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Según este modelo hay hasta seis niveles de pensamiento crítico: de pensadores irreflexivos hasta pensadores maestros

Según este modelo hay hasta seis niveles de pensamiento crítico: de pensadores irreflexivos hasta pensadores maestros
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A todos nos gustan tener razón. Reducir los asuntos complejos hasta hacerlos simples y, a poder ser, maniqueos. También nos complace deslizar pensamientos superficiales en la típica conversación de bar, más catárticos que reflexivos. Incluso nos pirra debatir pero no tanto para confrontar ideas y enriquecer las propias, sino como un acto social, una interacción similar a un baile.

Sin embargo, eso no significa que todos debamos ser así todo el tiempo ni que estemos condenados a estar sesgados continuamente. Hay personas cuyo pensamiento es más o menos sofisticado. Y so se puede subestimar la importancia del pensamiento crítico en nuestra vida diaria, especialmente en estos tiempos confusos, tan jalonados de información rápida y, a menudo, engañosa.

La teoría de etapas del desarrollo del pensamiento crítico, ideada por los psicólogos Linda Elder y Richard Paul, puede ayudarnos a medir la sofisticación de nuestros enfoques mentales actuales y proporciona una hoja de ruta para el pensamiento de los demás.

Los investigadores identificaron seis niveles predecibles de pensadores críticos, desde los más bajos en profundidad y esfuerzo hasta los maestros mentales avanzados, que siempre están un paso por delante. Para subir de nivel en la pirámide solo cabe esforzarse, entrenarse, como si acudieras a un gimnasio, porque sería poco frecuente que una persona naciera espontáneamente en la cúspide.

A continuación, las seis estapas del pensamiento intelectual.

1. Pensador irreflexivo

Son personas que no reflexionan sobre el pensamiento y el efecto que tiene en sus vidas. Como tal, se forman opiniones y toman decisiones basadas en prejuicios y conceptos erróneos mientras su pensamiento no mejora. Tampoco aplican estándares como exactitud, relevancia, precisión y lógica de manera consistente.

Como apunta el psicólogo Gary Marcus en Este libro le hará más inteligente:

Cuando dos personas discrepan, la causa hay que buscarla muy a menudo en que sus convicciones previas les llevan a recordar (o a centrarse en) fragmentos de información diferentes.

La mayor parte de los licenciados en la universidad, por ejemplo, podrían estar todavía en este primer peldaño. Las redes sociales son un buen lugar para comprobar cómo prolifera este tipo de razonamientos (por la propia estructura de la red social, no necesariamente porque el pensador ser pésimo, per se).

2. Pensador cuestionado

Pueden reconocer que sus propios procesos mentales pueden tener muchos defectos. Sin embargo, es posible que no puedan identificar todos los defectos.

Un pensador cuestionado puede tener la sensación de que el pensamiento sólido implica navegar por supuestos, inferencias y puntos de vista, pero solo en un nivel inicial. También pueden detectar algunos casos de su propio autoengaño. Como explica el filósofo Julian Baggini en ¿Se creen que somos tontos?: Preferimos «eso es cierto» o «eso es falso» a «la parte factual de esa información es verdadera, pero sus supuestas ventajas no son reales».

3. Pensador principiante

Pueden comenzar a observar los conceptos y sesgos que subyacen a sus ideas. Además, estos pensadores desarrollan estándares internos más altos de claridad, precisión y lógica, al darse cuenta de que su ego juega un papel clave en sus decisiones.

Se detecta cierta capacidad para recibir críticas de su enfoque mental, a pesar de que todavía tienen trabajo por hacer y pueden carecer de soluciones lo suficientemente claras para los problemas que detectan.

4. Pensador en prácticas

Este tipo de pensador más experimentado no solo aprecia sus propias deficiencias, sino que tiene la habilidad de lidiar con ellas. Un pensador de este nivel practicará mejores hábitos de pensamiento y analizará sus procesos mentales con regularidad. Con todo, aún pueden caer presas del razonamiento egocéntrico y autoengañoso.

Empezará, en suma, a tener en cuenta algunas nociones como las que introduce John Allen Paulos en Un matemático lee el periódico:

Qué diferencia hay entre la proposición empírica y la apriorística, entre la inducción científica y la inducción matemática. ¿Es válida cierta consecuencia en ambos sentidos o es falsa su inversa?.

5. Pensador avanzado

El pensador avanzado se siente cómodo con la autocrítica y lo hace de manera sistemática, buscando mejorar. Entre los rasgos clave que se requieren para este nivel están la 'percepción intelectual' para desarrollar nuevos hábitos de pensamiento, la 'integridad intelectual' para 'reconocer áreas de inconsistencia y contradicción en la vida de uno,' empatía intelectual 'para ponerse en el lugar de los demás con el fin de genuinamente comprenderlos, y el 'valor intelectual' para confrontar ideas y creencias en las que no necesariamente creen y hacia las que tienen emociones negativas.

Este tipo de pensador ya no está lastrados por el llamado efecto lago Wobegon, como explica Kathryn Schulz en su libro En defensa del error:

Muchísimos vamos por la vida dando por supuesto que en lo esencial tenemos razón, siempre y acerca de todo: de nuestras convicciones políticas e intelectuales, de nuestras creencias religiosas y morales, de nuestra valoración de los demás, de nuestros recuerdos, de nuestra manera de entender lo que pasa. Si nos paramos a pensarlo, cualquiera diría que nuestra situación habitual es la de dar por sentado de manera inconsciente que estamos muy cerca de la omnisciencia.

6. Pensador maestro

Un pensador experto logra una gran comprensión de los niveles mentales profundos, y está fuertemente comprometido con ser justo y ganar control sobre su propio egocentrismo.

Un pensador de tan alto nivel también exhibe un conocimiento y una percepción prácticos superiores, siempre reexaminando sus supuestos en busca de debilidades en su lógica y o la existencia de sesgos.

Un pensador experto tampoco se enfadaría por ser confrontado intelectualmente y pasaría una cantidad considerable de tiempo analizando sus propias respuestas. Ni tampoco tildará quienes defienden creencias diametralmente opuestas de «rojos», «cavernarios», «lunáticos liberales», «meapilas de la derecha» y un largo y creativo etcétera. Analizará las ideas y no a las personas o los grupos. Huirá como de la peste del "ad hominem". Estará vacunado para el llamado efecto Dunning-Kruger, es decir, la incapacidad de un sujeto a reconocer su propia ineptitud.

En tiempos en los que los ofendidos se molestan por cualquier afirmación que se salga mínimamente de sus parámetros mentales, o que te puedan cancelar porque te sales del tiesto, ya os podéis imaginar más o menos en qué peldaño del pensamiento se encuentra la mayoría de la sociedad:

¿Por qué todo esto es tan importante? Precisamente porque la mente humana, abandonada a su suerte, persigue lo que es inmediatamente más fácil y sencillo y está más ausente de incertidumbre. La mente adora lo que es cómodo y lo que sirve a sus intereses egoístas. Al mismo tiempo, naturalmente se resiste a lo que es difícil de comprender, a lo que implica complejidad, a lo que requiere penetrar en el pensamiento y las dificultades de los demás, sea empáticamente o simplemente intelectivamente.

Ya sea como educadores o simples personas de a pie, debemos tratar el pensamiento (el pensamiento de calidad) como nuestra máxima prioridad. Cuando aprendemos juntos como pensadores en desarrollo, cuando todos buscamos elevar nuestro pensamiento al siguiente nivel, y luego al siguiente, todos salimos beneficiados.

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