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Centralia: la ciudad construida sobre el infierno

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Centralia. El lugar tiene un nombre que sólo puede ser asociado a experimentos secretos del gobierno o a nave espacial donde habita un alienígena con forma de cucaracha gigante que más pronto que tarde se zampará a toda la tripulación, no sin antes llenarla convenientemente de babas. Centralia suena a ciudad de pesadilla. Y ciertamente lo es: bajo este municipio en el condado de Columbia, Pensilvania, en los Estados Unidos, parecen borbotear las calderas de Pedro Botero, día y noche.

El censo de Centralia, habida cuenta de su extensión geográfica, era completamente normal en 1981: algo más de 1.000 habitantes. En poco tiempo, sin embargo, Centralia pasó a tener 12 esforzados habitantes. 12 valientes que se niegan a abandonar sus hogares a pesar de que bajo la ciudad arde un fuego infernal que ningún soplido podrá apagar.

En 1841 se construyó la primera taberna de Centralia, Bull´s Head, y poco después, en 1854, Alexander W. Rea, un ingeniero minero civil de la compañía Locust Mountain Coal and Iron, se mudó a la zona y construyó calles y parcelas. Hasta 1865, este lugar se conocía como Centreville, hasta que se estableció la oficina de correos, entonces pasó a llamarse Centralia.

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Centralia se convirtió entonces es un bonito pueblo que vivía en gran parte de sus minas de carbón. Ya en 1860-1870, Centralia fue cuna de activistas de la organización secreta de mineros llamada Molly Maguires. Algo así como la logia masónica de las minas, aunque con más mala baba. Sus actividades eran propias de las bandas callejeras que no quieren que nadie meta las manos en sus negocios, eufemísticamente organizados en “gremios” aunque tuvieran aspecto de ser los Corleone de la minería. Tanto es así, que el fundador de Centralia, Alexander Rea, fue asesinado en las afueras del municipio el 17 de octubre de 1868 por esta orden clandestina, sin mencionar otros tantos asesinatos, incendios y ajustes de cuentas propias de la mafia italiana.

La cuestión es que Centralia era un lugar en el que cualquier chispa podría prender la mecha, como finalmente sucedió. En 1962 se produjo un incendio aparentemente inofensivo y fortuito en un basurero del municipio, dentro de una fosa de una mina abandonada, que rápidamente se extendió por el subsuelo hasta llegar a una veta de carbón. Las llamas que brotaron a la superficie no tardaron en ser extinguidas por el cuerpo de bomberos, pero el carbón de las entrañas de la tierra continuó ardiendo inexorablemente.

Las continuas emanaciones de monóxido de carbono empezaron a afectar la salud de varios habitantes. Nadie es capaz de apagar un fuego subterráneo como ése, y el problema es que bajo Centralia se calcula que la veta de carbón de 13 kilómetros de extensión es suficiente para alimentar el fuego durante 250 años.

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Ya en la entrada del municipio, por la carretera estatal 61, puede divisarse un enorme cartel que advierte: Incendio en mina subterránea. Adentrarse en esta área puede ocasionar graves daños o la muerte. Gases peligrosos. Peligro de hundimiento.

Al principio, la gente se resignó a vivir sobre una eterna parrilla. Con todo, esta inestable situación ha ido obligando a los habitantes de Centralia a abandonar paulatinamente sus casas, ante la posibilidad de que en cualquier momento se abra una brecha en el suelo de la cocina o el dormitorio y una lengua de fuego lo calcine todo. Ya en 1979, ocurrió un incidente que hizo que la población empezará a cobrar conciencia del peligro que acechaba: el propietario de una gasolinera insertó una vara de medición en uno de los tanques subterráneos para verificar el nivel de combustible, al retirar la vara ésta estaba caliente, de modo que el propietario tuvo la idea de hacer descender un termómetro con una cuerda. Al sacar el termómetro, descubrió aterrorizado que la gasolina del tanque estaba a 78 grados centígrados.

Y es que el fuego ha conseguido levantar ya las calles y partir en dos las carreteras, como si el lugar hubiera sido víctima de un terremoto, y de determinadas zanjas brotan columnas de humo, como las chimeneas de una ciudad subterránea. Una de las grietas que se abrió en el suelo calefactado de Centralia fue en la que un niño de 12 años, Todd Domboski, cayó en 1981. El niño fue finalmente rescatado, pero se descubrió que el pozo recién abierto tenía decenas de metros de profundidad.

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Ante lo descrito, no es extraño que el pueblo les sirviera de inspiración a los desarrolladores del videojuego Silent Hill, del que también existe ya una adaptación cinematográfica del mismo título.

Actualmente se estima que la veta de carbón bajo Centralia tiene una extensión de 10 kilómetros y que están ardiendo a toda mecha, como una eficiente locomotora de vapor, a unos 1.000 metros de profundidad. Así que debido a que el pueblo parece estar vivo, siempre abriéndose, partiéndose y emitiendo un gorgoteo incesante, las autoridades evacuaron la ciudad en 1984 y el Congreso de los Estados Unidos asignó más de 40 millones de dólares para la reubicación de las personas. Las familias que decidieron aguantar las condiciones de Centralia finalmente fueron expulsadas en 1992, después de una larga batalla legal y de que el estado de Pennsylvania les expropiara todos los inmuebles.

En 2002, el servicio postal estadounidense revocó el código de área del pueblo. A día de hoy, la única iglesia que ha quedado en el lugar mantiene servicios semanalmente los sábados por la noche y sus cuatro cementerios, casualmente, están en muy buen estado. Algunos turistas se aventuran a acercarse a Centralia, aunque pocos lo hacen sin un atisbo de inseguridad en el paso. En cualquier momento, este pequeño municipio fantasma, invadido ya por la vegetación, puede abrirse y tragarse todo cuanto halla sobre ella.

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De momento, tenéis todavía dos siglos por delante para poder visitarla en plena “efervescencia”. En cuanto os acerquéis por la carretera estatal 61, avistaréis un enorme cartel que advierte: Incendio en mina subterránea. Adentrarse en esta área puede ocasionar graves daños o la muerte. Presencia de gases peligrosos. Peligro de hundimiento.

Aunque Centralia es el caso más conocido de ciudad construida sobre un submundo en el que no nos extrañaría encontrar las escenas que Jan van Eych o El Bosco pintaban sobre el Apocalipsis y el Juicio Final, también existen otros que ya han sido anunciados por el Banco Mundial y la Agencia Internacional de la Energía. Casos que se han detectado en las regiones mineras de Borneo, de Jharia, en la India oriental, y del norte de China y Mongolia. Mundos de tinieblas y fuegos latentes de los que, además, emanan gases y humos que contribuyen perceptiblemente en el efecto invernadero y el calentamiento global.

Vía | Fogonazos

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