagerada, propia de una pesadilla distópica a lo Un mundo feliz de Aldous Huxley, pero la actitud de determinadas sectas religiosas fundamentalistas no distan mucho de estos planteamientos de control social. En ese sentido, el Proyecto Venus persigue unos fines similares aunque sin aplicar tanto grado control.

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Todos nos necesitamos a todos: la utopía de ser autosuficiente

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Todos nos necesitamos a todos: la utopía de ser autosuficiente

Si bien soy el primero al que le vienen ramalazos de convertirse en eremita para ver el mundo desde una atalaya, en plan que siga girando el mundo que yo me bajo, lo cierto es que todos nosotros estamos interconectados más de lo que creemos. Y, aunque el prójimo acostumbra a ser un tocacojones, sin el prójimo nuestras vidas serían miserables.

En ese sentido, Thoreau se equivocó bastante cuando se fue a vivir al campo en plan autosuficiente. Primero porque si todos hiciéramos eso, la Tierra no soportaría nuestro impacto medioambiental (mirad el artículo Las ciudades son más ecológicas que el campo). Segundo: se sabe que la madre de Thoreau iba de vez en cuando a su cabaña a lavarle la ropa.

Y es que, hagamos lo que hagamos, seamos quienes seamos, todos compartimos rasgos culturales, sociales y políticos con sociedades distribuidas por todo el planeta. Por ejemplo, si te dedicas a los negocios, probablemente precisarás de la ayuda de la fonética asiria, de la imprenta china, del álgebra árabe, de la numeración india, de la doble contabilidad italiana, de las leyes mercantiles holandesas o de los circuitos integrados californianos.

Porque todos nosotros no sólo consumimos los recursos de otros sino también sus inventos. El pan que comemos fue concebido por primer vez en la Mesopotamia neolítica. La forma de hornearlo fue inventado por un cazador-recolector mesolítico. Porque, por separado, disponemos de escaso conocimiento, fragmentado y, con frecuencia, contradictorio. Pero colectivamente disponemos de cosas como la Wikipedia. El fin de esta cooperación es, tal y como dijo Adam Smith, “que una menor cantidad de labor produzca una mayor cantidad de trabajo”.

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