El hombre probablemente no es libre ni lo será nunca (y II)

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Pero volvamos a la física.

“La Teoría” infantil que esgrimíamos frente a profesores poco preparados era verdaderamente muy antigua y no del todo exacta. Es cierto que estamos hechos de los mismos elementos que cualquier objeto y que estamos sometidos también a las mismas interacciones elementales. En base a esto, el físico y matemático del siglo XIX Pierre Simon Laplace postuló que todo está determinado a nivel físico y, por tanto, toda libertad es ilusoria.

Sin embargo, este razonamiento no tiene en cuenta el descubrimiento unos años más tarde del matemático Henri Poincaré respecto al “problema de los tres cuerpos”. Si se produce la imbricación de varios determinismos, el resultado de su acción a largo plazo es imprevisible. Este resultado se ha extendido al conjunto de los fenómenos llamados “caóticos”, es decir, aquellos cuyo desarrollo depende estrechamente de las condiciones iniciales; como la precisión del conocimiento de estas condiciones de partida es limitada, la previsión a largo plazo tiene también un límite.

Esta constatación de la imprevisibilidad de los fenómenos del mundo real, sin embargo, no es suficiente para demostrar la posibilidad de la libertad humana. Pero sin duda hace indemostrable su imposibilidad.

Con la llegada de la mecánica cuántica el asunto ha tomado unos derroteros similares. Los defensores de la libertad humana entienden que a nivel microscópico las partículas no se rigen por leyes que podamos medir. Ahí está el Principio de Indeterminación de Heisenberg. Incluso hay científicos un tanto fantasiosos, quizá, que postulan que de acuerdo, que nosotros somos cuerpos grandes, al igual que planetas, y por tanto se podrían predecir nuestros movimientos futuros con un ordenador suficientemente potente, pero nuestro pensamiento es nuestra acción, y nuestro cerebro no opera a nivel macroscópico sino a nivel cuántico.

Este asunto es de veras complejo, pero quien quiera profundizar en él le recomiendo la lectura de La nueva mente del emperador, del propio Roger Penrose.

Penrose defiende que la conciencia humana es no-computacional, no se puede describrir como otros aspectos del ser humano. En otras palabras, un ordenador jamás podrá simular lo que hace un cerebro. Así, nuestros procesos mentales (muchos de ellos) proceden de la mecánica cuántica y no está sujeta a la física clásica (la computacional).

Esto es posible porque a nivel de partículas dos alternativas pueden coexistir, una partícula puede estar en dos lugares a la vez. Su idea es que el cerebro se aprovecha de este proceso en las estructuras más pequeñas de las que está constituido dentro de las mismas neuronas.

Sucede esto también en todos los casos, sin embargo no hay conciencia en un árbol, en una piedra, etc. Sólo brota la consciencia si todo esto está ligado a una estructura muy organizada como el cerebro.

Penrose, junto con Stuart Hameroff, ha expuesto como funciona exactamente este fenómeno. Explica que en las pequeñas estructuras citadas, los microtúbulos, es en donde se sucede el estado cuántico. Los microtúbulos están dentro de las neuronas y actúan como ordenadores cuánticos. Así las neuronas ya no son como simples interruptores (los ceros y unos de un ordenador) que se creía, sino que existe una complejidad estrepitosa.

Pero los conceptos abstrusos sobre el libre albedrío del cerebro de Penrose no acaban de convencer a la comunidad científica. La realidad no se puede determinar porque estamos viviendo dentro del sistema que tratados de medir: ningún ordenador, por muy potente que fuese, lo conseguiría. Al menos con los conocimientos actuales sobre cómo funciona la realidad. Así pues queda todavía la duda: ¿la realidad es determinista o no lo es?

Incluso estos conceptos que enturbian la libertad del hombre ya han sido tratados en novelas de ciencia ficción como Universo monolítico, de Robert J. Sawyer. En una entretenidísma trama podemos ir comprobando cómo la gente va aceptando progresivamente las implicaciones de estos descubrimientos.

–No lo sé. No estoy segura. Es decir, ¿qué sentido tiene seguir si todo está ya prefijado? –¿Qué sentido tiene leer una novela cuyo final ya se ha escrito? Michiko se mordió el labio. –El concepto de universo monolítico es lo único que tiene sentido en un universo relativista –dijo Lloyd–. En realidad es sólo la relatividad a la lo grande: la relatividad dice que ningún punto del espacio es más importante que otro; no hay un sistema de referencia fijo con el que medir otras posiciones. Bien, el universo monolítico dice que ningún tiempo es más importante que otro… “ahora” es una ilusión total y absoluta y, si no existe el ahora universal, si el futuro ya está escrito, entonces es evidente que también el libre albedrío es una ilusión.

A mi entender, las propiedades de la conciencia son las propiedades de la materia, porque el cerebro está constituido de materia. La materia forma un planeta y forma un cerebro, pero sólo el segundo cree que está vivo y que es un individuo. Así, no existiría la materia viva, existiría la materia a secas. Podemos no conocer las leyes que rigen el cerebro, pero está sujeto a leyes; no hay nada milagroso en la consciencia… no somos libres como no lo son las piedras. La vida no es más que una propiedad de la materia, no existe. La vida no es más que un proceso. Si le preguntamos a una mitocondria si está viva nos dirá que sí, pero lo único que hace es realizar su trabajo bajo unos parámetros establecidos. Y todo lo que progresivamente se va descubrimiento sobre el funcionamiento del universo y de nosotros mismos nos hacen pensar que nosotros obramos del mismo modo.

Ante lo expuecto, a la pregunta de si somos libres, yo opino, como muchos físicos, que se debería responder que ni siquiera estamos vivos, que todo no es más que una fantasía como lo es que algún día se acaben los programas del corazón (de cotilleo, no cardiológicos).

Aunque el debate continúa: por un lado los que opinan que en la no-computabilidad de mecánica cuántica se encuentra la llave de la libertad, del hecho de que seamos especiales (o nuestros cerebros biológicos lo sean), y por el otro los que opinan que el hombre no se distingue de la materia que le circunda.

Si queréis profundizar también en el tema desde un punto de vista un poquito más positivo, os recomiendo el libro de Daniel Dennett La evolución de la libertad.

Después de este superficial recorrido por la libertad desde diferentes puntos de vista, espero, como mínimo, haber conseguido crear la incertidumbre en el lector. La duda es nuestro mayor tesoro, nuestra mejor herramienta para avanzar. Pero qué queréis que os diga, yo creo que la cosa pinta muy mal. Si realmente al final se encuentra alguna propiedad especial en nuestro cerebro que se desvincule de las leyes del universo, aún nos queda por superar las nada desdeñables cadenas biológicas, genéticas y psicológicas.

Y nosotros pensando que los de Prison Break lo tenían negro.

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