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Spam inteligente

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Aunque parezca un oxímoron, al estilo de “Inteligencia militar”, el spam puede llegar a ser inteligente y benévolo. En un mundo donde se está discutiendo acaloradamente si debemos preservar el copyright a fin de proteger a los artistas o eliminarlo por revelarse como un sistema de compensación económica obsoleto, vale la pena plantearse que el spam inteligente podría constituir una alternativa interesante.

Muchas películas y series ya se financian con la colocación y presencia de productos comerciales que en nada alteran el argumento (sólo es atrezzo) pero que tienen un impacto publicitario en el consumidor. Es lo que se llama “product placement”. Por eso vemos a determinado personaje beber Coca Cola o teclear en un MacBook.

Este método, cada vez más socorrido en un mundo en el que fácilmente podemos pasar por alto los cortes publicitarios (haciendo zapping, visionando los contenidos online, empleando dispositivos como TiVo, podría desencadenar una carrera armamentística de marketing entre publicistas llenando de logos corporativos el traje de Batman y expertos en programas de edición borrándolos para mantener inmaculada su esencia.

La solución, pues, pasa por construir publicidad que no sea percibida como publicidad sino como información altamente relevante para nosotros. Tan relevante que podría inducirnos a volcarnos en ella en exclusiva, con tanto interés como le profesamos a un capítulo de Urgencias.

A bajo nivel, es lo que ya hacen los anuncios de Google Adsense, o de portales como Amazon, que se basan en tu historial como comprador para enviarte recomendaciones.

Esta publicidad personalizada no es una entelequia si ésta surge como resultado del sistema emergente de los medios, evaluada y vinculada de forma automática al usuario. Es una publicidad inteligente ascendente, filtrada por los propios usuarios, tanto de forma activa como pasiva.

Sin embargo, cabe suponer que podrían darse adulteraciones o manipulaciones por parte de publicistas para que nos llegaran anuncios que, a priori, no parecen haberse generado a raíz de nuestro perfil como consumidor. Para evitar este escenario, deben llevarse a cabo dos medidas que Steven Johnson relata así en su libro Sistemas emergentes:

Primero, necesitamos una regulación anti spam poderosa que asegure que podemos borrarnos de una lista de correo en cualquier momento sólo con enviar un e-mail. En segundo lugar, los propios sistemas de anuncios inteligentes deberían ser evaluados por la comunidad de usuarios, en sitios de consumidores como Epinions. Obtenemos recomendaciones de libros basadas en nuestra evaluación de otros libros; nos suscribimos a un servicio de recomendación de libros basado en las evaluaciones del servicio. Un agente de publicidad que alterara sus filtros para promover los productos más caros vería declinar su rating cuando los consumidores descubrieran que los anuncios inteligentes no eran tan inteligentes después de todo.

Gracias la inteligencia colectiva gestionada por el software que promoviera su emergencia, muy pronto podríamos dejar de necesitar una asociación de defensa del consumidor: no porque las corporaciones hubieran ganado al Estado sino porque los consumidores habrían aprendido a regularse por sí mismos.

Vía | Sistemas emergentes de Steven Johnson

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