El contexto memesférico es tan determinante para nuestra inteligencia que incluso las chicas rubias consiguen volver tontos a los hombres. Esta idea puede parecer estereotipada (y lo es, por esa razón tiene tanto poder memesférico), pero fue constatada por un experimento de la Universidad París X-Nanterre.
En él, los sujetos debían resolver una serie de tests de conocimiento general tras ser expuestos a fotografías de mujeres. La puntuación más baja la obtuvieron aquellos hombres que habían sido expuestos a fotografías de chicas rubias. El catedrático Thierry Meyer, coautor del estudio, que fue publicado en Journal of Experimental Psychology, sostiene que esto prueba que la gente que se enfrenta a estereotipos generalmente se comporta igual que ellos.
Por esa razón, también, llevar el pelo teñido de rubio puede provocar, en una chica, que obtenga notas más bajas en un test de inteligencia. Llevar el pelo rubio dispara inconscientemente una serie de creencias muy arraigadas en la cultura (aunque sean falsas).

Pues sí, la fundación Start anunció a finales de 2006 que daba por finalizado el proyecto Venus. Después de estar durante 6 años en boca de muchos, la fundación admite que los contenidos, valores y responsabilidades vigentes no se corresponden ya con los propósitos para los que fue creado el proyecto, de modo que no tiene sentido seguir luchando por él. Un lugar de dinero (sin) que pudo haber sido y que finalmente no será. Lamentablemente (o no, quién sabe) seguiremos usando el vil metal para obtener cosas y las transacciones económicas estarán a la orden del día, dejando para un futuro mejor lo del intercambio simbiótico entre humanos y naturaleza.
En una entrevista concedida a Eduard Punset en el programa de
Jacque Fresco, un vejete con cara de simpático, es el fundador de El Proyecto Venus o Proyecto V, una ciudad ideal donde el único dinero que puede circular es el del Monopoly y cuyos avances técnicos optimizan al máximo el estilo de vida de sus ciudadanos, siempre respetando y protegiendo el medio ambiente. Un lugar que suena demasiado bien, como una película bienintencionada de Disney, y que por tanto no puede más que levantar mis suspicacias: en todo lo que parece demasiado bueno sólo puede subyacer un lavado de cerebro sectario o, peor aún, un fanatismo ideológico que termina siendo, por sus formas, aún más perjudicial que el caos que pretende ordenar.
Un meme es una unidad de información que se transmite fácilmente de cerebro a cerebro, como la sintonía de un anuncio de televisión, replicándose del mismo modo que lo hacen los genes de nuestro cuerpo. Los memes son genes culturales que utilizan los cerebros para reproducirse y expandirse. El tipo de información o nube de memes a la que estamos expuestos, pues, resulta fundamental en la construcción de nuestras ideas, nuestros prejuicios, nuestras aspiraciones y nuestra cultura en general.
Si bien soy el primero al que le vienen ramalazos de convertirse en eremita para ver el mundo desde una atalaya, en plan que siga girando el mundo que yo me bajo, lo cierto es que todos nosotros estamos interconectados más de lo que creemos. Y, aunque el prójimo acostumbra a ser un tocacojones, sin el prójimo nuestras vidas serían miserables.
En 1983, Howard Gardner, en su Teoría de las inteligencias múltiples Frames of Mind: The Theory of Multiple Intelligences introdujo la idea de incluir tanto la inteligencia interpersonal (la capacidad para comprender las intenciones, motivaciones y deseos de otras personas) y la inteligencia intrapersonal (la capacidad para comprenderse uno mismo, apreciar los sentimientos, temores y motivaciones propios).
Diversos experimentos han demostrado que las personas identifican con mayor facilidad y rapidez un rostro sonriente entre un conjunto de rostros tristes o apáticos. ¿Recuerdas los libros de Buscando a Wally? Probablemente lo encontrarías antes si Wally sonriera y la muchedumbre que lo rodea, no.
Siempre hemos sido especialmente crueles con nuestros compañeros de clase del colegio si estos tenían nombres que eran fáciles de parodiar. Si te llamabas Luis Orejas y, además, tenías las orejas de soplillo, estabas condenado a la burla continua.