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El botiquín de nuestra casa (XI): el laxante

El botiquín de nuestra casa (XI): el laxante
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La preocupación por el funcionamiento de nuestros intestinos no tiene nada nuevo, la farmacología de los pueblos antiguos ya incidía en los problemas entéricos.

El primer purgante catártico que se conoce, muy popular en Mesopotamia y a lo largo del Nilo, era un aceite amarillento, extraído del ricino. El aceite de ricino no tenía sólo una función laxante, sino también como una loción emoliente para la piel y como lubricante en el ramo de la construcción, pues facilitaba el deslizamiento de los grandes bloques de piedra sobre rodillos de madera.

Resulta irónico que el mismo aceite que servía para ir al baño también se usara para desplazar grandes piedras.

En 1500 a. C., el conocimiento de los asirios en el campo de los laxantes era ya extenso. Estaban familiarizados con laxantes “formadores de bolo”, como el salvado; laxantes “salinos”, que contienen sodio e introducen agua en el intestino; y laxantes “estimulantes”, que actúan sobre la pared intestinal para promover las contracciones peristálticas que provocan la defecación. Éstas son las tres formas principales de los modernos laxantes.

Para que el sabor de los laxantes fuera más admisible a nuestro paladar, en 1905, un farmacéutico tuvo la idea de combinar un laxante con chocolate, y con ello captó la atención del mercado norteamericano.

El húngaro Max Kiss descubrió las propiedades laxantes de la fenolftaleína gracias a que este aditivo se añadía a los vinos, que provocaban algo más además de resaca al día siguiente.

Cuando Kiss emigró a Nueva York en 1905, empezó a combinar la fenolftaleína con chocolate para producir un laxante comercial. Finalmente dio a su producto el nombre de Ex-Lax, contracción de “Excelente Laxante”.

El sabor del chocolate que formaba parte del laxante fue muy bien recibido, en comparación con otros purgantes corrientes como el aceite de ricino, especialmente entre los niños.

Vía | Las cosas nuestras de cada día de Charles Panati

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