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¿Los inventos los descubren los científicos o los hombres de negocios?

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No me puedo resistir a compartir con vosotros una afirmación que no puedo por más que calificar de llamativa. Sin embargo, me gustaría que vosotros os pronunciarais al respecto. ¿La responsabilidad de un invento recae en los científicos o en los hombres de negocios?

La afirmación de recae en los hombres de negocios la sostiene Matt Ridley en su reciente libro El optimista racional. Según Ridley, el descubrimiento científico no antecede necesariamente a la invención; la ciencia es más la hija que la madre de la tecnología. Por ejemplo, pocas de las invenciones que propiciaron la revolución industrial tuvieron algo que ver con la teoría científica.

Por supuesto que es cierto que Inglaterra tuvo una revolución científica a finales del siglo XVII, la cual estuvo encarnada en personas como Harvey, Hooke y Halley, por no mencionar a Boyle, Petty y Newton: pero su influencia sobre lo que aconteció en la industria manufacturera inglesa durante el siguiente siglo fue insignificante. Newton tuvo más influencia sobre Voltaire de la que tuvo sobre James Hargreaves.

Si esto no fuese así, a jucio de Ridley entonces China carecía de curiosidad científica y de disciplina filosófica, pues en la misma época no pudo consolidar su liderazgo tecnológico.

Las máquinas de hilar fueron inventadas por hombres de negocios. Los mayores avances en la máquina de vapor fueron propiciados por Newcomen, Watt, Stephenson y Trevithick, y los tres ignoraban cualquier tipo de teoría científica. (Y los historiadores dudan si Watt estuvo influido por alguna teoría).

Ellos fueron quienes hicieron posibles las teorías del vacío y las leyes de la termodinámica, no viceversa. Denis Papin, su precursor francés, era un científico, pero obtenía sus conclusiones de la construcción del motor, no al revés. Los esfuerzos heroicos de los científicos del siglo XVIII por comprobar que Newcomen obtuvo sus principales conclusiones de las teorías de Papin fueron un completo fracaso.

Más tarde sí que la ciencia contribuiría al creciente ritmo de invención, y la línea entre descubrimiento e invención se volvería más difusa, pero el pensamiento deductivo apenas tuvo calado en los primeros años de la revolución industrial, una época en la que escaseaban los filósofos de la naturaleza. Incluso actualmente estamos rodeados de nuevas tecnologías que deben poco a los científicos, como los teléfonos móviles o los motores de búsqueda de Internet. Los científicos, también en palabras del físico de Cambridge Sir Richard Friend, parece que se centran más bien en acompañar y explicar los hallazgos empíricos de quienes tantean con la tecnología y terminan por descubrir algo.

Acontece entre quienes trabajan en un taller, entre usuarios de programas de ordenador. La aspirina empezó a curar dolores de cabeza más de un siglo antes de que alguien tuviera una idea remota de cómo lo hacía. La capacidad de la penicilina para matar bacterias fue comprendida al fin más o menos cuando las bacterias ya habían aprendido a derrotarla. El zumo de limón prevenía el escorbuto siglos antes del descubrimiento de la vitamina C. La comida era preservada en latas mucho antes de que alguien tuviera una teoría sobre gérmenes para explicar por qué funcionaba (aunque irónicamente se tardó también casi un siglo en inventar el abrelatas).

De tal modo que sólo cuando los principios de la transmisión eléctrica fueron comprendidos fue posible perfeccionar el telégrafo; una vez que los mineros de carbón entendieron la sucesión de estratos geológicos, estuvieron mejor preparados para saber dónde excavar nuevas minas; una vez que la estructura del anillo de benceno se hizo conocida, los productores podían diseñar tintes en lugar de toparse con ellos por accidente. Y así sucesivamente. Pero incluso casi todo esto era, en palabras de Joel Mokyr, “un semidirigido, tentativo y tambaleante proceso de ensayo y error llevado a cabo por profesionales astutos y diestros que tienen una vaga noción, gradualmente más clara, de los procesos que están aconteciendo”. Esto difícilmente puede llamarse ciencia. Es lo que pasa hoy en día en los garajes y los cafés de Silicon Valley, mas no en los laboratorios de la Universidad de Stanford.

Vía | El optimista racional de Matt Ridley

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