Creemos en lo que queremos creer y no en lo que es más evidente (y II)

Creemos en lo que queremos creer y no en lo que es más evidente (y II)
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Como os prometía en la anterior entrega de este artículo, voy a enumeraros los argumentos más empleados por los fumadores frente a los estudios que sugerían que fumar producía cáncer de pulmón.

Argumentos muy poco sólidos desde el punto de vista de la lógica que os sonarán muchísimo, y no sólo del ámbito del tabaco:

-Muchos fumadores tienen una larga vida: frente a este tipo de argumento suelo contestar siempre lo mismo: claro, y mi prima es calva. La gente suele decir “conozco muchos casos” basándose exclusivamente en su entorno (por ejemplo, ahora está de moda decir que la juventud es más violenta y ha perdido los valores, aunque el que afirma tal cosa sólo se base en que se ha cruzado con unas cuántas docenas de jóvenes conflictivos). Peor es el caso cuando, como en el tema del tabaco, esa afirmación contradice las estadísticas.

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-Hay muchas cosas que son peligrosas: claro, siempre hay cosas peores, cosas más importantes de las que hablar, etc. Pero, por un lado, es una forma de desviar la atención del tema tratado. Y, por el otro, ¿realmente el individuo que afirma tal cosa se ha tomado la molestia de cuantificar las cosas que son más peligrosas y cuán peligrosas son en comparación con fumar? La afirmación suele usarse en abstracto: yo no soy tan malo asesinando a diez personas, total, Hitler mató a miles.

-Fumar es mejor que comer o beber en exceso: de nuevo una extensión del anterior argumento. Siempre podemos encontrar algo más nocivo: una persona que coma y beba mucho, entonces, podría decir: peor es esnifar cocaína. Un violador podría decir: peor es asesinar o ser pederasta. Etcétera.

-Es preferible fumar que ser un manojo de nervios: aquí no sólo se busca algo peor para desviar la atención sino que, en su momento, no existía prueba alguna de esa causa-efecto.

Incluso las personas más preparadas intelectualmente, los universitarios, las personas más cultivadas, los estudiosos de las falacias lógicas, los filósofos y, en general, todas las personas que nos rodean no están equipadas para razonar de manera equilibrada y tropiezan en esta debilidad. Hasta el punto de que las personas parecen completamente ciegas a las evidencias.

En un famoso experimento se solicitó a los estudiantes de la Universidad de Stanford que evaluasen una serie de estudios sobre la efectividad de la pena capital. Algunos de los alumnos ya tenían una opinión formada a favor de la pena capital, y otros en contra. Los estudiantes enseguida encontraron lagunas en los estudios que ponían en tela de juicio lo que ellos opinaban, pero a menudo pasaron por alto problemas igual de graves en estudios que llegaban a conclusiones consecuentes con sus opiniones sobre la pena capital.

Además de las consecuencias obvias de estos defectos de fábrica de nuestro cerebro (que la educación reglada apenas combate), como la creencia en pseudociencias absurdas o religiones naïf, esta clase de autoengaño alimentado por el razonamiento motivado tiene graves consecuencias sociales que afectan a la convivencia:

-Fricción social (cuando rechazamos bruscamente el punto de vista del prójimo).

-Autodestrucción (por ejemplo, cuando los fumadores restan importancia al hábito de fumar o los enfermos se ponen en manos de homeópatas).

-Y tampoco la ciencia se salva: o los científicos, más concretamente, cuando se niegan a reconocer datos que cuestionan sus teorías. Por ello el método científico debe ser tan exigente y el escepticismo debe ser un arma afilada: porque la ciencia es el mejor método para alcanzar certidumbre sobre las cosas, pero los científicos son la forma más rápida de alcanzar las pifias más sonadas.

O dicho de otro modo: en ocasiones, hasta la gente más inteligente puede ser tonta de remate.

Vía | Kluge de Gary Marcus

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