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El lado oculto del inventor del teléfono

El lado oculto del inventor del teléfono
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Hoy vamos a abrir las páginas de la prensa amarilla de la ciencia hasta llegar a la época en la que Alexander Graham Bell ya estaba sobrado de dinero y fama por haber inventado el teléfono.

(Aunque en justicia, el verdadero inventor del teléfono, como me han corregido en los comentarios, fue el italiano Antonio Meucci)

Buscando nuevos horizontes que cubrir, Bell se decantó entonces por la genética, sacando lo peor de sí mismo y reafirmando esa idea de la sabiduría popular de que “no se puede ser bueno en todo”.

Bell empezó en la genética con modestia. Se limitó a criar un puñado de ovejas con cuatro pezones cada una en vez de los dos habituales.

Más tarde, como inventor de un aparato que se basaba en el sonido, se interesó por él a nivel genético: la herencia de la sordera.

Pero su verdadera pasión no tardaría en aflorar: la genética de la longevidad humana. Para ello, estudió a conciencia la familia de uno de los Padres Peregrinos de los Estados Unidos, un tal William Hyde. Tras estudiar sus datos, Bell concluyó que la longevidad era en su mayor parte heredada.

Que Bell estuviera a favor de la eugenesia no debe extrañarnos porque muchos científicos de principios del siglo XX lo estaban. Pero Bell no creía en la eugenesia que trata de eliminar desde el Estado a los discapacitados mentales, por ejemplo, que estaba tan en boga en 1920, sino que aspiraba a una eugenesia más positiva, más humanista.

Su ingenua idea era la siguiente. Empezó a hacer un exhaustivo estudio genético de las escuelas de la zona de Washington DC, preguntando a los niños qué edad tenían sus padres y abuelos. Luego publicaría los resultados junto a los nombres y las direcciones en un volumen que llamó, sin ambigüedades, un “pedigrí humano”.

Bell creyó que la gente consultaría su libro de pedigrís y que los descendientes de la gente que había vivido más se buscarían los unos a los otros, se enamorarían y tendrían hijos. Los descendientes de quienes habían vivido poco quizá deberían quedarse solteros. O tal vez los que vivían poco y los que vivían mucho se separarían en dos razas, en una especie de gerontocracia.

Para Bell todo era muy natural e incluso moral. Pero a su muerte, en 1922, su disparatado plan se fue a pique. Afortunadamente.

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