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El doble espíritu: travestismo cromosómico

El doble espíritu: travestismo cromosómico
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Una persona nace hombre o mujer dependiendo de si sus cromosomas sexuales son XY o XX. Los órganos sexuales también ayudan a identificar a los machos de las hembras. Pero la identidad sexual es un proceso un poco más complejo, donde también intervienen procesos socioculturales.

Por ejemplo, existen casos de disforia de género: individuos que creen profundamente que su sexo cromosómico no se corresponde con el modo en que ellos consideran su identidad sexual. Generalmente, debido a la presión social, en estos casos uno suele decantarse por el travestismo o por tratamientos hormonales o diversas formas de cirugía con objeto de reasignar de manera parcial o total su sexo.

La idea de lo significa ser hombre o mujer ofrece fuertes variaciones según la cultura que analicemos. Por ejemplo, la identidad sexual de la mujer japonesa no es la misma que la identidad sexual italiana.

Pero el caso más llamativo lo encontramos en muchos grupos culturales formados por los nativos norteamericanos prosperó una práctica llamada de “doble espíritu”.

En estas tradiciones se alentaba a los varones cromosómicos que se identificaban como mujeres y, en menor medida, a las mujeres cromosómicas que se reconocían como varones, para que se travistieran, y se les otorgaba una condición chamánica especial, debido a las habilidades que tenían para mediar entre los mundos masculino y femenino.

En Polinesia, hay una tradición en la que si eres el primogénito, entonces te conviertes en algo así como en un ayudante de la madre, asignándote un rol social femenino. No importa si naces niño o niña. Un tal teniente Morrison, miembro de la expedición del capitán William Bligh, que en 1789 llegó a Tahití, fue una de las primeras experiencias que los europeos tuvieron de esta costumbre, referida con estas palabras por el propio Morrison:

Tienen un grupo de hombres a los que denominan mahu. Estos hombres son en algunos aspectos como los eunucos en la India, pero no han sido castrados. Nunca cohabitan con mujeres, pero viven como ellas. Se quitan la barba y se visten como mujeres, bailan y cantan con ellas, con voces igual de afeminadas. En general, tienen excelentes manos para hacer ropa y teñirla, para trenzar esteras y para todas las labores propias del quehacer de las mujeres.

Vía | El cerebro accidental de David Linden
Más información | The World History of Male Love

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