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El colegio no nos ayuda a pensar en la era de Internet (y II)

El colegio no nos ayuda a pensar en la era de Internet (y II)
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Un sondeo sobre cómo obtenemos la información de Internet reveló que una persona normal presta más atención a los aspectos superficiales de una página web que al contenido.

Por ejemplo, el 46,1 % de los participantes del estudio evaluaron la credibilidad de los sitios web basándose en parte en el aspecto atractivo del diseño visual de una página en su conjunto: la disposición, la tipografía, el tamaño de la fuente y la combinación de colores.

En el caso de los estudiantes, que usan la red como principal fuente de información, apenas se plantean la exactitud de las fuentes, tal y como señalan dos investigadores del Wellesley Collegue.

Como si el severo profesor Gradgrind hubiera saltado de las páginas de Dickens a Internet: “Ahora lo que quiero son hechos. Enseñar a estos niños y niñas nada más que hechos… No plantar nada más, y arrancar todo el resto.

Pero la verdad es que sin una formación determinada, nuestra especie es inherentemente crédula. Los niños nacen en un mundo de “verdades reveladas”, donde tienden a aceptar lo que se les dice como si de la Biblia se tratara. No es fácil conseguir que los niños entiendan que a menudo existen múltiples opiniones y que no todo lo que oyen es cierto; requiere un esfuerzo aún mayor que aprendan a evaluar pruebas contradictorias. El razonamiento científico no es algo a lo que la mayoría de la gente recurra de manera natural o automática.

Una mayor comprensión de las imperfecciones inherentes de nuestro cerebro a la hora de tratar la información de cualquier clase, sumado a una explotación más adecuada de la enorme biblioteca de Alejandría que constituye Internet, habría de ponernos en la pista de la revolución necesaria en el sistema educativo.

Hasta que no llegué a la universidad (y creo que mayormente lo aprendí consultando libros por mi cuenta), ningún profesor de ninguna materia me enseñó nunca a detectar falacias o a interpretar datos estadísticos; tampoco las semejanzas y diferencias entre causalidad y correlación.

Sin embargo, no todo está perdido. Ya existen algunas iniciativas al respecto, como el programa conocido como “Filosofía para niños”. Olvidaos de Platón y Aristóteles o de memorizar sus vidas y años de nacimiento y muerte. El programa está orientado a pensar filosóficamente mediante cuentos que captan el interés del estudiante.

Niños de entre 10 y 12 años fueron sometidos a este programa durante 16 meses, una hora a la semana. La mayoría mostró progresos significativos en inteligencia verbal, inteligencia no verbal, seguridad en sí mismos e independencia.

Este es uno de los ejemplos de cuentos que se usan para estimular la metacognición, es decir, el saber sobre el saber, sobre cómo sabemos lo que sabemos: El descubrimiento de Harry Stottlemeier:

Empieza con una sección en la que se pide al epónimo Harry una redacción titulada “Lo más interesante del mundo”. Harry, un niño con el que yo mismo me identifico, decide escribir sobre el pensamiento: “Para mí, lo más interesante del mundo es pensar. Sé que muchas otras cosas son también muy importantes y maravillosas, como la electricidad y el magnetismo y la gravitación. Pero esas cosas, aunque las entendamos, no nos pueden entender a nosotros. Así que pensar debe de ser algo muy especial.

Vía | Kluge de Gary Marcus

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