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Cómo Gatorade ayudó a invertir en ciencia

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En una fecha tan cercana como 1965, los atletas no solían beber agua mientras disputaban un evento deportivo. Existía la creencia (errónea) de que hidratarse podría causar náuseas y calambres.

Poco después, sin embargo, una serie de estudios, como el que presentó el especialista en enfermedades renales Robert Cade, evidenció que los deportistas sudaban tanto que, al final, apenas ni siquiera orinaban. También presentaban escasa concentración de azúcar en sangre. Y que el sudor arrastraba los electrolitos (sobre todo sodio y potasio) del cuerpo, alterando el equilibro químico del metabolismo, lo que desembocaba en una pérdida de fuerza, energía y resistencia.

Además, hacer tanto esfuerzo físico sin reponer el agua y los electrolitos perdidos podían conducir a fallos renales graves. En consecuencia, Cade sugirió entregar un brebaje a cada jugador en el que había azúcar y sal. El líquido era tan repugnante que ni siquiera los investigadores querían probarlo. Hasta que la esposa de Cade sugirió añadirle un poco de zumo de limón. Había nacido Gatorade.

El nombre de Gatorade procede del nombre del equipo local (los Gators, diminutivo de aligator) y de una deformación de la palabra ayuda (aid). Es decir, ayuda para caimanes. Tal y como lo explica Juan Scaliter en su libro Exploradores del futuro:

Ese año el equipo universitario realizó una de las mejores campañas de su historia y el uso de la bebida saltó a las noticias. La industria alimenticia tardó muy poco en darse cuenta de que allí había una gallina poniendo huevos de oro y compró parte de los derechos. Solo una parte, porque cada año la Universidad de Florida recibe un 20 por ciento de los beneficios. Dinero suficiente para que Win Phillips (vicepresidente de investigación de la universidad) asegurara hace un tiempo que "con los años, las regalías obtenidas han permitido a la Universidad de Florida invertir en un sinnúmero de proyectos de investigación en una amplia variedad de disciplinas".

Otros casos de beneficios para universidades

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No es el único caso en el que una universidad recibe pingües beneficios de resultas de algún hallazgo, gracias a los cuales pueden permitirse llevar a cabo nuevas investigaciones. Es el caso, por ejemplo, de la vacuna contra la hepatitis B.

La denominación de esta tarea se llama "transferencia tecnológica":

De acuerdo con un estudio de la Organización de la Industria Biotecnológica, los beneficios obtenidos por patentes creacas por universidades en Estados Unidos fueron de 635 millones de dólares en 1999 y del triple en 2010, al mismo tiempo que creaban cerca de un millón y medio de empleos.

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