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Si quieres que haga algo, no me recompenses demasiado por hacerlo

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No nos engañemos, la mayoría de nosotros funcionamos un poco como el burro que persigue incansablemente la zanahoria. Y como los caballos, todos aspiramos a que nos den un azucarillo por una buena acción. Pero si de verdad queremos ser eficientes en nuestro trabajo, más vale que no nos recompensen con demasiados azucarcillos.

Ni tampoco es positivo que un padre ofrezca una recompensa importante a su hijo para que apruebe un curso.

Las recompensas son buenas alicientes, pero lo son siempre y cuando no sean excesivas. Independientemente de que hablemos de tareas agradables o desagradables.

En un estudio ya clásico, el psicólogo de Stanford Mark Lepper pidió a dos grupos de estudiantes que se divirtieran dibujando algo. A un grupo se le prometió que recibirían una medalla por el dibujo. Al otro grupo no se le prometió ninguna recompensa. El resultado fue que los niños que recibían la medalla pasaba menos tiempo dibujando con sus compañeros.

Según Lepper, los niños a los que les ofrecieron las medallas pensaron algo así como: “Bueno, a ver, los adultos me suelen ofrecer recompensas cuando quieren que haga algo que no me gusta. Ahora un adulto me ofrece una medalla de oro por dibujar; por tanto, dibujar no debe de gustarme nada.” El efecto se ha repetido en muchas ocasiones y la conclusión está clara: si pones a tus hijos una actividad con la que disfrutarán y los recompensas por hacerlo, la recompensa reduce la diversión y los desmotiva. En pocos segundos, conviertes el juego en trabajo.

Pero la recompensa no sólo devalúa una actividad agradable. También afecta negativamente en actividades desagradables.

En otro experimento, se escogió a un grupo de personas para que recogiera basura de un parque de Londres, diciéndoles a los participantes que el experimento consistía en examinar la mejor forma de convencer a los ciudadanos de que cuidaran de sus parques.

A unos miembros del grupo se les remuneró ostentosamente por su tiempo. El resto recibió una remuneración más pequeña.

Al cabo de más o menos una hora de trabajo tedioso y agotador, todos pusieron nota a la tarde, según lo que se hubiesen divertido. Cabría suponer que los que se llevaron una buena cantidad de dinero por su trabajo verían la tarde de forma más positiva que los otros. De hecho, el resultado fue justo el contrario: la diversión media de los bien pagados era de 2 sobre 10, mientras que la media del grupo que había recibido poco dinero ascendía a un asombroso 8,5.

Independientemente de la naturaleza de las recompensas, estos mismos resultados se han obtenido en diferentes estudios. Si bien el rendimiento a corto plazo puede mejorar con una buena recompensa (como han sugerido otros estudios), a largo plazo el rendimiento se resiente.

Entonces ¿qué clase de incentivo funciona mejor?

Si queremos animar a alguien a hacer algo que le gusta, hay que intentar ofrecerle una recompensa ocasional en forma de pequeña sorpresa después de terminar la actividad, bien alabar los frutos de su labor. Si es algo que no le gusta, ofrecer una recompensa realista, pero no excesiva, es eficaz al principio, seguida de algunos comentarios alentadores que lo animen a seguir realizando la actividad (“¡Ojalá todos los ciudadanos mantuviesen los parques tan limpios como tú!”).

Vía | 59 segundos de Richard Wiseman

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