Hay una inclinación natural a rechazar los transgénicos. Los transgénicos son el mal, suenan a mutantes, a malformaciones inenarrables, a enfermedad. Muchos de los que hogaño se oponen a los transgénicos, pues, no se diferencian demasiado de los que antaño se oponían a la electricidad, las locomotoras de vapor o los hornos microondas: todo avance técnico es tomado, al principio, como una amenaza, nunca como una ventaja: hasta hace poco, los enemigos de Internet eran tan ubicuos y feroces como los luditas que destrozaban telares mecánicos.
Mantener cierta cautela, naturalmente, es siempre más inteligente que recibir con los brazos abiertos cualquier innovación. No obstante, abjurar de una nueva tecnología sin disponer de suficiente información sobre ella puede retrasar temerariamente la implantación de esa nueva tecnología, a veces trayendo consigo el sufrimiento y la muerte de mucha gente. Sobre todo si esa actitud negacionista cuenta con poderosos administradores de los medios de comunicación, como son Green Peace o Amigos de la Tierra.
Así que vamos a intentar ofreceros una visión general de los transgénicos para que, más tarde, os podáis formar un juicio más ecuánime sobre el tema. O, en el mejor de los casos, para que os zambulláis en libros donde lo explican más extensamente. Para empezar, nada mejor que el desenfadado Los productos naturales, ¡vaya timo!, de J. M. Mulet, licenciado en Química por la Universidad de Valencia y doctor en la especialidad de Bioquímica y Biología Molecular.
Empecemos. Aunque lo de transgénico suene a laboratorio y a experimentos prohibidos por el Gobierno, todas las plantas de cultivo que nos rodean, casi por definición, están “genéticamente modificadas” desde hace siglos. Aunque de una manera un poco tosca y rudimentaria.

Cuestan un riñón a pesar de dispensarse en pequeñas dosis. Se venden en las secciones más rutilantes de las áreas comerciales. Los sirven dependientas que parecen azafatas. Llevan nombres rimbombantes, generalmente en otro idioma. No, no son los perfumes, son las cremas contra el envejecimiento. Al menos los perfumes nos hacen oler bien, pero ¿las cremas contra el envejecimiento sirven para algo más?
Las huellas digitales se producen cuando nuestra piel se está formando en el vientre de nuestra madre. Entonces es cuando está siendo continuamente sometida las presiones intrauterinas, al líquido amniótico, a los movimientos y la posición del feto en el útero, a la nutrición, la presión sanguínea, etc. Como si la piel fuera cemento fresco que se moldea según las influencias externas que reciba.
Las ejecuciones artísticas más sublimes suelen realizarse con el piloto automático puesto, en modo zombi, sin darle demasiado al coco, dejándose llevar por el instinto y la trepidación. De igual manera, si uno le da demasiado al coco sobre el arte, sobre lo que es más o menos bello, mejor o peor, exacto o inexacto, entonces todo puede perder su sentido. Hasta el punto de que acabemos prefiriendo una foto de unos graciosos gatitos a un cuadro de Van Gogh (como os demostraré más adelante en un curioso experimento).

Henrietta Lacks fue una afroamericana de familia humilde, analfabeta y descendiente de esclavos. Cuando murió de cáncer de cuello de útero el 4 de octubre de 1951, fue enterrada en una tumba sin lápida cuyo emplazamiento exacto ni siquiera conocemos, en Lackstown, Virginia. Sin embargo, tras su muerte, Henrietta ha salvado muchas vidas y ha generado millones de dólares de beneficios, a pesar de que ella fue pobre.
Al igual que cualquier unidad militar, las bacterias infecciosas tienen acceso a numerosas armas y sistemas de comunicación eficientes.