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Esta matemática casi desconocida es responsable de que EEUU haya llegado a las estrellas

Esta matemática casi desconocida es responsable de que EEUU haya llegado a las estrellas
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El papel fundamental de la mujer en la ciencia ha sido ninguneado a lo largo de la historia. Su escasa representación, así como el fuerte estereotipo de que las mujeres no sirven para las ciencia (y mucho menos para las matemáticas, algo, por cierto, sin sustento), ha propiciado que el efecto Pigmalión, esto es, que el estereotipo se perciba como verdadero incluso por las propias mujeres aunque no lo sea.

Las mujeres se autoboicotean como científicas y pierden la confianza en sí mismas si les contamos que no sirven para la ciencia (o si decimos cosas peores, como las vertidas por el Premio Nobel de 2001 Tim Hunt), de modo que es perentorio difundir las vidas de esas científicas que demostraron que el estereotipo no es cierto. Como la matemática casi desconocida que llevó a Estados Unidos a las estrellas.

Mary Golda Ross

Fue el sexo de Ross la que la convirtió en una figura oculta en el mundo de los primeros vuelos espaciales, a pesar de que con su ímprobo esfuerzo como primera ingeniera de un grupo de expertos catapultó a los astronautas estadounidenses a las estrellas.

Y, además de mujer, era cherokee.

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Nacida en 1908, Ross creció en Park Hill, Oklahoma, la comunidad Cherokee donde su antepasado y otros miembros de la Nación Cherokee se establecieron después de su expulsión forzada. A pesar de sus raíces ancestrales y el hecho de que su padre hablara el idioma cherokee, su familia minimizó su herencia cultural.

Después de graduarse de Northeastern State College con un título en matemáticas, decidió poner sus habilidades a trabajar en nombre de otros nativos americanos, trabajando primero como experta en estadística de la Oficina de Asuntos Indígenas y luego en un internado de nativos americanos en Nuevo México.

En 1942, se unió a Lockheed Aircraft Corporation. Mientras que la Segunda Guerra Mundial se desencadenaba, la compañía estaba trabajando en el nuevo avión militar. Ross les ayudó a solucionar los problemas del P-38 Lightning, un avión de combate que estuvo a punto de romper la barrera del sonido.

Al finalizar la guerra, Lockheed envió a Ross a la UCLA para obtener un título en ingeniería aeronáutica y, lentamente, comenzó a progresar a través de los rangos dominados por hombres de la compañía. Sin embargo, cuando Ross fue reclutada para unirse a Skunk Works, el entonces think tank secreto de la compañía, ella era la única mujer aparte de la secretaria.Pero Ross no se intimidó y se entusiasmó con la posibilidad de utilizar sus habilidades matemáticas y de ingeniería para convertir la teoría en realidad.

Ross ayudó a desarrollar los requisitos operativos para construir naves espaciales, que más tarde se convirtió en una parte vital del programa Apollo. También ayudó a escribir el Manual de vuelo planetario de la NASA, la guía completa de viajes espaciales de la agencia, y trabajó en conceptos preliminares para vuelos a Marte y Venus. Gran parte de su trabajo era clasificado, así que no salió a la luz pública. Además, la timidez de Ross y su creencia en la colaboración también mantuvieron su trabajo en la sombra. Ella era reacia a aceptar premios y, cuando lo hizo, se aseguró de darles crédito a sus compañeros de trabajo.

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Hoy, el legado de Ross es un poco menos secreto. Su rostro adorna una escultura en el Buffalo State College y una pintura de la artista estadounidense Cherokee Meredith que la muestra contra un cielo estrellado lleno de cohetes que ahora se encuentra en las colecciones del Museo Nacional del Indígena Americano del Smithsonian. Titulado Ad Astra, hace referencia a una historia de origen Cherokee sobre cómo los humanos llegaron a la Tierra desde las Pléyades.

La pintura está llena de simbolismo: una estrella de siete puntas que hace referencia a la constelación de las Siete Hermanas, los siete clanes de los Cherokee y las siete direcciones de la cosmología Cherokee. En el retrato también se incluye una representación de la nave espacial Agena, en la que Ross trabajó arduamente.

Si queréis conocer más historias de mujeres científicas cuya historia ha sido eclipsada o minimizada, podéis echarle un vistazo al reciente libro que he publicado sobre el tema.

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