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Tengo mis motivos para hacerte mucho, mucho daño

Tengo mis motivos para hacerte mucho, mucho daño
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Despojémonos de anteojeras y maduremos de golpe, a golpe de pistón: el cine (la mayoría del cine, el masivo, el Blockbuster, el que se emite en prime time, ya me entendéis), el cine, digo, es una colección de tópicos infantiles, falsos y maniqueos que lleva décadas practicando una de las mayores lobotomías colectivas de la historia de la humanidad.

De acuerdo, acabo de escribir una boutade. Pero algo hay de cierto en lo que acabo de sentenciar. Ahora me daréis la razón:

No, no usamos solo el 10 % del cerebro; no, la gente no puede entablar una relación con un fantasma y quedarse tan ancha (si existe el Más Allá, suicídate y vete con tu ser amado, o deja de ir al baño porque nunca sabrás si un fantasma burlón escruta tus vergüenzas); no, madurar no consiste en formar una familia y tener un trabajo estable; no, no debemos regresar a la inocencia infantil si eso significa creer en fantasías, mitos y otras cosas sin las suficientes pruebas, porque así nos se arreglan de verdad los problemas del mundo; no, los superhéroes no se dedicarían a salvar viandantes de su propia ciudad cuando podrían solucionar de eficazmente grandes problemas colectivos, problemas estructurales de continentes enteros, o incluso dejar que se experimente con su cuerpo para crear más superhéroes o mejorar de algún modo nuestras posibilidades como especie; no, no es lógico que la primera pregunta de una persona mínimanente formada ante una inteligencia superior extraterrestre no sea algo parecido a “¿cómo solucionamos el problema del confinamiento magnético del plasma en la fusión nuclear”?; no, los malos no quieren dominar el mundo porque son malos: los malos tienen ambiciones que colisionan con las ambiciones de los buenos, pero unos usan la persuasión para imponer su modelo (los buenos) y otros la fuerza bruta (los malos), pero ni siquiera siempre es así, y a veces ni siquiera queda claro quién es bueno o malo.

Vale, ya podemos coger aire. En realidad, podéis olvidar ahora mismo esta filípica: tenía más de catarsis que de otra cosa (de hecho, este artículo abordará solo el problema del mal, no los anteriores, que los dejaremos para otra ocasión). Además, soy perfectamente consciente de que muchas de estas rémoras cinematográficas están siendo enmendadas gracias a películas y series de televisión que, sin dejar atrás las señas de identidad de paladar masivo, logran articular un discurso mucho menos manido. Así, a vuelapluma, me acuerdo de Breaking Bad: ¿Walter White era bueno o malo? ¿Acaso importa?

Maldad de villano cinematográfico

Es en el tema de la moral donde parece que más está progresando el discurso catódico. Parece que la gente parece cada vez más permeable a la idea de que las cosas no son blancas o negras. Y que los malos, bien, no siempre son los malos. O que depende (aunque en algunas películas al malo se le presente como tal y la mayoría de nosotros, en realidad, nos parezca el bueno: me pasó con Un ciudadano ejemplar y con Bane en The Dark Knight Rises, del que habría suscrito muchos de sus planteamientos:

El mal ya no es puro, y no solo en el ámbito del cine. Cada vez nos creemos menos lo de que hay personas malvadas sin fisuras, comeniños, Hitlers. Si bien es cierto que existen personas inhumanas y salvajes, en la mayoría de los casos estamos tratando con enfermos mentales o psicópatas: y gran parte de las personas que hacen cosas malas, entendidas como ilegales o inmorales, no encajan en tal clasificación. Por ejemplo, entre el 70 % y el 90 % de los hombres universitarios, y entre el 50 y el 80 % de las mujeres universitarias, han admitido haber tenido al menos una fantasía homicida en el año precedente del estudio realizado por los psicólogos Douglas Kenrick y David Buss. Estamos hablando de matar. La mayoría no llevará a cabo sus fantasías, pero probablemente tratarán de dañar de algún modo, o quizá boicotear, a esas personas desde un punto de vista no penal.

En el reino animal, la forma más evidente de agresión es la depredación. Pero todos hemos visto un gato jugando maquiavélicamente con una presa, por ejemplo.

Casi todos nosotros podemos actuar bajo un dictado moral que nos resulta justo, pero que a los demás no se lo parece, porque tendemos con mucha facilidad al autoengaño: creemos que nuestros motivos son justos, por eso tantas parejas discuten sobre quién friega más los platos: sinceramente ambos creen que son ellos mismos, porque nos fijamos más en nuestros logros que nuestros defectos.

De igual forma, la evolución ha sacado partido de la modularidad de nuestro cerebro, y en ocasiones puede aparecer la furia, una furia que nos hará perder el control y cometer actos de los que más tarde nos arrepentiremos.

En ese sentido, las leyes penales no se articulan solamente para protegernos de los malos, sino también para protegernos de nosotros mismos: al tener la ley un carácter reformador, con penas ajustadas para que la vida del acusado no se trunque para siempre, queda implícito que todos merecemos otra oportunidad, porque todos podemos llegar a necesitarla, tal y como explica Steven Pinker haciendo hincapié en los circuitos neuronales de la violencia en su libro Los ángeles que llevamos dentro:

Como muchos sistemas cerebrales, los circuitos que controlan la agresividad están organizados con arreglo a una jerarquía. Ciertas subrutinas que controlan los músculos en acciones básicas se encuentran en el rombencéfalo, que está situado en lo alto de la médula espinal. Pero los estados emocionales que activa determinadas subrutinas, como el circuito de la furia, están distribuidos en niveles superiores del mesencéfalo y el prosencéfalo. En los gatos, por ejemplo, la estimulación del rombencéfalo activa lo que los neurocientíficos denominan “furia falsa”. El gato bufa, tiene los pelos erizados y enseña los colmillos, pero es posible acariciarlo sin peligro que ataque. En cambio, si se estimula el circuito de la furia en niveles superiores, el estado emocional resultante no es falso: el gato se vuelve loco y arremete contra la cabeza del experimentador.

Eso no significa que todos seamos como Hulk. Pero sí significa que muchas personas (más de las que son conscientes de ello) lo son. Habida cuenta de que a todos nos puede tocar el premio, mejor será que el cine que venga, el masivo, el que llega a todos sitios, continúe explicando muchas más historias de personas así, como tú, como yo, como casi todos nosotros.

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