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Nuestro cerebro está siempre drogado: ¿cómo sacarle partido? (I)

Nuestro cerebro está siempre drogado: ¿cómo sacarle partido? (I)
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La gente suele responderme irritada cuando trato de explicar que el amor es pura química agitada en la coctelera hormonal. Esto ocurre, probablemente, por mi falta de tacto, pero también porque parece que, de ese modo, le estoy arrancando la magia, el romanticismo al sentimiento amoroso.

La gente medianamente cultivada puede incluso asumir que el miedo o las emociones fuertes como las que experimentamos al lanzarnos en paracaídas deben tener su propia arquitectura química y neuronal. Pero un sentimiento tan rico y platónico como el amor, el pegamento de las parejas, el lubricante de las relaciones sociales, el sentimiento en definitiva que nos define como humanos no puede proceder exclusivamente de un sustrato fisiológico.

Sin embargo, precisamente porque el amor es un sentimiento tan fundamental en el ser humano necesita de un circuito subyacente para cumplir bien su cometido. Si el amor no tuviera esta base fisiológica innata y tuviera que aprenderse como se aprende mecanografía o a montar un mueble del Ikea, entonces la emoción no tendría el poder transformador que tiene.

Para apaciguar las inquietudes de los románticos que le cantan a la luna, du-dua, trato de exponerles el siguiente ejemplo: comprender el funcionamiento de la digestión y la razón por la que preferimos unos alimentos a otros no ha menoscabado en absoluto la entrega hedonista hacia la gastronomía. Seguimos disfrutando de un buen filete aunque sepamos en qué se va a convertir tras su paso por el sistema digestivo: un filete no deja de ser una caca unas horas antes de haber sido consumida.

De la misma manera, una mayor de nuestro cerebro no debería eliminar la poesía de sentimientos tan profundos como el amor. Más al contrario: considero que puede permitirnos disfrutar de él con mayores garantías.

Nuestro cerebro es como es gracias a que está continuamente drogado. Todos nos encontramos bajo el influjo de unas sustancias químicas que, molecularmente hablando, son casi indistinguibles de drogas por las que podrían arrestarnos si las consumiéramos en un lugar público. Aunque, a diferencia de las drogas exógenas (cocaína, marihuana, etc.), las drogas endógenas (serotonina, dopamina, etc.) son más fácilmente regulables en su secreción y luego en su reabsorción: nadie muere por sobredosis de endorfinas.

Estas drogas son imprescindibles para el cerebro. Sin estas drogas mentales, sencillamente no tendríamos personalidad.

Asumido esto, ¿en qué cambiaría nuestra vida si supiéramos reconocer e incluso anticipar la secreción de sustancias químicas específicas en nuestro cerebro?

Lo sabremos en la segunda entrega de este artículo.

Vía | La mente de par en par de Steven Johnson

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