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La palabra epidemia simplemente no tenía sentido antes del Neolítico porque no se había desarrollado la agricultura

La palabra epidemia simplemente no tenía sentido antes del Neolítico porque no se había desarrollado la agricultura
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Para que tenga lugar una epidemia, ahora lo sabemos mejor que nunca, se necesita, sobre todo, una característica básica: que estemos muy cerca unos de otros. Que hay poca distancia de seguridad. Que exista, en cierto modo, tendencia al hacinamiento.

Por esa razón, las epidemias son algo relativamente reciente. Algo que nació a raíz del desarrollo de la agricultura. Porque fue la agricultura la que nos empujó a vivir cada vez más cerca unos de otros.

Calorías y hacinamiento

Los agricultores tenían más comida, podían unirse en clanes más grandes, establecer asentamientos, reproducirse, cooperar… Todo eso está muy bien, y son algunas de las poderosas razones por las que la agricultura no desaparecía. Sin embargo, había un tributo casi invisible que todos los agricultores estaban pagando.

Al haber más calorías, había más gente, no se debía uno desplazar tanto para buscar comida, pero también estaba obligado a estar sujeto a un pedazo de tierra (la que estaba cultivando). A más gente en menos espacio, mayor hacinamiento. Y a mayor hacinamiento, mayor número de enfermedades infecciosas.

Si la densidad de población de los cazadores-recolectores estaba por debajo de un individuo por kilómetro cuadrado, la de los agricultores era de hasta diez individuos por kilómetro cuadrado en las economías agrarias simples, y por encima de cincuenta individuos por kilómetro cuadro en los pueblos más grandes, como han estimado Zimmerman, Hilpert y Wendt en un estudio publicado en Human Biology en el año 2009.

Pero no solo el hacinamiento propagaba mejor las enfermedades infecciosas, sino el comercio, propiciado por el excedente de comida que proporcionaba la agricultura. Al intercambiar bienes con otros, también se intercambian microbios, lo que dio lugar a una era de epidemias de tuberculosis, lepra, sífilis, peste, viruela o gripe.

Muchas de estas enfermedades, como la malaria, ya existían, pero en muy baja proporción. La palabra epidemia simplemente no tenía sentido antes del Neolítico.

Otros efectos secundarios de la agricultura, y del hacinamiento, fueron: la acumulación de desperdicio (caldo de cultivo ideal para microbios y transmisores como ratas), agua estancada de los canales de riego, y continuo contacto con animales domesticados. En total, más de cien enfermedades infecciosas causadas o agravadas por el origen de la agricultura.

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