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Ecologistas no tan ecológicos: consumo con responsabilidad, conduzco un Prius, lavo los platos a mano y compro productos locales (II)

Ecologistas no tan ecológicos: consumo con responsabilidad, conduzco un Prius, lavo los platos a mano y compro productos locales (II)
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Tal y como os prometí en la anterior entrega de este artículo, y como ya os he explicado en otras ocasiones, vivir en el campo, en un entorno rural, está muy bien si somos unos cientos de miles de personas en el mundo. Pero somos 7.000 millones, así que vivir en tales entornos resulta mucho menos ecológico que hacerlo en grandes ciudades. Así que, puestos a elegir, es mucho mejor que la gente se aglomere en ciudades grandes tipo Blade Runner que en valles suizos mientras suenan las notas de Sonrisas y lágrimas.

Podéis profundizar mucho más en todo ello en mi serie de artículos ¿Cómo debería ser el futuro? ¿Megaciudades futuristas o casitas en el campo como la de Heidi?

Si permanecemos en una ciudad, imaginemos que vamos a desayunar y decidimos tomar un vaso de leche fría para evitar el uso de la electricidad de nuestra cafetera. El problema de la leche, por muy ecológica que sea, es que procede de algún sitio, en este caso en particular de un animal llamado vaca. Y las vacas son grandes contaminantes: para producir un cuarto de litro de leche, una vaca eructa siete litros y medio de metano, que pesan unos cinco gramos, el equivalente a cien gramos de dióxido de carbono. (Tackling problema of belching cows, de Martin Cassidy, en BBC News / The environmental, social and economic impacts associated with liquid milk consumption in the UK and its production, del Department for Agriculture and Rural Affairs, diciembre 2007).

(Estas cifras pueden ser diferentes según el criterio que empleemos, aunque el usado aquí el es el más generalizado por los políticos: que el metano es unas veinte veces más potente que el dióxido de carbono. Por ejemplo, científicos como Drew Shindell, del Goddard Institute de la NASA, sostienen que el metano es más nocivo de lo que sugiere ese criterio generalizado.)

Añade Tim Harford en su libro Adáptate:

En cualquier caso, el metano absorbe más calor que el dióxido de carbono, además de descomponerse a los pocos años en dióxido de carbono y vapor de agua. Su peligrosidad como gas con efecto invernadero depende del horizonte temporal con respecto al cual hagamos los cálculos. (…) Añádanse las demás partidas de la producción de leche (forraje, transporte, pasteurización) y el cuarto de litro (…) produjo unos trescientos gramos de dióxido de carbono.

300 gramos de dióxido de carbono. Pero poner la cafetera para hacer café solo supondría un gasto medio de 25 gramos de dióxido de carbono. Desayunar leche producida esencialmente por la naturaleza en vez de café producido en parte con electricidad multiplicó por doce las emisiones de gases con efecto invernadero.

Los productos lácteos son tan nocivos para el planeta que sería mejor tostar pan sin untarlo en mantequilla que untar mantequilla en pan sin tostar. Según datos de Elizabeth Badlwin, del Nuffeld College, Oxford, una tostadora de 1000 W funcionando durante 90 segundos para tostar dos rebanadas de pan es responsable de 7 g de dióxido de carbono por rebanada. La barra contiene 52 g de dióxido de carbono por rebanada. La mantequilla, 80 g por onza; si usamos 3 g de mantequilla por rebanada, se producen 9 g de dióxido de carbono. En total, 68 g de dióxido de carbono por rebanada.

Pero este análisis sobre lo tremendamente complejo que es determinar qué actividades contaminan más sobre otras solo acaba de empezar. En la próxima entrega de esta serie de artículos seguiremos poniendo el ojo crítico en algunos ecologistas.

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