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La historia de la desigualdad entre seres humanos según su inteligencia (III)

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Cada vez más el cociente intelectual va perdiendo su carácter monolítico. Cada vez más descubrimos que la inteligencia está formada por componentes que se deben entender como independientes entre sí. Howard Gardner resumió esta investigación en La nueva ciencia de la mente, en 1985.

Allí distinguía entre las siguientes formas de inteligencia: la personal (capacidad para comprender a otras personas); la corporal-cinestésica (capacidad para coordinar los movimientos); lingüística; logicomatemática; espacial (capacidad para componer imágenes virtuales de objetos y manipularlos en la imaginación) y la musical.

Para dividir la inteligencia en estas 6 partes se realizaron complejas experimentaciones, entre las que destaca la investigación de traumatismos cerebrales, que evidenció que, aunque la inteligencia lingüística quedara dañada, la musical permanecía inalterable.

Actualmente, la multiplicidad de inteligencias está sumando nuevos componentes, como la inteligencia emocional defendida brillantemente por Daniel Goleman.

Así pues, la inteligencia, al ser múltiple, es más difícil de medir, aunque existan indiscutiblemente personajes que sobresalen ante los demás en algunas de ellas. Por ejemplo, Catherine Cox se tomó la molestia de medir el cociente intelectual de los personajes más célebres de la historia basándose en todos los datos que se dispusiera sobre ellos. Finalmente, redactó una lista de los 300 mejor clasificados. Ahí van los 10 primeros:

John Stuart Mill, Goethe, Leibniz, Grocio, Maculay, Bentham, Pascal, Schelling, Haller y Coleridge.

Este Top 10 de la genialidad, observamos que el podium lo protagonista Stuart Mill. Y no es para menos: a los 3 años ya había leído las fábulas de Esopo en su versión original. A los 7, los diálogos de Platón. A los 8, enseñaba latín a sus hermanos pequeños, y así leyó a Virgilio, Ovidio, Cicerón y otros. Con 12 años, se introdujo en la lógica y la filosofía. A los 13, hizo un curso de economía política. Con 14 estudió química, zoología, matemática, lógica y metafísica en Montpellier.

La prueba final de su inteligencia fue que Mill escribió uno de los primeros libros sobre el movimiento feminista: El sometimiento de las mujeres, en 1869.

Sin embargo, la inteligencia, en todas sus variantes, tampoco es suficiente. El ser humano precisa de otros elementos que raramente se valoran en un test de CI: la creatividad.

Para diferenciar la creatividad de la inteligencia es necesario distinguir entre pensamiento convergente y pensamiento divergente. El primero remite a informaciones nuevas, pero ligadas a contenidos ya conocidos; el segundo, en cambio, hace referencia a informaciones nuevas que en gran medida son independientes de la información previa. Así pues, los test de inteligencia miden el pensamiento convergente, mientras que el pensamiento divergente constituye la base de la creatividad.

Pero ser original con nuestro pensamiento no basta. El pensamiento divergente precisa, además, de una capacidad crítica para discernir y apartar inmediatamente las ideas absurdas. Arthur Koesler describe la forma de desarrollar estas ideas en libros como The Act of Creation.

En la última entrega de esta serie de artículos sobre la inteligencia ahondaremos en ello.

Vía La cultura de Dietrich Schwanitz

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