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El vino de Thomas Jefferson

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La botella de vino más cara jamás vendida en la sala de subastas Christie’s, de Londres, fue el 5 de diciembre de 1985. No tenía etiqueta, pero tenía marcado en el vidrio el año 1787, la palabra "Lafitte" y las letras "Th.J.". Todo apuntaba a que se trataba de una botella que había pertenecido a Thomas Jefferson. Los expertos en vidrio confirmaron que tanto la botella como el grabado y el estilo era el francés del estilo francés del siglo XVIII. Según decían, su valor era inestimable.

Durante su primer mandato como presidente, Jefferson gastó 7.500 dólares (unos 120.000 al cambio actual) en vino. Se le considera como el primer gran conocedor de vinos de Estados Unidos. Pero lo que importaba era saber si esa botella era auténtica o una falsificación.

Una posible forma sería abrirla y que los catadores de vino confirmaran o desmintieran si realmente era auténtica. ¿Son fiables los catadores? Diferentes experimentos con catadores no han sido satisfactorios a la hora de catas ciegas. Los catadores tienen una predisposición al sabor del vino en función de la etiqueta y otros detalles que nada tienen que ver con el sabor.

La parte científica de esta situación es más curiosa. La primera idea que nos viene a la cabeza es comprobar si la prueba del carbono 14 podría dar la fecha correcta del vino que contenía la botella. Todo material orgánico contiene carbono 14 y este va decayendo con el tiempo. En función del tiempo que ha pasado, los átomos que componen ese vino variarían. Pero tampoco funcionaría: es demasiado reciente y es demasiado impreciso para datar materiales de unos pocos siglos.

Aun así, hay un detalle importante. Después de las pruebas nucleares de los años 1950 y 1960 la cantidad de carbono 14 y tritio (un hidrógeno cuyo núcleo es un protón y dos neutrones) aumentó de forma considerable, lo que hace que sí podamos identificar si un vino es anterior o posterior a los años 1960: si hay demasiado de alguno de esos dos elementos, ese vino es posterior. Pero el problema vuelve a ser el mismo: hay que abrir la botella para comprobar la edad del vino.

Así que, contactaron con Philippe Hubert, un físico francés, que podría averiguarlo sin destapar la botella. Resulta que anteriormente a las pruebas nucleares, en la atmósfera no existía cesio 137, pues la vida de dicho isótopo es de 30,23 años. Es decir, que si tenemos una muestra con una determinada cantidad de cesio 137, al cabo de 30,23 años tendremos la mitad de ese cesio. Y dada la edad de la Tierra, no hay forma en la que este elemento se esté produciendo en la superficie de la misma en cantidades suficientes como para tenerse en cuenta.

Como decíamos, después de las pruebas nucleares se produjo una buena cantidad de cesio 137 que se distribuyó por la atmósfera. Si tenemos un vino en el que podemos detectar cesio 137 podremos garantizar que dicho vino es posterior a la era de las pruebas nucleares y, por tanto, posterior a la década de los 1950-60.

Así que volaron a Francia, con la botella Jefferson (y otra más de la misma colección) envasados ​​en dos maletas a prueba de balas, resistentes al impacto como equipaje de mano. Para ello, había tenido que pedir un permiso especial para no tener que pagar el impuesto por cruzar la frontera. Cuando el vigilante de seguridad de Heathrow estaba mirando dichas botellas, el que las llevaba dijo: No se puede conseguir una buena botella de buen vino en el avión.

Cuando Hubert le hizo el test a esa botella el resultado fue que no detectó trazas de cesio 137. Su conclusión fue que aquel vino había sido producido antes de la era nuclear; por tanto, podía ser tanto del año 1783 como del 1943.

Todo parecía apuntar a que eran auténticas, pero desde Monticello seguían dudando de la autenticidad de esa botella.

Prefiero no desvelar el final y que leáis vosotros mismos el artículo entero del New Yorker. Pero he querido dedicar este artículo, sobre todo, a la parte de los nuevos elementos producidos después de las pruebas nucleares y cómo pueden intervenir en la datación de ciertas sustancias.

Fuente:

The New Yorker

Imagen:

William Koch (enlace)

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