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Cuando leemos hipertextos no aprendemos ni recordamos tanto como al leer texto lineal

Cuando leemos hipertextos no aprendemos ni recordamos tanto como al leer texto lineal
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Una de las grandes ventajas de los hipertextos es que las palabras clave están vinculadas con otros lugares donde se puede ampliar información, tirando del hilo de la curiosidad hasta acabar en leyendo más y más cosas sobre aspectos que en principio no eran de tu interés. Sí, ahora podéis pinchar en el término hipertexto para profundizar.

Y si os digo que los hipertextos hacen realidad el sueño de la hipernovela de Calvino, concéntrica e invertebrada, entonces podéis pinchar en la hipernovela de Calvino para saber más sobre ello, y quizá ese enlace os llevará a otras corrientes artísticas, como el cubismo pictórico).

Así pues, los hipertextos parecen ser la panacea pedagógica. Una forma de aprender de todo saltando caprichosamente de un texto a otro según nuestro intereses. Como si leyéramos un libro sobre todos los libros. Pero las investigaciones al respecto no ofrecen una perspectiva mucho más sombría: los hipertextos precisamente impiden que aprendamos y recordamos tan bien como lo hacemos al leer un texto lineal, tal y como avanzo en dos artículos que he publicado recientemente (y ahí van dos hipervínculos más): Divulgación 2.0 Ventajas y desventajas de la ciencia en Internet y ¿Por qué leer a través de Internet no es lo mismo que leer un libro?

Para entender mejor esta idea contraintuitiva es necesario saber cómo leemos. Al enfrentarnos a la lectura de un texto, nuestros ojos no recorren de forma fluida el texto sino que nuestro foco visual avanza dando pequeños saltos (saccades o fijaciones oculares), breves paradas en puntos diferentes de la línea, tal y como descubrió el 1879 el oftalmólogo francés Louis Émile Javal. Lo que se descubrió poco después, precisamente por un colega de Javal en la Universidad de París, es que estas fijaciones oculares o saccades varían según lo leído y el lector.

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A la vista de estos descubrimientos, psicólogos y neurólogos han realizado infinidad de estudios de trayectoria ocular para entender mejor cómo leemos y cómo funcionan nuestras mentes al hacerlo.

Por ejemplo, Jakob Nielsen llevó a cabo un estudio con 232 voluntarios que llevaban instalada una pequeña cámara que registraba sus movimientos oculares a medida que leían páginas en Internet. Descubrió que casi ninguno de los participantes leía el texto en pantalla metódicamente, línea por línea, como se leen las páginas de un libro impreso, tal y como explica Nicholas Carr en su libro Superficiales:

La inmensa mayoría de ellos echaba una rápida ojeada con la que escaneaba la pantalla en un patrón que seguía aproximadamente el trazo de la letra F. Empezaban con un vistazo a las dos o tres primeras líneas del texto. Luego bajaban la vista un tanto para escanear unas líneas más a mitad de pantalla. Por último, dejaban pasear la vista un rato, como un cursor, un poco más abajo, hacia la parte inferior izquierda de la ventana. Este patrón de lectura online se vio confirmado por otro estudio de control del movimiento visual realizado en el Laboratorio de Investigación de Usabilidad de Software de la Universidad Estatal de Wichita.

Pero el lector online no sólo tiene un patrón de lectura distinto, sino que también se ve influido negativamente por el texto online si éste está jalonado de hipervínculos, dejando en evidencia que, en un entorno digital, los lectores tienden a explorar muchos temas extensamente, pero a un nivel más superficial, menos sostenido. Como si en un texto online perdiéramos la paciencia. O mejor dicho: en un texto online hay muchos más factores que llaman nuestra atención, haciéndonos perder la concentración: datos y más datos anecdóticos que alimentan nuestra curiosidad innata… pero que eliminan la inclinación por profundizar intelectualmente en lo leído.

Parece ser que navegar por un bosque de datos electrónicos fortalece ciertas habilidades cognoscitivas que tienden a involucrar funciones mentales de nivel más bajo, más primitivas, como la coordinación ojo-mano o el procesamiento visual de señales. Se sospecha que buscar información por Internet también fortalecerá las funciones cerebrales relacionadas con determinadas resoluciones rápidas de problemas. Es decir, que navegando también hacemos gimnasia mental. Pero como señala la psicóloga Patricia Greenfield, en un artículo publicado en Science a principios de 2009 tras analizar más de cincuenta estudios sobre los efectos que los diferentes medios de comunicación ejercen sobre la inteligencia de la gente y su capacidad de aprendizaje, “todo medio desarrolla ciertas habilidades en detrimento de otras.”

En este caso, Internet parece estar debilitando la lectura profunda, el pensamiento crítico y el análisis inductivo. Es suma, nos está haciendo más superficiales.

Por ejemplo, Erping Zhu, dirigió un experimento para demostrar que la lectura online tenía esos efectos, sobre todo el hipertexto, haciendo que grupos diferentes de personas leyeran el mismo fragmento de un texto online. La única diferencia era el número de hipervínculos que incluía el texto. Descubrió que la comprensión disminuía a medida que aumentaba el número de hipervínculos: los lectores dedicaban cada vez más atención y potencial cerebral a evaluar los vínculos para decidir si pulsarlos o no.

Si al hipertexto añadimos tecnología multimedia, generando “hipermedia”, entonces podemos echar un vistazo al estudio publicado en Media Psychology en 2007, donde se reclutó a 100 voluntarios para que visualizaran una presentación sobre un país africano. Posteriormente se les sometió a una serie de preguntas sobre el material. Los que leyeron solamente texto obtuvieron una puntuación de 7,04, mientras que los que habían visto multimedia no pasaron del 5,98.

Al similar ocurrió en un experimento realizado en la Kansas Satate University, donde un grupo de universitarios tuvo que ver un telediario de la CNN cuya presentadora informaba de cuatro noticias mientras varias infografías parpadeaban en la pantalla y los teletipos desfilaban por su parte inferior. Los estudiantes que vieron el telediario sin estos añadidos recordaron más datos de las noticias presentadas.

En 2005, Diana DeStefano y Jo-Anne LeFevre, psicólogas del Centro de Investigación Cognitiva Aplicada de la Universidad de Carleton (Canadá), sometieron a revisión exhaustiva nada menos que 38 experimentos ya realizados en relación con la lectura de hipertextos.

La mayoría de las pruebas indicaba que “las crecientes demandas de toma de decisiones y procesamiento de la lectura”, especialmente en contraste con “la presentación lineal tradicional.” Concluyeron que “muchas prestaciones del hipertexto aumentaban la carga cognitiva, pudiendo exigir mayor memoria de trabajo de la que tenían los lectores.”

En Internet también existen otras decenas de distracciones, como los correos electrónicos, el RSS, el chat, etc., unas funciones que empiezan a incorporarse a todos los nuevos sistemas de lectura de libros, lo cual puede también empeorar todavía más nuestra atención sobre lo leído. O como explica Maggie Jackson en su libro sobre la multitarea, Distracted: “el cerebro se toma su tiempo para cambiar de objetivo, recordar las reglas necesarias para la nueva tarea y bloquear la interferencia cognitiva de la actividad, aún vívida, que la ocupaba”.

Si queréis profundizar un poco más en ello (y a riesgo de que saltéis caprichosamente de un enlace a otro): Divulgación 2.0
Ventajas y desventajas de la ciencia en Internet
y ¿Por qué leer a través de Internet no es lo mismo que leer un libro?, Superficiales de Nicholas Carr, Cómo leemos de Maryanne Wolf y Cultura basura, cerebros privilegiados de Steven Johnson.

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