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Tú no eres tú, ni yo soy yo

Tú no eres tú, ni yo soy yo
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La sensación de individualidad, lejos de filosofías, intuiciones o conversaciones de bar, es una ilusión cognitiva. No sólo a nivel psicológico, sino incluso físico: todos los átomos de nuestro cuerpo son sustituidos por otros distintos cada siete años, aproximadamente.

Tampoco es sencillo distinguirnos como individuos a nivel biológico: sólo en nuestra boca viven más de 700 tipos de bacterias. Nuestra piel y nuestras pestañas también albergan colonias inmensas de microbios. Y en nuestros intestinos existe un universo de bacterias.

Sí, aún quedan partes de nuestro cuerpo que podríamos considerar que son “nosotros”, pero muy pocas: el cerebro, la médula espinal y el torrente sanguíneo, por ejemplo. Con todo, en nuestro cuerpo viven más organismos que personas habitan la Tierra. Incluso supera el número de estrellas de la Vía Láctea.

Abunda en ello Scott D. Sampso, biólogo evolutivo, en Este libro le hará más inteligente, editado por John Brockman:

Y para añadir aún más interés a las cosas, las investigaciones microbiológicas demuestran que nos hallamos en una relación de completa dependencia respecto de este despliegue de bacterias (inmerso, a su vez, en un continuo proceso de cambio), ya que todas ellas nos procuran una variadísima gama de “servicios” que van desde la sujeción y el control de las posibles intrusiones externas a la conversión de los alimentos en nutrientes asimilables por el organismo. Por consiguiente, si estamos intercambiando materia continuamente con el mundo exterior, si nuestros cuerpos quedan completamente renovados cada pocos años, y si todos y cada uno de nosotros somos una colonia ambulante integrada por billones de formas de vida de comportamiento en gran medida simbiótico, ¿en qué consiste exactamente ese yo que consideramos separado e independiente?

Personalidad
En realidad, más que entidades físicas individuales nos parecemos más a remolinos energéticos, como esos tornados que giran en Oklahoma y están repletos de cosas que van succionando con su gigantesca manga. Hasta cierto punto, la línea divisoria entre nosotros y los demás es arbitraria.

El punto de “corte” puede situarse en muchos sitios, en función de la metáfora del yo que elijamos abrazar. Tenemos que aprender a considerarnos de un modo diferente, es decir, debemos dejar de vernos como yoes aislados para pasar a contemplarnos como seres permeables y entrelazados: como yoes integrados en el interior de otros yoes más amplios (yoes entre los que cabe incluir el yo de la especie (o sea, a la humanidad) y el yo de la bioesfera (o lo que es lo mismo: el yo de la vida).

Podemos profundizar también a nivel psicológico a propósito de nuestros yoes. Todos somos capaces de mostrar diferentes facetas, algunas incluso contradictorias: es nuestra forma de adaptarnos a nuevas situaciones, como defiende la investigadora Rita Graham en su obra Multiplicidad. Cuantos más yoes, mejor; o, en palabras de la psicóloga Patricia Linville, de la Universidad de Duke, cuantas más «personalidades tributarias poseamos», mejor dotados estaremos para enfrentarnos a las situaciones inesperadas.

O parafraseando a Miguel de Unamuno: cuando dos personas se encuentran no hay dos, sino seis personas: una es como uno cree que es, otra como el otro lo percibe y otra como realmente es; esto multiplicado por dos da seis.

La personalidad, en realidad, es algo muy fluido, proteico, en red: es un conjunto de costumbres, tendencias e intereses relacionados entre sí de un modo bastante vago pero íntimamente relacionado con las circunstancias y el contexto. La gente no lo percibe así porque considera que posee un alto control sobre su entorno y sobre sí mismo, lo cual ofrece una imagen de falsa coherencia de su personalidad.

Por ejemplo, alguien se siente bien y es muy divertido en las fiestas, y por eso acude a muchas fiestas u organiza muchas fiestas. La gente deduce, entonces, que es una persona divertida. Pero si sus amigos observaran a esta persona en todas las situaciones en las que no posee el control (un callejón oscuro, un trabajo estresante, una congestión de tráfico), probablemente la percepción cambiaría. Cometemos este error de base de imaginar la personalidad en términos absolutos por lo que los psicólogos denominan Error Fundamental de Atribución (FAE).

Porque tú no eres tú. Ni yo soy yo.

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