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Todos hemos visto en infinidad de películas de espías aquella escena de un agente secreto llegando a su base de operaciones. Entonces, para obtener la entrada, el agente debe dejarse escanear el iris (que es único en cada persona) y, si realmente las instalaciones son top secret, es probable que también permita el escaneo de sus huellas digitales.
Pero todos esos sistemas de identificación ya han quedado anticuados, por previsibles. Las nuevas tecnologías de autentificación biométrica empiezan a alcanzar niveles que jamás creíamos posibles, en el que incluso se mide el tipo de olor que desprende nuestro cuerpo.
Las primeras manifestaciones de la biometría en la historia se remontan a la China del siglo XIV. Según Joao de Barros, explorador y escritor, los comerciantes chinos estampaban las impresiones y las huellas de la palma de las manos de los niños en papel con tinta.
En Occidente habríamos de esperar hasta 1883, cuando Alphonse Bertillon, jefe del departamento fotográfico de la policía de París, desarrolló un sistema para indentificar criminales midiendo ciertas longitudes y anchuras de la cabeza y del cuerpo, así como registrando marcas individuales como tatuajes y cicatrices. Atrás quedaron esos retratos del Lejano Oeste en los que ponía Wanted.
Pero, actualmente, la biométrica permite ir mucho más lejos. He aquí los últimos ejemplos:
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