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¿Por qué la justicia social no puede confiar solo en la democracia?

¿Por qué la justicia social no puede confiar solo en la democracia?
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Ya contábamos en Los países menos democráticos crecen a nivel sanitario y económico que la democracia debe considerarse un bien en sí mismo más que el epítome de la eficacia para obtener todo lo que consideremos bueno o deseable para una sociedad.

Por esa razón, la justicia social no debería confiar solamente en la democracia para llevar a cabo sus fines.

Injusticia

La democracia es aparentemente justa, pero eso no significa que acabe por producir situaciones injustas. Por ejemplo, hacer que el grupo que está en minoría quede completamente excluido al final del proceso. Si todos los blancos votan que deberían ponerse canciones de blancos en la radio pública en detrimento de la música afroamericana, y los afroamericanos son minoría en una población, ¿estamos ante un acto justo? Si en vez de elegir canciones, escoges legisladores estatales, ¿te parece menos trivial?

Como señala la experta jurista de Harvard Lani Guinier en The Tyranny of the Majority, algunas formas en que las comunidades podrían llevar a cabo las elecciones y dividir el poder electoral también pueden excluir o dejar en desventaja a las minorías. Sin contar temas más complejos donde la línea entre quiénes son las mayorías o las minorías en un proceso de secesión de una región de un país: ¿deben votar los que viven en el terreno que quiere secesionarse o en todo el ámbito nacional porque se están dirimiendo los derechos que todos tienen sobre todo el territorio?

Parece obvio, pues, que deben establecerse unas normas que estén por encima de la propia democracia para que la democracia no se transforme en tiranía. Por ejemplo, si la democracia viola los derechos humanos, no puede darse carta de naturaleza a una votación. Votar más no es sinónimo de más democracia, sino votar mejor. Hacer consultas más justas y que se rijan por determinadas reglas, es más democrático que hacer simplemente consultas sin más. Entonces se deben escoger una serie de ideas intocables, pero ¿estas ideas deben ser escogidas democráticamente? ¿Emanan de los expertos? ¿Son siempre intocables?

Muchas de estas preguntas ni siquiera tienen una respuesta correcta, sino que se basan en líneas arbitrariamente acondicionadas en función del contexto social o del momento histórico, como la línea que determinamos como la mayoría de edad para prestar consentimiento sexual o la que define la legalidad de un aborto.

La democracia basa su propia definición en el poder de las mayorías, pero hay muchas minorías que se ven acosadas porque muchas injusticias no se perciben como tal si no se pertenece a dicha minoría.

El sexismo no adolece de este problema porque hay casi tantas mujeres como hombres, pero ¿qué sucede con los tartamudos o los daltónicos? En el debate público se habla de minorías generalmente grandes (o que están de moda), pero se olvida sistemáticamente el millón de subgrupos de minorías que jamás ven representados sus intereses en el debate público? ¿Los obesos están menos discriminados que los afroamericanos o las mujeres en todas las situaciones y en todos los momentos?

Esta clase de preguntas ni siquiera suelen salir a colación. Por ello, una sociedad democrática no solo es una sociedad donde la gente puede votar (ni siquiera si se tiene más en cuenta al 51 % de la sociedad frente al otro 49 %), sino la que proporciona una vía para que los individuos y los grupos puedan hacer nuevas reclamaciones de justicia, con independencia de su tamaño o su relevancia social, tal y como señala Jonathan Haidt en su libro La transformación de la mente moderna:

Una sociedad democrática abierta considera esas reclamaciones, las debate y después actúa sobre aquellas que combinan argumentos convincentes con una presión política eficaz. Si el resultado es una nueva ley respaldada por nuevas normas ampliamente compartidas, como ocurrió con la lucha por los derechos civiles de los años setenta.

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