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Así es como la proporcionalidad y la equidad varía entre relaciones y contextos

Así es como la proporcionalidad y la equidad varía entre relaciones y contextos
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Compartir es un acto moral esencial que, desde bien pequeños, se nos inculca (en parte) y viene instalado en nuestra circuitería neuronal (por otra parte). Si hay dos niños y reciben seis golosinas, ambos tienden que lo justo es dividir la recomensa en tres y tres. Es lo que se llama igualdad.

Pero ¿qué sucede cuando la recompensa no es sin más sino a cambio de algo, como recoger la habitación? Si un niño sí que ha recogido la habitación pero no ha hecho nada, entonces surge otra intuición: la equidad y la proporcionalidad. Este sentimiento también parece aflorar incluso en los niños más pequeños, de apenas 19 meses de edad.

Desigualdad equitativa

Según los psicólogos del desarrollo Christina Starmans, Mark Sheskin y Paul Bloom, tras revisar la literatura científica sobre la equidad en los niños, llegaron a la siguientes conclusiones: "los seres humanos favorecen de forma natural las distribuciones equitativas, no las iguales" y "cuando la equidad choca con la justicia, las personas prefieren una desigualdad equitativa que una igualdad no equitativa."

Eso no significa que no entendamos que, en condiciones desfavorables, por ejemplo, sea justo ayudar con más recursos a una persona. Pero a la hora de asignar recursos, nuestro baremo predilecto tiende a ser el de la proporcionalidad y el mérito, antes que la igualdad.

Esto es lógico en el sentido de que las relaciones humanas se basan en la reputación, y esto incluye, naturalmente, el rendir cuentas de lo que uno ha contribuido en la comunidad o cuánto se ha esforzado y qué ha logrado conseguir, así como habilidades u otras credenciales que se puedan presentar. Incluso en un matrimonio se tienen en cuenta estas dinámicas: "yo soy el único que lava los platos y tú no haces nada".

Cuanto todos los miembros de una comunidad perciben que todas las proporciones son iguales, entonces todos perciben que las cosas son justas, y la armonía es mucho más probable. De hecho, la sensación de justicia en ese sentido es tan acusada que las personas que creen que se les está pagando de más por un trabajo, tienden a esforzarse más para merecer la paga, para rectificar a la baja su proporción.

Con todo, hay dos dimensiones en las que nos fijamos intuitivamente a la hora de valorar estas dinámicas: la justicia distributiva (la percepción de que las personas obtienen lo que se merecen) y la justicia procedimental (la percepción de que el proceso mediante el cual se distribuyen las cosas y las normas que se aplican son equitativas y fiables). A menudo se apela a la igualdad porque la justicia procedimental no es verdaderamente justa, porque los que más tienen no merecen tanto y los que menos tienen tampoco merecen tan poco; pero un mundo ideal para la circuitería neuronal que viene de sere instalada en nuestros cerebros no sería el de una justicia procedimental adecuada mezclada con una justicia distributiva.

Es decir, no debemos lugar cada vez más por la igualdad. Debemos luchar, cada vez más, para que cada uno reciba lo que merezca.

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