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Las lenguas no solo sirven para comunicarnos, sino para diferenciarnos y excluirnos

Las lenguas no solo sirven para comunicarnos, sino para diferenciarnos y excluirnos
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Hace unos días ponía por escrito lo irrelevante que resulta que descienda la diversidad lingüística, como también resulta irrelevante que ésta aumente. Tanto una tendencia como la otra tienen sus pros y contras, y no podemos apostar por ninguna de las dos sin analizarlos convenientemente.

Los pros, sin embargo, acostumbran a tener índole humanitaria y social (en el mejor de los casos), o romántica, pseudocientífica y étnica (en el peor).

Tú no eres Nosotros

Uno de los argumentos que se me ha lanzado a través de Twitter a propósito del artículo mencionado, es que "las lenguas no "se mueren", como si fuera un accidente, o como si se impusieran otras mejores, las matan las relaciones de poder desiguales ejercidas después de imposiciones sistemáticas, prohibiciones, etc."

Esto es cierto, en parte. No hemos de olvidar los factores socioeconómicos que sostienen las lenguas, que resumió así el experto en yiddish Max Weinreich: «un idioma es un dialecto con un ejército detrás». Pero la extinción de una lengua responde a muchos factores, incluso algunos que ni siquiera conocemos. El propósito es separar lo verdaderamente preocupante de la extinción de las lenguas: no la muerte de una lengua, sino la suerte de sus hablantes. O como señala el profesor de Filosofía Política de la Universidad de Málaga Manuel Toscano: “lo que debería preocuparnos son las circunstancias de injusticia, opresión y pobreza que afronta tantos hablantes de lenguas minoritarias”.

Dañar a las personas está mal, pero no la extinció de una lengua per se. Otra cosa es que exageremos el daño que recibe una persona porque no puede hablar su lengua. ¿Es superior a no poder usar el sistema operativo con el que está familiarizado? ¿El cambio normativo de las llaves inglesas que venden en las tiendas? ¿Que Apple sea un sistema tan cerrado y caro? ¿Que las novelas recomendadas en el sistema educativo sean otros a los acostumbrados? ¿Que la agricultura se robotice? ¿Que los coches autónomos extingan a los taxistas? ¿Que la programación informática sea un estudio reglado que ofrece más oportunidades laborales que la de un filólogo griego?

Un ejemplo el latín, que sufrío varios fases de muerte, y cada una de ellas está infiltrada de innumerables motivos. Nadie está detrás de su muerte. Y si lo hubiera y esa persona dañara de forma extraordinaria a los hablantes, debería pagar por su delito. Como señalo:

¿Te parecería bien que se fomentara el aprendizaje y el uso de cualquier herramienta e idea per se, solo en aras de la diversidad? ¿Te preocupa que la gente ya no cocine con leña? ¿O la ablación de clítoris? ¿Te alarma la falta de diversidad? ¿Te asquea la uniformación? Por ejemplo: que todos cumplamos las mismas normas de tráfico. La uniformación es necesaria, la diversidad, también. Solo hay que definir de qué queremos más y menos y en qué ámbitos. Mi artículo trata de explicar por qué la diversidad lingüística no es ni buena ni mala. La uniformación tampoco es buena ni mala. En término estrictamente lingüísticos, es irrelevante. Pero su defensa apasionada tiene algo de romántico, como los luditas (...) Tú debes explicarme, sin embargo, por qué consideras la lengua algo distinto a una herramienta. Por qué merece protección especial a un telar mecánico.

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Teorías

Llegados a este punto se pueden lanzar teorías más o menos científicas sobre la importancia de una lengua. Por ejemplo, que determina nuestra cosmovisión. A menos lenguas, menos diversidad de cosmovisiones. En realidad, la ciencia moderna sugiere que ocurre justo lo contrario: no es la lengua la que refleja la cosmovisión, sino la cosmovisión la que determina la lengua. Si una lengua es adoptada por un grupo de personas, ésta adoptrá los cambios necesarios para resultar útil en su contexto sociocultural. Por eso el español es tan distinto en función de la región de España que analicemos.

En 1940, Benjamin Lee Whorf fue el principal promotor de la idea de que el idioma influye decisivamente en cómo percibimos el mundo, como si las palabras tuvieran el poder de construir la realidad. Sin embargo, esta teoría ha ido quedado en parte desacreditada. Lo que sucede es justo lo contrario, es decir, que el idioma más bien refleja la realidad del mundo del hablante, y lo hace sobre los cimientos de una gramática universal, tal y como propuso por primera vez el lingüista Noam Chomsky.

Con todo, algunas lenguas sí pueden influir parcialmente en nuestra percepción de las cosas. Según un reciente estudio, el griego tiene dos palabras para distintos tonos de azul, y los griegos son capaces de discriminar tonos de azul más rápido y mejor que los nativos ingleses. Susan Ervin-Tripp, de la Universidad de California en Berkeley, también ha sugerido que un bilingüe japonés-inglés introduce más emotividad al describir una imagen sugerente si lo hace en japonés en vez de hacerlo en inglés.

Si supnemos que perdemos algo, son, en el mejor de los casos, matices. Perderlos sería como perder las calesa, la ablación de clítoris, el Ágora, los filosofía megárica, etc. Sin contar que las lenguas que se mueren se pueden preservar de una forma muy eficaz: en un museo para que los etimólogos disfruten y las estudien todo lo que quieran. ¿Por qué obsesionarnos con preservar no ya una cosa sino la necesidad que socialmente se continúe usando?

Y lo malo

Las lenguas no solo son sistemas para comunicarse, sino identificadores culturales. Las lenguas se usan con frecuencia como sistema para excluir a los demás y fracturar las relaciones empáticas. En Nueva Guinea, por ejemplo, se hablan más de 800 lenguas. Algunas se hablan en áreas de unos pocos kilómetros cuadrados, y son tan diferentes entre sí como el francés y el inglés. De hecho, sus hablantes tratan de cambiar su manera de expresarse de la del vecino para incrementar la diferencia.

Casi el 95% de la población mundial habla el 5% de las lenguas. Y la mitad de esta población se concentra en las 10 lenguas más habladas. La mitad de las lenguas que existen en el mundo solo son habladas por menos de 10.000 hablantes.

Se da por descontado el valor de la diversidad cultural y lingüística. Estamos ante una completa inversión del mito bíblico, donde Babel deja de ser una maldición divina para ser contemplada como un verdadero tesoro que podemos perder. Sin embargo, ¿somos conscientes del precio que pagamos por ello? ¿No estamos exagerando? Quizá, y solo quizá, no nos estamos llevando por nuestro sesgo supremacista?

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