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Matt Ridley

[Libros que nos inspiran] 'El optimista racional' de Matt Ridley: ¿tiene límites la capacidad de progreso de la especie humana?

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portada-optimista-racional_med.jpgDesde que leí Genoma, la autobiografía de una especie en 23 capítulos, no me pierdo ningún libro del doctor por la Universidad de Oxford Matt Ridley. Luego vino Qué nos hace humanos. Y ahora le ha tocado a su última obra: El optimista racional, probablemente su obra más polémica.

Por esa razón, su libro ha sido fuente de inspiración de diversos de nuestros artículos en Xataka Ciencia: El día en que la escasez de caca de pájaro casi acaba con la humanidad, ¿Los inventos los descubren los científicos o los hombres de negocios?, ¿Se acaba el mundo tal y como lo conocemos? o ¿Las energías renovables son tan ecológicas como parecen?

En pocas palabras, lo que propone Ridley es que los agoreros se han equivocado la mayoría de las veces. Parece que verlo todo negativo es más inteligente, que el culto siempre es una persona grave, atribulada, que percibe el terror en todos los rincones. Ridley sostiene justo lo contrario: el optimismo debería ser preponderante en los discursos intelectuales (un optimismo racional y ponderado, por supuesto).

Y hay muchas razones para mantenerse optimistas, a pesar de los tiempos que corren (otro tópico pesimista). Hay más valores que nunca (más cooperación y altruismo, más actos filantrópicos, mayor cohesión social, menos racismo y xenofobia, mayor conciencia ecológica, etc.).

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[Libros que nos inspiran] ‘Qué nos hace humanos’ de Matt Ridley

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portada-que-nos-hace-humanos_grande222.jpgQué nos hace humanos de Matt Ridley trata de esclarecer preguntas importantes. O mejor dicho: de exponer todo lo que las herramientas técnicas de último cuño nos han aportado para esclarecer dichas preguntas importantes.

Preguntas del tipo ¿Por qué somos cómo somos? ¿Por qué somos así y no de otra manera? ¿Por qué comemos y nos gusta el dulce, por qué nos apetece practicar sexo, por qué somos paranoicos, por qué creemos en Dios…?

Afortunadamente, Ridley no recurre a los pensadores de siglos pasados para responder a estas preguntas sino que se sirve de los últimos descubrimientos científicos, mayormente en el ámbito de la genética.

Así que olvidaos del mejunje de intuiciones descabaladas sobre la naturaleza humana de Darwin, la herencia de Galton, los instintos de James, los genes de De Vries, los reflejos de Pavlov, las asociaciones de Watson, la historia de Kraepelin, la experiencia formativa de Freud, la cultura de Boas, la división del trabajo de Durkheim, el desarrollo de Piaget y la creación de lazos afectivos de Lorenz.

Ridley, pues, nos ha inspirado para escribir artículos como Nuestro cerebro se hace más pequeño y por eso somos menos violentos, El azúcar que diferencia a humanos de simios o 8 cosas que compartimos con los simios que no creíamos compartir

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Rocía tu nariz con un poco de oxitocina para favorecer la economía

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2007120336sinusitisdentro_20071204.jpgHacer negocios con alguien, sobre todo si ese alguien es un desconocido, siempre tiene sus riesgos. Debemos depositar la confianza en alguien que, en el fondo, sólo persigue el máximo beneficio individual. Y la cuestión es que nosotros también buscamos lo mismo.

Así que la economía, concretamente la transacciones económicas, son una de las mayores fuentes de fricción social, pero también uno de los mayores alicientes para socializar, derribar prejuicios, romper barreras, aprender lenguas, etc.

El mayor engrasador de las relaciones es la oxitocina, así que la oxitocina tiene un papel muy importante en la economía. Un simple acto de generosidad financiera, por ejemplo, tal y como ocurre con una sonrisa o un pequeño gesto de deferencia, puede ocasionar la secreción de hormona oxitocina en el cerebro del receptor, y la oxitocina es la química que la evolución usa para hacer que los mamíferos se sientan bien entre ellos.

Funciona también en sentido contrario, tal y como apunta Matt Ridley:

Rociar oxitocina en las narices de estudiantes causará que confíen su dinero a extraños más fácilmente que aquellos que reciben un rocío de placebo. “La oxitocina es la firma fisiológica de la simpatía”, dice el neuroeconomista Paul Zak, quien conduce los experimentos, “y parece inducir un apego temporal a los otros.

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¿Los inventos los descubren los científicos o los hombres de negocios?

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revolucion-industrial1.jpgNo me puedo resistir a compartir con vosotros una afirmación que no puedo por más que calificar de llamativa. Sin embargo, me gustaría que vosotros os pronunciarais al respecto. ¿La responsabilidad de un invento recae en los científicos o en los hombres de negocios?

La afirmación de recae en los hombres de negocios la sostiene Matt Ridley en su reciente libro El optimista racional. Según Ridley, el descubrimiento científico no antecede necesariamente a la invención; la ciencia es más la hija que la madre de la tecnología. Por ejemplo, pocas de las invenciones que propiciaron la revolución industrial tuvieron algo que ver con la teoría científica.

Por supuesto que es cierto que Inglaterra tuvo una revolución científica a finales del siglo XVII, la cual estuvo encarnada en personas como Harvey, Hooke y Halley, por no mencionar a Boyle, Petty y Newton: pero su influencia sobre lo que aconteció en la industria manufacturera inglesa durante el siguiente siglo fue insignificante. Newton tuvo más influencia sobre Voltaire de la que tuvo sobre James Hargreaves.

Si esto no fuese así, a jucio de Ridley entonces China carecía de curiosidad científica y de disciplina filosófica, pues en la misma época no pudo consolidar su liderazgo tecnológico.

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Los peores enemigos del progreso son los pesimistas

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A juicio del divulgador científico Matt Ridley, uno de los peores enemigos del progreso (si excluimos a los luditas, los fanáticos religiosos y demás ralea) son simplemente los cenizos, los pesimistas, los agoreros. Y de esos podemos encontrar en todas las épocas y en todos los estamentos académicos o intelectuales.

Personas, en definitiva, que confunden la precaución con el “todo va fatal, peor que nunca, estamos en el ocaso de la civilización, la sociedad de desmorona“, etc.

Uno cree que lo de ser pesimista es algo que viene aparejado con los últimos hechos históricos, sin duda luctuosos, que azotaron el mundo, como son Hiroshima o Chernóbil. Hechos que nos obligaron a tomar una visión preventiva sobre la tecnología: el avance no siempre es bueno, puede crear monstruos. Sin embargo, esta visión siempre ha existido, en todas las épocas de la historia, y se repite maquinalmente, aunque el mundo cada vez vaya mejor o la tecnología, en bloque, produzca cada vez más beneficios que perjuicios.

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¿Se acaba el mundo tal y como lo conocemos?

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Uhh… hoy vamos a ponernos agoreros o cenizos. ¿Llega el ocaso? ¿Se acaba el mundo tal y como lo conocemos? ¿Los recursos del planeta llegan ya a su fin? Tal vez.

El problema es que con estas predicciones pasa un poco lo mismo que con las predicciones mayas o las que formulan hombres en túnica a las cuatro de la mañana: no dan ni una. Así que uno empieza a desconfiar. Sí, puede ser que ahora sí lo acierten… pero ¿no se pensó eso mismo antes?

Por ejemplo, veamos el tema de la inminente escasez del petróleo. Seguro que más de uno de vosotros, que aún tenéis que pagar 4 o 5 años de vuestro coche de gasolina, habréis pensado… ‘si lo llego a saber, me espero a un híbrido o uno eléctrico`. Sin embargo, todo el siglo XX parece haber sido una continua señal de alarma sobre la escasez de petróleo.

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¿Las energías renovables son tan ecológicas como parecen?

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La idea está ya cristalizada en la cultura popular: petróleo negro y asqueroso matando la naturaleza y contaminando el mundo; energías renovables limpias y armónicas con las plantas y animales. Pero ¿es todo tan maniqueo como parece?

A juicio de Matt Ridley, de una Universidad de Oxford, no. Según su criterio, los combustibles fósiles han salvado a los entornos naturales de la industrialización.

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El experimento virtual de las unidades azules y rojas o el nacimiento del intercambio

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thesims.jpgLos mundos virtuales son excelentes escenarios para hacer experimentos. Gracias a WoW, por ejemplo, hemos descubierto que el oro puede tener tanto valor tanto si es físico como virtual. Gracias a Second Life, se han hecho experimentos sobre cómo nuestro cuerpo (nuestra belleza o fealdad), influye en nuestra conducta, tal y como os expliqué en el artículo El efecto Proteo: la belleza determina la seguridad en uno mismo… incluso en un mundo virtual (I) y (y II). Y esto es sólo la punta del iceberg.

Otro experimento virtual ciertamente llamativo sirvió para demostrar cómo puede nacer el intercambio entre personas y cómo éste, hasta cierto punto, es natural que surja, además de positivo y necesario.

El experimento se realizó en 2004, en la Universidad George Manson en Virginia, a manos de Bart Wilson y Vernon Smith. En él, un grupo de voluntarios tomaron asiento frente a un ordenador, dispuestos a participar en juegos por dinero. En este juego, cada usuario poseía una aldea virtual, con su propia casa y terreno, al estilo Los Sims.

En su terreno, el usuario podía producir y consumir “unidades” virtuales rojas y azules durante breves sesiones de juego. El jugador sabía que, más tarde, mayor número de estas unidades supondría una mayor recompensa económica en el mundo real.

Lo que no sabía era que los jugadores estaban divididos en “impares”, que estaban programados para producir unidades rojas con mayor rapidez, y “pares”, que eran más rápidos con las unidades azules. Cada jugador podía ver en su pantalla lo que otros jugadores (dos, cuatro u ocho en total) estaban haciendo, y podía chatear con ellos durante cada segmento y en los lapsos de cien segundos entre segmentos.

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El equilibro de la naturaleza… no existe

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naturaleza-viva1-1.jpgSuena tan bonito pensar que la naturaleza es sabia, es buena y, sobre todo, que permanece en equilibro (un equilibrio que el vil ser humano se empecina en desestabilizar). Pero esta idea no es tan exacta como parece.

A pesar de lo que dicen algunas organizaciones ecológicas, en el mundo natural no existe algún perfecto estado de equilibro al que un ecosistema regresará después de ser perturbado por el ser humano. No hay armonía. Tampoco la vegetación natural cubriría cualquier superficie si se abandonara a su suerte (típica imagen que podría servir para un publirreportaje).

Por ejemplo, el lago Victoria estaba completamente seco hace 15.000 años. Inglaterra estaba cubierta de hielo hace sólo 18.000 años (hace 120.000 años era un pantano). La Gran Barrera de Coral era parte de una cordillera de montañas costeras hace 20.000 años. La selva amazónica no deja de autoperturbarse: caídas de árboles, incendios, inundaciones…

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Todos nos necesitamos a todos: la utopía de ser autosuficiente

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Si bien soy el primero al que le vienen ramalazos de convertirse en eremita para ver el mundo desde una atalaya, en plan que siga girando el mundo que yo me bajo, lo cierto es que todos nosotros estamos interconectados más de lo que creemos. Y, aunque el prójimo acostumbra a ser un tocacojones, sin el prójimo nuestras vidas serían miserables.

En ese sentido, Thoreau se equivocó bastante cuando se fue a vivir al campo en plan autosuficiente. Primero porque si todos hiciéramos eso, la Tierra no soportaría nuestro impacto medioambiental (mirad el artículo Las ciudades son más ecológicas que el campo). Segundo: se sabe que la madre de Thoreau iba de vez en cuando a su cabaña a lavarle la ropa.

Y es que, hagamos lo que hagamos, seamos quienes seamos, todos compartimos rasgos culturales, sociales y políticos con sociedades distribuidas por todo el planeta. Por ejemplo, si te dedicas a los negocios, probablemente precisarás de la ayuda de la fonética asiria, de la imprenta china, del álgebra árabe, de la numeración india, de la doble contabilidad italiana, de las leyes mercantiles holandesas o de los circuitos integrados californianos.

Porque todos nosotros no sólo consumimos los recursos de otros sino también sus inventos. El pan que comemos fue concebido por primer vez en la Mesopotamia neolítica. La forma de hornearlo fue inventado por un cazador-recolector mesolítico. Porque, por separado, disponemos de escaso conocimiento, fragmentado y, con frecuencia, contradictorio. Pero colectivamente disponemos de cosas como la Wikipedia. El fin de esta cooperación es, tal y como dijo Adam Smith, “que una menor cantidad de labor produzca una mayor cantidad de trabajo”.

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