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Importando tierra sagrada o las conexiones entre nacionalismo y religión (I)

Importando tierra sagrada o las conexiones entre nacionalismo y religión (I)
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Hace unos días regresé de un adrenalínico viaje a Malta, donde practicamos deportes de aventura, visitamos templos, navegamos en barco y, sobre todo, nos deleitamos con la gastronomía. Sin embargo, una de las cosas que más llamó la atención de esta pequeña isla en medio del Mediterráneo fue la fuerte presencia de la religión en la vida cotidiana. Podéis leer más sobre ello en aquí.

“Los hechos de los Apóstoles” cuentan que fue durante el periodo del Imperio Romano, en el 60 d.C., cuando el apostol Pablo naufragó en las costas de Malta, convirtiendo a los malteses al cristianismo. Y lo hizo muy eficazmente. A continuación podéis ver algunas pruebas fotográficas que yo mismo tomé:

Estampitas en muchísimos vehículos, sobre todo transporte público:

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Aparcamientos reservados para el clero (con cochazo):

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Tiendas como ésta, a cascoporro:

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Fiestas:

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Tal y como explican en Escéptica, en Malta, a pesar de su reducidísimo tamaño, hay 359 iglesias, más de una por kilómetro cuadrado. No os perdáis las fotos que allí se cuelgan, que tampoco tienen desperdicio, donde se muestra que uno puede pedir a los cielos toda clase de cosas, exageradamente concretas.

Andando por Malta, pues, no pude dejar de darle vueltas a las conexiones que existían entre las creencias religiosas y el nacionalismo. Elucubraciones que fueron alimentadas por el libro que me estaba leyendo por aquel entonces, un ensayo de neuromarketing escrito por Martin Lindstrom: Buyology.

En él se refiere cómo funciona un extravagante negocio consistente en la venta de tierra sagrada. Por ejemplo, la compañía de Brooklyn Holy Land Earth importa tierra a Estados Unidos directamente desde Israel. Al parecer, muchas religiones consideran sagrado el suelo de Israel, y la compañía proporciona un trozo de Tierra Santa a los compradores para que pueda usarse en funerales religiosos, o para bendecir plantas, árboles o casas.

Pero no es el primer caso de importación de tierra sagrada, tal y como señala Lindstrom:

A finales de la década de los noventa, un inmigrante irlandés de nombre Alan Jenkins dedicó nueve años a conseguir la aprobación del gobierno de Estados Unidos para importar tierra desde Irlanda. ¿Su razonamiento? Cuando los irlandeses llegaron a Estados Unidos, trajeron consigo sus iglesias, sus escuelas y su música, siendo la tierra lo único que dejaron atrás. Jenkins, en alianza con un agrónomo, se dedicó pacientemente a presentar peticiones al Departamento de Aduanas y al Servicio de Inspección de Salud Animal y Vegetal para lograr la legalización de la exportación de tierra irlandesa. (…) Hasta la fecha, Alan Jenkins ha despachado a Estados Unidos más de tres millones de dólares en tierra irlandesa, la cual se vende en bolsas de plástico de 12 onzas bajo la marca Tierra Irlandesa Oficial.

El motivo de la importación de tierra irlandesa no tiene motivos religiosos, pero sí connotaciones religiosas: muchos anhelan ser enterrados en tierra de Irlanda, dado que ya no viven en su país de origen.

También hay empresas que venden agua sagrada, como Holy Drinking Water, que es bendecida en la bodega por un sacerdote anglicano o uno católico.

Si eres alemán, eres cuadriculado

Pertenecer a una nacionalidad es como pertenecer a un credo religioso, un equipo de fútbol o un partido político. Naturalmente, habrá quienes gestionen su adhesión con frialdad, pero, en mayor o menor medida, la mayoría serán absorbidos por todas las connotaciones que arrastra su nacionalidad. Y, por supuesto, dicha adhesión se defenderá con orgullo, por lo general, si alguien la ningunea. Porque el amor a la patria es más un sentimiento que una decisión racional y ponderada.

Por ejemplo, la marca Audi tiene mejor valoración por los clientes que marcas con prestaciones similares, diseño igualmente atractivo y precio semejante. ¿Por qué? Porque la mayoría de las personas asocian que la marca es alemana:

Nuestros cerebros juntan “automóvil” con “Alemania” y con todas las cosas que hemos oído en la vida acerca de la alta calidad de la producción automovilística de los teutones: normas elevadas, precisión, coherencia, rigor, eficiencia, confianza.

En la próxima entrega de este artículo ahondaremos en las raíces del nacionalismo.

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